Ana Helvia Quintero

Tribuna Invitada

Por Ana Helvia Quintero
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Luchar sin cerrar la Universidad

Una de las razones para la dificultad en resolver nuestros problemas es nuestra interpretación de los mismos. Partimos de concepciones que limitan las posibilidades de solucionarlos.

Veamos un ejemplo en las ciencias naturales. En la interpretación de la distribución de la sangre de la aorta a los capilares, la ciencia clásica podía explicar el recorrido de la sangre hasta llegar a los capilares. A partir de los capilares el movimiento se tornaba caótico y no se prestaba para el análisis del momento. Las metáforas que utilizaba la ciencia clásica para el recorrido de la sangre eran las formas de la geometría euclidiana: líneas, planos; círculos; inspirada en la idea de la armonía Platónica. Sin embargo, para entender la complejidad no resultan ser las abstracciones correctas. No es hasta que surge la geometría fractal, en la segunda mitad del siglo 20, que se presenta una metáfora que ayuda a comprender la complejidad al permitir ver patrones donde antes sólo veíamos irregularidades. Así, los fractales ayudaron a modelar el movimiento de la sangre en los capilares.

En la educación necesitamos también cambiar metáforas que nos aprisionan en los problemas actuales. Hoy quiero analizar una que subyace en la controversia universitaria. La lucha estudiantil responde al modelo de la organización sindical de la economía industrial de una relación adversarial entre patrono (administración) y obreros (estudiantes y personal universitario). Este modelo es un anacronismo en la economía posmoderna, sobretodo en el sector público. Esta mentalidad lleva a igualar la protesta con el paro o huelga. De hecho, en el ambiente económico el sindicalismo efectivo en los países de altos niveles de competitividad mundial como Finlandia recurre a la mediación, al cabildeo político y a acuerdos de colaboración con el sector privado. Según Manuel Castells, estos arreglos han sido un factor clave para el desarrollo económico logrado en las pasadas décadas. Como lo muestran los indicadores correspondientes, la educación en Finlandia, que es casi enteramente pública, es de las mejores en el mundo.

En el ambiente educativo hay modelos que permiten la protesta sin detener la labor académica. Experiencias universitarias nos muestran que es posible conseguir los reclamos sin necesidad de cerrar la universidad. En la Universidad de California, en Berkeley, quizás la mejor universidad pública del mundo, se han dado grandes batallas por los derechos de los estudiantes, sin cerrar la universidad. El ejemplo principal fue el del “Free Speech Movement” el cual abogó por la libre expresión de los estudiantes en la universidad y el cual tuvo repercusión en todo el mundo. En esta universidad se llevan a cabo protestas, manifestaciones, muchas muy ingeniosas, con resultados positivos, y nunca se interrumpe la tarea académica. De hecho, el mantener la tarea académica propicia la discusión, el generar ideas y estrategias para conseguir los reclamos. Así, nos debemos mover de la concepción que iguala la protesta con el cierre, a la que las protestas respeten la continuidad de la tarea académica.

De hecho, el historial reciente de huelgas y paros en la Universidad de Puerto Rico (UPR) no ha sido exitoso; ninguna ha conseguido la concesión significativa a los reclamos, en muchos casos, justos que se hacen. El resultado neto ha sido un deterioro y debilitamiento de la institución que interesan proteger. Sobre todo, se debilita como universidad pública y paradójicamente se ha propiciado la creciente privatización de la educación superior. Las estadísticas reflejan que en periodos de cinco años después de los eventos huelgarios en la UPR se reduce su matrícula y a la vez aumenta la de las privadas a donde emigran los estudiantes, pagando el triple de los costos. Podemos luchar por una universidad de mayor calidad y de mayor acceso para los estudiantes de menos recursos, sin necesidad de cerrar la UPR.

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