Tatiana Pérez Rivera

Punto de Vista

Por Tatiana Pérez Rivera
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Mañana es hoy: la calle habla

El panorama que ellos encontraron en sus calles era especialmente extraño; nadie a quién pedirle dinero o comida, nadie a quien comprarle la cura, cero bocinazos. Peor que un huracán resultó ser la vida después que se estableció el primer toque de queda en marzo, porque la gente no salía según pasaban los días.

Sí, nosotros nos hemos quedado en casa para frenar el contagio del coronavirus, pero ¿qué han hecho los que no tienen una? La calle es la casa de muchos -para ser exactos, de 2,535 personas a enero del 2019 según datos del Departamento de la Familia- y ellos también sobrellevan la pandemia. 

“Persona sin hogar” acoge múltiples definiciones y razones que explican la ausencia de un techo, pero la desconexión con la sociedad, ya sea por adicción a sustancias controladas o alcohol, por condiciones emocionales o problemas económicos, podría ser el denominador común. Sin celulares, sin televisor o radio, poco saben del coronavirus o cómo prevenirlo. 

Organizaciones sin fines de lucro que atienen sus necesidades consistentemente han visto el cambio en sus comportamientos. Víctor Reyes, educador en salud de Iniciativa Comunitaria, percibe sus nuevos temores cuando toma parte de rutas de entrega de alimentos, de nuevas jeringuillas para prevenir contagios de VIH o para abastecer los ocho lavamanos comunitarios que han ubicado.  

“Míster, ¿tiene comida?”, de inmediato le pidieron cuando realizaron la ruta tras la primera Orden Ejecutiva. Más rápido los mataría el hambre que el virus, decían, y las organizaciones que usualmente los alimentan no dan abasto. Comida también pidieron los otros, los que tenían casa pero no trabajo y poco a poco se les vació la nevera.

En las calles que no recorremos, especialmente durante las primeras tres semanas de la cuarentena, había personas intoxicadas por el alcohol. Bien vestidos, mal vestidos, algunos no podían encarar el encierro o el miedo y lo manejaban dándose de baja de la realidad. 

En cualquier banco o esquina, los que no tenían casa rompían vicio en frío, sin medicamentos de apoyo, sin cuidados, bañados en sudor y dolor.

Aquellos que no solían presentar úlceras en sus cuerpos, las descubrieron después de usar la poca droga disponible, de bajísima calidad al ser mezclada sabrá Dios con qué para aumentar su cantidad.

“Míster, ¿tiene mascarillas?”, comenzaron a solicitar según iban entendiendo qué era el coronavirus y por qué podía provocar la muerte. Dos mentalidades dominaban entre los que se consideran invisibles para los demás: ‘vamos a morir y nadie se va a enterar’ o ‘a nosotros no hay nada que nos mate’. Extrañamente, esta vez estaban en el mismo barco que el resto de los boricuas, compartían cielo, sol y vulnerabilidad. Olvidar a los que no tienen hogar en los planes de prevención del COVID-19 y de recuperación de la economía es lo mismo que guiar a ciegas.

“Míster, ¿tiene profi?”, pedían [email protected] que continuaron recibiendo dinero a cambio de sexo. “Traiga todos los condones que tenga míster”, le solicitaban al explicar que el miedo no detenía -o quizás aumentaba- los urgentes deseos de sus clientes.

“Míster, ¿tiene ropa?”. El cambio en mentalidad fue instantáneo: si lucen harapientos, los pocos conductores en la calle no se arriesgan a bajar el cristal para darles algún menudo, ni sus vendedores de droga los quieren cerca. 

Sin hogar es sinónimo de contagiado y, en estos momentos, ese sombrero pesa más que ninguno. 

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