Ibelle Ayala

Punto de vista

Por Ibelle Ayala
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Maestra hasta en la luna

No hay aplausos para nosotros. Nunca los hay. Pero, aunque los aplausos están de moda, el maestro está acostumbrado a operar sin ellos.

Si algo ha quedado al descubierto en los meses de este segundo semestre escolar es que, hagamos lo que hagamos, las maestras y maestros de Puerto Rico siempre estaremos en el ojo de la evaluación.

Ojalá fuera tan sencillo articular todo lo que el sistema necesita y lo que nosotros somos capaces de aportar. Pero son dos caminos muy distintos, aunque no parezca, y desde hace mucho recorremos ambos de manera simultánea. 

El primero es el de un sistema de mucho tiempo, que adolece de mil cosas y a pesar de eso, ha continuado operando. Unos años con “aires” de transformación y otros con tormentas de desilusiones e intentos frustrados.

El otro es el de la batalla diaria. La que da inicio desde el pasillo de entrada, cuando caminamos ya dándole vuelta en nuestras cabezas a la larga lista de cosas por hacer. De ahí, al salón, que con suerte hemos logrado ambientar patrocinado por nosotros mismos. Persiguiendo el logro de objetivos que se enfrentan a las necesidades individuales de nuestros estudiantes y conscientes de que estas generaciones son distintas.

Puerto Rico tiene muy buenos maestros. Compañeros que lo entregan todo, año tras año. Educadores que merecen mucho más que el insulto del cómputo de días por vacaciones o enfermedad, porque su trabajo es el motor que ha mantenido andando nuestro sistema. Gente llena de pasión que sin importar cuántas veces se llenen de coraje e indignación, salen a dar la buena pelea y a cumplir con el trabajo. Maestros invisibles para la opinión pública, para el mismo sistema y muchas veces hasta para sus comunidades. Como en toda profesión, como en muchas otras, también hay otros que deberían reconsiderar su vocación. Pero no son los primeros responsables de los actos de estos últimos. 

No cambio mi trabajo por nada en el mundo. Por la satisfacción que otorga lo que la gente no siempre sabe ni puede ver. Por el orgullo de recibir mensajes de texto de exalumnos que te dicen lo importante que fue tu trabajo en su formación académica. Por la humildad de los que saben agradecer y la madurez de sus actos. Somos muchos los que todavía creemos que estamos transformando vidas. Que sembramos la semilla de la duda, de la conciencia, del sentido de país y de la necesidad de ser mejores humanos. Son muchos los que no claudican ante el valor de un acento o de un signo en matemáticas, no porque sea la vida, sino porque es conocimiento y ser un país que sabe, que conoce, que entiende, nos haría un país distinto.

Sin aplausos, queremos ser los que sigan formando a la gente buena que, haciendo la diferencia, se los gana; las voces que cuentan historias, enseñando a escribir, a leer y a amar la poesía.  

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