Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Lo viejo y lo nuevo

Al dramaturgo alemán Bertolt Brecht se le atribuye haber dicho: “La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”. Metidos como estamos hasta el cuello en la parte más viscosa de las tribulaciones por las que hemos estado atravesando durante los últimos años, los puertorriqueños quizás no hemos podido percatarnos de cuánto ese poderoso enunciado nos aplica.

Lo viejo agoniza ante nuestros ojos atónitos. Hace unos años, todo lo que aquí se daba por hecho se ha derrumbado a nuestro alrededor. Bajo el peso de la bancarrota, un estado que hace décadas había dejado de ser modelo de eficiencia acabó de caer.

El gobierno no genera ingresos suficientes para operar. Hoy en día, no puede garantizar cuestiones muy simples como transporte ininterrumpido hacia Vieques y Culebra, más complejas como procesar cadáveres en tiempo razonable, o indispensables como rendir cuentas claras sobre sus finanzas. Hay racionamiento de agua en ciertos sectores, y lo habrá pronto en otros, no por sequía, sino porque nunca se atendieron los problemas de disminución de capacidad de almacenamiento en los embalses.

Mientras eso ocurre, nos golpean con frecuencia de vértigo noticias de supersalarios en el Ejecutivo, reclutamientos para dirigir agencias de gente cuya mayor virtud, si no la única, es la lealtad al partido y contrataciones a diestra y siniestra en la Legislatura. Además, en medio de tanto problema apremiante, vemos a legisladores invertir tiempo en tratar de restringir el derecho de las mujeres a decidir qué hacer con sus embarazos o resistiendo la idea de prohibir las medievales y crueles supuestas terapias contra la homosexualidad.

El status colonial quedó al desnudo. Estados Unidos puso a su colonia bajo lo que para todos los efectos es una sindicatura manejada por la Junta de Supervisión Fiscal. La isla perdió cerca del 10% de su población en la última década. Cientos de escuelas han cerrado. A la Universidad de Puerto Rico (UPR) la han obligado a justificar su existencia. Están amenazadas las pensiones de retirados del gobierno.

Ante este panorama, la sociedad se siente maniatada y frustrada. Vivimos bajo la incómoda sensación de que un pequeño grupo se beneficia de la desgracia de muchos. Vemos cómo mientras grandes sectores de la población pasan enormes necesidades, los de siempre mantienen y hasta aumentan sus privilegios. Sentimos que la clase política es una casta aparte que solo responde a sus intereses y a los de quienes la sustentan.

Todo ese cuadro, tomado en conjunto, mirado, si se puede, a la distancia, tratando de tomar perspectiva, revela una ruptura general y de fondo en la vida colectiva puertorriqueña.

En pocas palabras: lo viejo muere ante nosotros, aunque todavía con estertores.

Lo nuevo no acaba de surgir.

El domingo pasado, el gobernador Ricardo Rosselló anunció su candidatura a la reelección haciendo las mismas promesas del 2016. Fue vitoreado más o menos por la misma gente de entonces.

El gobernador que a mitad de cuatrienio se quedó sin gente para nombrar y últimamente solo rota gente de posiciones, o pone a unos pocos a dirigir varias agencias, quiere cuatro años más.

En el Partido Popular Democrático (PPD) hay cuatro que quieren la candidatura a la gobernación. Ninguno ha hablado de planes específicos, pero no se le conocen tendencias revolucionarias. Lo que han dicho por ahí son más o menos variaciones de lo mismo que se ha hecho hasta ahora.

No puede ser diferente. Recordemos: el desplome también es su responsabilidad. Desde el 2000 hacia acá, el PPD ha detentado el poder del 2001 al 2005 y del 2013 al 2017.

El PNP estuvo del 2009 al 2013 y ahora desde el 2017. Del 2005 al 2009, compartieron honores en “gobierno compartido”. La gente mira y no ve grandes diferencias. PNP y PPD son, en el fondo, dos facciones de un mismo partido, una moderada y la otra línea dura. Diga usted cuál es cuál.

Lo nuevo no acaba de surgir, pero el espacio se está abriendo.

En el 2000, PNP y PPD sacaron entre ambos 1,837,109 votos íntegros. En el 2016, esa cantidad bajó a 1,111,456, 39% menos. La población ha bajado, pero sabemos que no tanto.

En el 2000, participaba en las elecciones el 82% de los electores; en el 2016 fueron el 55%. En el 2000, en la papeleta estatal hubo 56,841 votos por candidatura; en el 2016, 414,535.

Es evidente que hay desencanto con los siameses PNP y PPD. La gente a menudo le teme al cambio, pero tonta no es: sabe que el país se deshizo mientras ellos dos lo tenían a cargo.

El desencanto no pasó de un día para otro. No es aún lo suficiente grande como para impedirles ganar. Pero tiene una grieta que abrieron los años, los engaños, la quiebra y los robos acontecidos bajo el mando de esos dos partidos.

Por esa grieta trataron de meterse antes otros (PIP toda la vida, PPT, PPR, MUS, dos independientes en el 2016), sin éxito.

Por esa misma grieta, va a tratar de meterse en el 2020 un nuevo partido que será presentado mañana, el Movimiento Victoria Ciudadana.

Pertenece a esta gente que ha demostrado tener algún arraigo, como Alexandra Lúgaro, a la que 175,831 electores le dieron su respaldo como candidata independiente a la gobernación en el 2016, y Manuel Natal, quien fue el candidato a legislador del PPD con más votos el mismo año.

Se da por sentado que la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz se les va a vincular de una u otra forma. Ya a partir de esta semana se supone que empiecen a hablar de sus propuestas o visión. Se sabe que sus principales líderes son soberanistas o independentistas, fórmulas de las cuales no se puede decir que sean hasta ahora las favoritas de los boricuas.

Por sus propuestas y por su gente sabremos si esta es una organización que va a prender o se disolverá en el aire sin mucha consecuencia, como otros que han estado tratando desde el 2008 hacia acá.

Mas si no son ellos, serán otros. Si no es ahora, será después. El PNP y el PPD no están muertos. Pero abundan las señales de que no tienen la misma vida de antes.

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