Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Los valores patrios

El Viejo San Juan —San Juan a secas para quienes nos criamos cuando era el centro político, profesional y cultural del país— es una ciudad viva, vibrante, ejemplar en su trazado urbano y en su solidaridad comunitaria. Sus monumentos atestiguan nuestra historia, sus plazas propician la sociabilidad, sus iglesias dan fe de la religiosidad del pueblo, su cementerio es hermoso, bellísimas son sus residencias y nobles sus edificios institucionales, que, afortunadamente, están todavía en uso.

La vigencia del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, de la Escuela de Artes Plásticas y de la Universidad Carlos Albizu para una numerosa población estudiantil que entra y sale a diario de tales instituciones educativas mantiene el movimiento de la ciudad y la enfoca hacia el futuro.

Quien estudie la historia patria en el CEA, por ejemplo, no la encuentra solo en los libros: se inserta en ella al entrar por las puertas de un edificio construido en el siglo XIX como seminario conciliar, obedeciendo a una idea concebida mucho antes por el primer obispo puertorriqueño, Alejo de Arizmendi. Allí estudiaron prohombres como José Julián Acosta, Baldorioty de Castro, Alejandro Tapia, Manuel Alonso y Cayetano Coll y Toste, entre otros. Cuando el estudiante sale a la calle, no solo se encuentra con la gloriosa vista del mar por donde nos han llegado tantas dichas y desdichas, sino también con las fortificaciones que nos defendieron del enemigo externo, con la residencia de los gobernadores, con el convento de los frailes que nos educaron y con el teatro donde se representaron nuestros dramas. La ciudad misma es parte insustituible de su educación (y de la de todo el que la visite).

Quitarle vitalidad al Viejo San Juan mediante la venta al mejor postor de edificios consagrados por su función y su uso a través de los siglos es desvirtuarlo (en el sentido cabal de la palabra: quitarle su fuerza, el espíritu que lo anima y que define la trayectoria de un país que tiende a desconocer sus raíces). La triste situación que atraviesa hoy la Iglesia Católica en Puerto Rico es lamentable. Muchos que nos definimos como católicos, apostólicos y romanos estamos lejos de comprender cómo se ha llegado a este punto crítico, que parece indicar un manejo ineficiente de los fondos, aunque bien es cierto que habría que tomar en cuenta los reveses sufridos por las inversiones hechas en lo que todos suponían era el desarrollo del país. De todas maneras, las soluciones adecuadas no son necesariamente las primeras que se presentan, ni son las propiedades del Viejo San Juan las únicas que la Iglesia podría vender.

Disponer apresuradamente de los edificios emblemáticos de la Iglesia en el Viejo San Juan tendría un efecto adverso sobre la ciudad y sobre la educación en el país. Habría que explorar otras alternativas antes de firmar la sentencia de muerte de una comunidad académica vital para el conocimiento de la historia, la literatura, la arqueología y la cultura de Puerto Rico y el Caribe. El Centro de Estudios Avanzados, fundado por don Ricardo Alegría en 1976, es la única institución orientada exclusivamente hacia ese fin: privilegia nuestro entorno y nos encamina hacia un futuro más coherente a tono con lo que somos y con nuestra trayectoria. La decisión de vender el edificio que lo alberga no debe tomarse a la ligera, como remedio rápido a una crisis puntual. La Iglesia Católica ha defendido siempre la educación en el país; la existencia misma del edificio da fe de ello. También ha sido defensora -en ocasiones- de los valores patrios. Este es el momento de probarlo.

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