Eduardo Villanueva

Tribuna Invitada

Por Eduardo Villanueva
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Maestros, atletas y gente que aman a su patria

Estar enamorado es vivir en amor, compartirlo con alguien sintiéndose como uno solo. Un compatriota escribió: “yo acuso a mi pueblo”. Le dedico este escrito sin conocerlo, sé que coincidirá conmigo en sentimiento.

Quiero darle un giro a su grito de dolor para que comprenda que la patria contra quien se queja es víctima, no victimaria. La nación puertorriqueña sufre más de quinientos años de coloniaje. Esa enfermedad en el alma de los pueblos ocasiona una seria lesión a la autoestima, una impresión constante y engañosa de que se merece el maltrato que se recibe.

El colonizado piensa que su dolor es autoinfligido y lo merece por ser menos que el opresor, a quien le atribuye la virtud de tratarnos dadivosamente, sin maltrato y explotación.

Los hijos enajenados del valor de esa patria son gente noble, valiente, generosa hasta lo indecible. Podemos dar ejemplos hasta emborracharnos de gozo y orgullo, y los doy.

Hace días iba por la Carretera #2 para San Juan, veo un tapón sin que ocurriera un accidente, sin un policía que parara el tránsito y sin una caravana de nada. Me pregunté qué ocurría y pronto tuve respuesta; un perrito desconcertado se había mentido al medio de la calle y no encontraba cómo regresar a su casa. Los autos paraban para darle paso y él volvía pa lante y pa atrás, sin saber cómo salir. No hubo bocinazos, no lo pisaron, tuvieron una paciencia de concierto, de amor espontáneo, hasta que su dueña lo rescató ileso.

Comenté con mi hija el artículo del compatriota acusador argumentándole que en Puerto Rico tenemos decenas de miles de maestros que luego de estudiar, para lograr un bachillerato universitario, ganan escasamente $1,750 mensuales, tienen matrículas de cuatro o cinco grupos con más de treinta estudiantes. Mal remunerados, trabajan más de diez horas diarias para formar nuestros jóvenes. A veces, de su bolsillo, pagan materiales de limpieza para los baños, compran computadoras y programas, aportan a jóvenes que a veces no tienen para sus uniformes limpios. Son héroes anónimos que a riesgo de su salud y seguridad, forman seres humanos de bien que llegan a ser obreros y profesionales productivos para la patria.

Compatriotas hacen deportes como instructores, de manera gratuita. Compran equipo para varios deportes, bates, mallas y uniformes, con su peculio o con donaciones, para que nuestra juventud se ejercite, aunque sea con fines recreativos y educativos, más que competitivos. Estimulan el don de la salud preventiva porque saben que el deporte no es solo para los virtuosos que ganarán competencias, sino también para los que practican para ser sociables y disciplinados superando sus limitaciones. Gente de filosofías políticas distintas cooperan entre sí, hacen alianzas espontáneas para derrotar problemas sociales acuciosos que parecen no tener solución. El amor a la patria los signa, son borrachos del ideal de que Puerto Rico es primero.

Vemos la patria como a Dulcinea, con defectos pero bella. Somos de la patria de Oscar López que lo da todo con amor por ella.

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