Jaime Lluch

Tribuna Invitada

Por Jaime Lluch
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¿Mamá, dónde está Abuelo?

A la memoria del licenciado Iván A. Ramos Vélez y de todas las víctimas del huracán María.

Tengo pocos añitos, pero aquella noche fue una de las más largas y oscuras de mi vida.

Parecía que la noche y el día se fusionaban y solo se oía un violento estruendo que arremetía contra las tormenteras.

“Mi amor, llego María y está abatiendo a todo Puerto Rico,” me decía mi mamá, mientras yo miraba a las ventanas, atemorizado por el ruido que hacía en ese mundo exterior que no alcanzaba a ver.

Un día o dos después pudimos salir, y empezamos a caminar por las calles devastadas de nuestro vecindario.

Me asombró ver tantos árboles gigantes sobre el pavimento y las aceras, cables caídos por todos lados, diversos objetos metálicos y pesados por doquier.

Poco a poco alcanzamos la casa de Abuelo y Abuela y fuimos a ver si estaban bien. Estaban bien, aunque un poco desorientados.

Abuelo ha sido mi mejor amigo.

Mis papás se mudaron cerca de la casa de Abuelo y visitábamos todas las tardes.

Poco a poco Abuelo fue convirtiendo su casa en un gran parque de diversiones para sus nietos. Primero vino el mattress inflable, una camita que Abuelo colocó en la terraza y cuyo único fin era que yo brincara, brincara y brincara todo el día. Allí jugábamos al caballo loco y hacia maromas. Con tan solo un año y medio de edad, aprendí a hacer la vuelta del carnero, y hacia todas las maromas peligrosas que Abuelo le gustaba enseñarme. Después me enseñó a guiar su carro dentro de la marquesina.

Después vino la piscinita inflable llena de 500 bolas, la chorrera y los columpios. Invertía horas cada día preparando la casa para cuando vinieran sus nenitos, como él nos decía. Que si secando las bolitas, que si poniendo los columpios.

Una semana después del huracán María, la vida se tornó muy difícil para él.

“Abuelo está enfermito de la sangre y tiene que cuidarse mucho,” dijo mi mamá. Sin electricidad, todo era más duro para él: mover portones manualmente, el calor, los mosquitos, la oscuridad, la escasez de gasolina, la falta de comida y agua.

Aún el día antes de ingresar a un lugar que llaman hospital, con más de 103 grados de fiebre y una hemoglobina de 6, Abuelo jugaba y brincaba en la cama con sus nenitos.

La semana pasada estuvimos todos los días en ese llamado hospital. Notaba a mi mamá triste, y a menudo le preguntaba “¿Mamá, dónde está Abuelo?”

Papá y mamá no me contestaban al principio. Hace ya 10 días que no he visto a Abuelo.

Ayer me llevaron a un edificio blanco con una cruz bien grande y mucha gente muy seria, y algunos llorando.

“¿Mamá, dónde esta Abuelo?” volví a preguntar.

“Mi amor, el cielo es un lugar con mucha paz, sereno, de bellos colores, y es un lugar para descansar. Abuelo está en el cielo,” me dijo mamá.

Yo sonreí y me sentí hasta un poco aliviado. Acto seguido y sin titubear, dije: “Mamá no estés triste. Yo quiero ir al cielo.”

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