Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Los ríos que dan a la mar

E l Paseo Lineal del Río Bayamón es uno de esos proyectos que honran la iniciativa de alcaldes dispuestos a mejorar la “calidad de vida” de sus “constituyentes”. Ramón Luis Rivera ha logrado mejorar dicha calidad, y no solo para los habitantes de Bayamón.

Este paseo peatonal —y también de ciclistas—que se extiende por las márgenes del Río Bayamón comienza antes de Costco, muy cerca del campo de golf del barrio Los Frailes. Su segunda entrada es algo secreta, a la derecha, frente a la Escuela Carmen Gómez Tejera y pasando una urbanización con las señas de los años sesenta. El trecho en asfalto sigue toda una ruta arbolada en que al lado izquierdo entrevemos los patios suburbanos y a la derecha, al otro lado del cauce, esos terrenos baldíos, humedales que culminan en los mogotes que Campeche pintó al otro lado de la bahía. El Río Bayamón ofrece un cauce de temperamentos varios. Lo visité por primera vez en tiempos de sequía y era visible el poco caudal y las marcas que había dejado en las riberas durante los tiempos lluviosos. Aquí y allá se mostraba desnudo, aparecían grandes piedras y chinos de río; por momentos, sin embargo, y a poca distancia, parecía recuperar las señas de su verdadero caudal.

Este alcalde ciertamente se ha esmerado en el proyecto del paseo lineal, y no es solo por lo bien cuidados que están esos parajes umbrosos donde la maleza casi se convierte en grama, sino en la rotulación de los árboles y plantas que nos acompañan a lo largo del trayecto, convirtiendo la experiencia en una lección sobre la flora de Puerto Rico.

De repente sentimos un movimiento apresurado en la maleza; es una “gallina de palo” que escapa de la proximidad de los humanos. En la vereda para ciclistas una doña de barriada con equipo Schwinn, comprado en Cycle World de Tierra Alta, le proclama a otra, como ufanándose, que hoy pedalea “y mañana irá a la oficina de los cupones”.

Cuando llegamos a la estación La Cambija —evocación de trenes cañeros, el lugar donde se le echaba agua a la máquina maquinolandera— estamos a mitad de camino entre Bayamón y la playa de Dorado. Finalmente llegamos a la playa; por encima pasa el puente anterior a Punta Salinas y Levittown. Las aguas del Río Bayamón lucen aquí un color entre gris y azul verdoso; la playa, más allá de las rocas, levanta unas olas desganadas, casi nos invita. A mi lado, un poco resguardándose con su sombrerito de la fuerte resolana, está sentado mi buen amigo Eduardo Forastieri, nuestro principal filólogo, quien ahora se inclina a la evocación de la infancia. Debajo del puente, y frente al mar, después de haber caminado las riberas del río, dos viejos recuerdan la infancia alejada del mar en Caguas y Aguas Buenas. De regreso habremos completado una caminata de cuatro horas.

No es pura coincidencia: Carmen Yulín Cruz también ha inaugurado un paseo, esta vez “pluvial”, en un lugar panorámico y algo secreto en Cupey, el lago Las Curias. El paseo a lo largo de un puente kilométrico, y construido a manera de represa, es magnífico: A un lado el lago y un plantío acuático de lo que entiendo es una variedad de lirios. Al extremo de una especie de espolón, que estaba clausurado cuando lo visité, se encuentra “el famoso cono Las Curias”, un sorprendente sumidero pluvial.

En las riberas del otro lado crecen helechos gigantes, advertimos el suave deslizamiento de los patos de plumaje negro y marrón, el posarse leve de una garza. Al lado de un pequeño atracadero notamos otro plantío de lirios. Alguien en el cuartel no has asegurado que “esas plantas no deberían crecer ahí”.

El alcalde de Guaynabo también se ha unido a la fiebre fluvial. Se trata de un “paseo tablado” entre el Museo de la Transportación y el Coliseo Quijote Morales. Más que para la contemplación panorámica este sitio fue ideado para la juventud del viernes o sábado social.

Detrás del tablado el cauce del Río Guaynabo luce patético. Quedan todos los vasos plásticos imaginables del “party” de anoche. Recogieron la basura en los zafacones, pero el convenio privado o colectivo prohíbe que se recojan los vasos y las cajetillas vacías fuera de los contenedores; “eso le toca a otro”. Un vaso plástico recorre haciendo ruido toda la extensión del estacionamiento, empujado por la brisa navideña.

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