Manuel G. Avilés-Santiago

Desde la diáspora

Por Manuel G. Avilés-Santiago
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Madison Anderson-Berríos, una reina de nuestros tiempos

Ya los sandwichitos de mezcla, el cielito lindo y el resto de los piscolabis están listos para atajar la ansiedad. Varios locales han colocado sus pantallas gigantes y surtido sus neveras de bebidas para calmar la sed de triunfo. Hoy, se corona una nueva Miss Universo y, como es tradición, el país entero sintonizará el certamen con la consabida esperanza de que Puerto Rico obtenga su sexta corona universal

Tras la destacada participación de Kiara Liz Ortega, que logró posicionarse entre las finalistas de la pasada edición, crece la expectativa de que Madison Anderson-Berríos, iguale o supere esta hazaña. A esto, se suma el que históricamente, Puerto Rico ha logrado al menos una corona por década: Marisol Maralet en los setenta, Deborah Carthy-Deu en los ochenta, Dayanara Torres en los noventa, y Denise Quiñones y Zuleyka Rivera en la primera década del 2000. 

Todo pareciera indicar que Puerto Rico podría cerrar con broche de oro el decenio. Anderson-Berríos ha logrado una destacada participación desde su llegada al estado de Georgia, sede del certamen y se ha posicionado en la lista de favoritas junto a países como Colombia, Francia, Islandia, Suráfrica y Vietnam. Su desempeño en la competencia preliminar fue reconocido por missiólogos internacionales que la han bautizado como la Barbie Puertorriqueña (en referencia a su fenotipia) y como la Boricua Dorada (en alusión a su vestido de noche en color oro). 

Pero a pesar de que han pasado casi seis meses de su triunfo en el certamen local, todavía hay quienes cuestionan que Madison, hija de la diáspora boricua, sea la representante puertorriqueña ante el universo. Algunos utilizan su dificultad con el idioma español, otros cuestionan su apariencia física, así como su biografía (Anderson-Berríos nació en Arizona y se crió en Florida). Por su parte, la beldad defiende su puertorriqueñidad con la frase “ser puertorriqueña se lleva en la sangre” en referencia a su vínculo sanguíneo con Puerto Rico desde su lado materno. 

El despachar a nuestra representante con el cliché de “ella no me representa” es un acto de vagancia y sumisión a los peligrosos esencialismos identitarios. Madison sí nos representa. De hecho, su historia encarna lo complejo y rizomático de eso que llamamos identidad nacional. Una puertorriqueñidad que es fluida, bilingüe, en movimiento, insertada en zonas grises y supeditada a una relación colonial que nos ha obligado a desplazarnos a otras partes del mundo donde a su vez, hemos creado comunidad y plantando bandera. Una puertorriqueñidad que permitió que nuestro coquí cantara, y la flor de maga retoñara en Atlanta. 

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