Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Los sustos de septiembre

Si para el poeta T.S. Eliot “abril es el mes más cruel”, para los puertorriqueños siempre lo ha sido septiembre. De todos los huracanes que nos han asediado a través del tiempo, los peores han ocurrido en el noveno mes del calendario gregoriano, eje de la temporada pico, cuando los vientos cortantes de la atmósfera aflojan y las aguas del Atlántico hierven. Para muestras, un quinteto estelar: San Felipe II, San Ciprián, Hugo, Georges y María.

Este año, sin embargo, tuvimos la suerte de esquivar el embate frontal de dos tormentas indecisas que nos inundaron a saciedad antes y después de arrasar otras latitudes. La nueva moda de los fenómenos climatológicos es torturarnos con degradaciones e intensificaciones sucesivas y con cambios imprevisibles en su trayectoria. Puesta a prueba nuestra fe en la meteorología, no queda otro remedio que seguir pendientes a los espaguetis cruzados de los modelos de predicción y a las dilataciones caprichosas del cono de incertidumbre. El melodrama mediático de los reportajes televisados y de las conferencias de prensa oficiales completa la fórmula perfecta para una crisis de estrés permanente.

Por aquello de recordarnos que existen cosas más terroríficas que los huracanes, este último septiembre añadió las sacudidas telúricas a su oferta de sobresaltos. No conforme con el zarandeo alarmante que sacó de la cama, la noche del 23, a todo el noroeste boricua, activó cientos de réplicas que aún continúan estrujándonos los nervios. Como tenemos al gran terremoto de 1918 tan afincado en la memoria colectiva, habría que agradecerle al mes más cruel la deferencia de no habernos obsequiado un tsunami de ñapa.

La gente de los países fríos sueña con puestas de sol deslumbrantes frente al mar, al son de un combo tropical, en compañía de nativos complacientes y de una piña colada. Bendito, si llegaran a enterarse de que no sólo estamos en la autopista principal de los huracanes sino que vivimos entre ocho zonas de actividad sísmica, correrían en estampida a cancelar sus reservaciones de avión. Afortunadamente, la fantasía suele ganarle la partida a la realidad. Pero, en caso de un desplome súbito del mito paradisíaco, convendría explorar desde ya las posibilidades del turismo del desastre.

Y, a propósito de desastres, imposible olvidar otra de las gracias mortificantes del pasado septiembre: los famosos “relevos de carga” de la Autoridad de Energía Eléctrica. Contrario a la guerra declarada de los huracanes, los apagones, como los temblores de tierra, son ataques sorpresa. Ocurren en cualquier momento y sin la cortesía de un aviso. Rayos, ramas y pájaros dizque provocan esas odiosas interrupciones de servicio que liquidan de un sopetazo neveras, estufas y lavadoras. Igual se culpa a unas presuntas “piezas dañadas” que sirven para justificar la necesidad de “mantenimiento urgente”.

¡Por favor, señores! ¿Mantenimiento en pleno septiembre? Yencima viene el Director de Generación a invocar “el favor de Dios” como alternativa a la mala gerencia. No se sabe qué es peor para el equilibrio emocional de los usuarios, si los apagones o sus explicaciones. Tomen nota los autores del “Manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales”. El “síndrome del relevo de carga” ya está listo para su entrada triunfal en la próxima edición revisada.

Como si no le bastaran las angustias infligidas por ciclones, sismos y cortes de corriente, el siniestro septiembre nos reservaba un susto mayor. Por fin, la Junta de Control Fiscal sometió ante el Tribunal de Quiebras el tan temido y criticado “Plan de ajuste” (o sea, de desajuste). Con las medidas de extrema austeridad que supondrá el pago de $1,500 millones del presupuesto anual de Puerto Rico a los bonistas por los próximos 30 años, el panorama social del futuro se perfila hipertétrico.

De repente, el espinoso tema del recorte a las pensiones vuelve a capturar la atención pública. Y es que el acuerdo de la Junta con el Comité de Retirados (COR) ha suscitado feroz oposición entre sectores de los pensionados del gobierno central, del magisterio y de la judicatura. Y eso que todavía faltan los de las corporaciones, un hueso nada fácil de roer.

La gobernadora, por su parte, expresa muy contrita su pesar por los recortes proyectados mientras se allana mansamente a los dictámenes de la Junta. Y ahora, con el perdón de sus mercedes, un minuto de silencio por el finiquitado don Ricky, quien de vez en cuando sacaba pecho y abría la boca en defensa de las pensiones.

Ay, septiembre, qué sádico eres. Menos mal que también auspiciaste el Grito de Lares, el natalicio de Pedro Albizu Campos y los cumpleaños de tres amigos entrañables. Si no, con gusto y gana arrancaría tu página de mi agenda para brincar de agosto a octubre sin el menor remordimiento.

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