Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Los toldos azules

Toda la ruta está engalanada con banderas de Puerto Rico; hace un mes seguían omnipresentes las tablitas para lavar ropa, quizás en el río, símbolos de la llamada “resiliencia” que el país ambiciona después de María. En la Panadería La Nueva Fe pude comprobar que también la obesidad es notable en los campos, sobre todo la femenina: descaradas panzas colgantes sobre hot pants, la mariposa tatuada sobre la cuenca donde ya se insinúa la alcancía. Eso es lo fatal, justo hasta cuando llegamos a la entrada de la barriada formada a ambos lados del callejón, y que aparece en Google Maps como calle Gambo's, el nombre del bar que por años existió en la entrada. Entonces, casi sin aviso, aparecen dos grandes banderas americanas sobre esa casa, a manera de proclama, justo a la entrada del Sector Salcedo, frontera entre Cidra y Aguas Buenas. Ahí vive Colorao, del lado Flores, mi familia extendida por todo el barrio. Colorao es alto, apuesto, con mostachón rubio y cara de caja; le ponemos una gorra de la Waffen SS y pasa por ario puro. Nieto sobrino de mi abuela Ruperta, una vez me llamó la atención porque, supuestamente, no lo saludaba.

El callejón de la barriada es angosto, lo que te obliga a la intimidad vecinal, mucha pericia al volante, para que el auto que viene bajando o subiendo -algunas veces a gran velocidad- no te obligue a irte por el risco. Durante los años setenta, cuando comencé a transitar por estos rumbos después de una ausencia metropolitana de veinte años, había pocos autos en el callejón. Hoy por hoy estamos ante una pobreza motorizada. Los vecinos han abierto “sacabocaos” a ambos lados del estrecho callejón para las operaciones de ceder el paso. Los de mayor territorialidad campesina han colocado cadenas para que los automovilistas no puedan arrimarse a sus casas, para así dejar pasar el otro auto: El batey asfaltado es parte de mi jodida propiedad.

La casucha de Ramón sería buen ejemplo del refrán “en casa del herrero cuchillo de palo”. Este hombre trigueño y grueso, de cuerpo piramidal que culmina en un sombrerito de ala cortísima, es “contratista”. María lo dejó desamparado, sin techo, en una minúscula vivienda con divisiones de gypson board. Con una sonrisa, me asegura que antes de que le resuelvan los ingenieros de FEMA, él habrá conseguido un toldo azul que su parentela de Comerío tiene guardado desde Georges.

En casa de Ramón procedería una salvedad; más que de pobreza hay mucho de miseria en esto de quedarse sin techo, aunque su casa pintada de amarillo canario sea de cemento. El vecino del frente tiene techo, casa de cemento y generador. Él no tiene nada, o poco; mientras que él está a pie, el vecino es uno de los que cuidan, con gran recelo, el batey para estacionar su auto. Los vecinos con casa de cemento -la mayoría sobre los cincuenta años- viven en esa modestia que es casi de clase media en Managua o San Salvador.

Yoíto es joven, fértil y empleado ocasional. Tiene cuatro hijos -¡dos parejitas!- y también perdió el techo, necesita urgente un toldo de FEMA, “de los más fuertes”, de los que traen los ingenieros del ejército. Yoíto es mecánico ocasional, su linda esposa siempre está en la fajina y también es aficionada a los perros; tienen dos rodweilers y una perra pitbull que está soleándose en medio del camino; hay que tocarle bocina para que se quite del medio. Los niños parecen sacados de una tierna foto de Jack Delano y van a la escuela bien alimentados y limpiecitos.

Por el risco para abajo vive Cachaco. Nadie sabe la razón del mote. Es un hombre trigueño, septuagenario y de rostro triste, cuyo verdadero nombre es Daniel. Lo conocí en los setenta. Lo recuerdo locuaz y con cierto humor satírico contra los vecinos. El paso de los años lo ha hecho parco y ha pasado de la pobreza a la miseria a causa de María. Sigue viviendo en el barranco, los vientos le llevaron el techo, ya instaló el toldo azul; una letrina cercana no está en uso, ruina de otros tiempos. Mientras tanto, Cachaco cuida potros y yeguas, según sus vecinos chongos jubilados del hipódromo, equinos tristes; jamás los he visto en cabalgata dominguera.

Por el camino se mueve en silla de ruedas motorizada el más notorio vecino del callejón. Rafa se cayó del techo de su casa y quedó parapléjico. Aquella imprudencia convertida en desgracia no le ha quitado cierto optimismo gregario, por lo que conoce a todos los vecinos del lugar, sus penas y alegrías, es nada menos que el agudo cronista barrial, una palabra bonancible para todos, algo de hiel para algunos.

Desde la casa de Rafa, todas las construcciones son de cemento. Solo la de Domingo, mitad cemento, fue parcialmente destechada. A los trece años Domingo estaba picando caña en Caguas. La última vez que votó fue por Muñoz Marín. Cuando se jubiló como celador de Fuentes Fluviales, me pidió permiso para sembrar mi finca “a medias”. Su siembra sobrevivió a Irma y quedó lastimada con María, ya reverdece y comienza a dar malangas. Domingo arregló el viejo generador con una pieza que le costó setenta y cinco dólares y ya le prometieron el “toldo fuerte” cuyas medidas vinieron a tomar “la gente de FEMA”. Colocó en las rejas un Santa Claus y las bombillitas de Navidad, algo sorprendente en un septuagenario de parquedad ejemplar.

En una covacha al lado de la casa de Domingo, vive su primo, Tito, apodado “navaja”, y que siempre pensé que así le decían por talar a ras. El otro día me aclaró que el apodo fue a causa de una pendencia. A sus cincuenta años Tito tiene un dolor itinerante por el vientre que le insisto se origina en el hígado. Es trigueño, y más que una cara triste tiene un rostro afligido; pero que también puede hacerlo sonreír con picardía. Usa palabras extrañas, dice que “pernocta” muy bien en su covacha. Sus debilidades son notorias, como picar, a machete y hacha, troncos, la caneca de Palo Viejo en el bolsillo de atrás. En el barrio le corren la máquina preguntándole si todavía corre en catana. Ha viajado “allá afuera”, a Vieques y a Manhattan. No hay nadie más honrado: Se te pega uno de veinte a otro de veinte por nuevos, siempre te devolvería uno el bueno de Tito. Ha sido mi principal socio en la limpieza de los escombros.

Hermógenes, tío de Domingo, y que vive en un ranchito de madera y cinc debajo de la covacha de Tito, por lo que María casi no lo tocó, fue cuatrista de toda la vida; mi madre jamás permitió que “tumbara un palo” para fabricarles tapas a sus afamados cuatros. Hoy casi tiene cien años, está distraído de todo y podría confundir María con San Felipe. Me cuenta Tito que, de noche, insomne, se fuga para ir al cruce. Pero no llega lejos. Hermógenes sonríe, como siempre; ahora resulta menos mordaz. Mira los palos pelados a su alrededor con esa mirada entre perpleja y curiosa de la senectud. No le hables de los toldos azules. Ya está más allá del desamparo, casi en la salida de la pesadilla, la pobreza y la miseria, los automóviles en el cruce y las catanas en los puntos.

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