Manuel Cidre

Punto de vista

Por Manuel Cidre
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Los temblores, la pobreza, la indignación y el vandalismo

Los eventos sísmicos y la situación con nuestros hermanos del área suroeste validan la falta de voluntad que hemos tenido en Puerto Rico por años para atender la pobreza y la desigualdad con responsabilidad.

Al igual que el huracán María, estos sismos, además de movernos el suelo, reiteraron nuestra fragilidad, volviendo a correr el velo de la desigualdad y la pobreza. Hemos visto propiedades afectadas parcialmente y otras destruidas que lamentablemente en muchos casos, no seguían los debidos códigos de construcción. El área suroeste nos presentó de manera desgarradora la gran cantidad de adultos mayores enfermos, encamados y sin apoyo ni recursos, evidenciando el 65 % de pobreza y el 30% de desempleo en toda la zona.

Sin embargo, la nobleza de nuestra gente no se ha hecho esperar. Miles de puertorriqueños y puertorriqueñas han dicho presentes con todo tipo de ayuda. Se han organizado en grupos de familias, entidades sin fines de lucro e individuos para asistir y llevar un abrazo o una palabra de solidaridad y aliento a nuestros hermanos del suroeste. 

Por otro lado, el gobierno sin un plan claro y sin estructura, enfoca sus esfuerzos en la solicitud de fondos federales. Así transcurren los días, la tierra sigue temblando, el número de refugiados aumenta y la incertidumbre se apoderaba de la región.

Reconozco que para la gran mayoría de nosotros esta es nuestra primera experiencia ante un fenómeno como este, aunque, profesionales del tema nos venían alertando desde la década de 1990, pero no hicimos nada.

Sin embargo, como si la naturaleza necesitase ayuda para crear un caos perfecto, un ciudadano alerta sobre un almacén repleto de suministros de ayuda para casos de desastre, que datan del huracán María, situación que abona a la desconfianza del pueblo y a la maltrecha imagen que tiene el gobierno de Puerto Rico ante sus constituyentes, el presidente de los Estados Unidos, las agencias federales y la comunidad internacional. 

Para enmendar lo que ya no tenía arreglo, la gobernadora despide fulminantemente a tres jefes de agencias y se desata una guerra política que nada abona a ayudar a los damnificados, ni al país. 

El pueblo indignado por la falta de sensibilidad y transparencia del gobierno se lanza a la calle para solicitar la renuncia de la gobernadora. El resultado es destrucción y vandalismo a propiedades, así como a estructuras históricas del Viejo San Juan, afectando la maltrecha economía del país y la industria turística en la temporada alta en que más visitantes recibe Puerto Rico.

Si indignante y reprochable fue el esconder suministros en un almacén en Ponce, igualmente indignante y reprochable es el vandalismo de comercios y estructuras históricas en el Viejo San Juan.

Ustedes pensarán, ya este se metió en la política. Nada que ver, la intención es denunciar que este tipo de acciones solo abona a incrementar la pobreza y en nada ayuda a salir dela crisis. 

Claro que hay que remover a cualquier funcionario que le haya fallado al país, pero también es importante que se envíe un mensaje de que somos un país de ley y orden, y siento que ese mensaje está muy lejos de asumir la responsabilidad. 

No permitamos ser utilizados haciéndonos creer que hacer lo que nos venga en gana ante la desesperación y la impotencia arreglará lo que se hizo mal, muy mal, por parte del gobierno. No permitamos conformarnos con la compasión en lugar de meterle mano al verdadero problema del país. 

Tiene que ser la prioridad la lucha contra la pobreza, la creación de desarrollo económico para todos, la modificación de las ayudas sociales convirtiéndolas en mecanismos de desarrollo y no en creadoras de dependencia, un nuevo modelo de orden social-humano que apodere y haga responsable a los ciudadanos. De permitirlo, la coincidencia entre la pobreza y la desigualdad no será casualidad, ... y eso si nos debe hacer temblar.

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