Carmen Dolores Hernández

Punto de vista

Por Carmen Dolores Hernández
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Malas y buenas palabras

Figuraron abundantemente -las malas palabras- en el famoso “chat” del exgobernador y sus amigotes. Que el primer ejecutivo se expresara como lo hizo, aunque fuera “en la intimidad”, sorprende por varias razones. El lenguaje soez de los participantes tenía la intención no solo de insultar e inferiorizar (incluso a gente de su mismo partido), sino de marcar una especie de hermandad adolescente entre ellos. A pesar de la importancia de lo discutido, parecían jovencitos conspirando para quebrantar las normas del mundo adulto.

Las protestas en su contra también abundaron en palabrotas. Quienes protestaban redirigieron las del chat hacia los mismos que las habían usado. Rechazaban su elitismo arrogante, machista y exclusivista. “Soy p… pero no corrupta”, se oyó; “Jód…, Ricky”, también. Y si en el caso de los gobernantes el lenguaje cargado expresaba la sicología de un grupo privilegiado, quienes protestaban expresaban su ira contra aquellos. Insultar fue el móvil en ambos casos: en el primero se hizo cruelmente, casualmente, casi mecánicamente; en el segundo se hizo a conciencia, como retribución a las ofensas.

El lenguaje, en sus connotaciones más negativas, se usó con intención emocional. Se buscaba ofender; las malas palabras conformaron una taquigrafía para el insulto. El habla antes descrita como “de carretoneros” adquirió un nuevo protagonismo. ¿Quién que es joven no es ahora malhablado? Todavía, sin embargo, ese lenguaje provoca sorpresa e incomodidad.

Muchas de las palabras usadas son sinónimos de otras que describen actos fisiológicos (referentes, en general, a la eliminación), condiciones sexuales (alusivas a la anatomía masculina o femenina o a la cópula) o desviaciones sociales o morales de una norma aceptada. Tales sinónimos llaman más la atención -por su carga denigrante- que las palabras usuales. Constituyen un asalto verbal contra quien se siente directamente interpelado por una expresión como “p…” en el caso de las mujeres, “maric…” en el caso de los hombres o “pend…” en cualquier caso. (También pueden usarse, desde luego, como un desahogo emocional denotando sorpresa, dolor o disgusto por un golpe, por ejemplo, o un contratiempo inesperado).

¿Por qué son “malas” esas palabras? Según Steven Pinker, sicólogo, lingüista, profesor de Harvard y autor de libros sobre el tema, ese tipo de lenguaje se refiere a sustancias asquerosas (concernientes a los desechos corporales) o a circunstancias sexuales (relaciones que implican ilegitimidad, violencia o anormalidad según se concebían en el pasado) o a retos contra lo sagrado (implicando irreverencia). Lo fisiológico, lo sexual, lo religioso abarcan experiencias humanas que, aunque comunes, podían conllevar riesgos para la salud y convertirse -si se violaban las normas- en amenazantes. Los efluvios corporales se asociaban a todo tipo de enfermedades, lo sexual irregular (violación, incesto, ilegitimidad) atentaba contra el orden de una sociedad patriarcal y las blasfemias subvertían un orden religioso ubicuo y respetado. Al degradar la “normalidad” de la vida física, sexual, social o religiosa, las “malas” palabras se convierten en disfemismos (lo contrario de eufemismos).

La informalidad general del presente y la relativa igualdad alcanzada entre los sexos y las clases sociales parecerían propiciar la obsolescencia del poder ofensivo de tales palabras más allá del valor adquirido por el uso. Muchas han cambiado de significado: “cabr…”, por ejemplo, se puede considerar ahora, según el contexto, como un término afectivo. Sigue habiendo, sin embargo, poderosos incentivos sicológicos para atacar con palabras airadas o despreciativas -insultantes- diferentes de las usadas en el habla común. Cuando caduque del todo el valor ofensivo de nuestras “malas” palabras, ¿qué usaremos para incomodar al prójimo? Miremos a nuestro alrededor, a lo que supone un riesgo real o imaginado a la salud, la vida o el contexto social aceptado. De ahí saldrán los insultos del futuro.

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