Lyanne Ortiz Román

Tribuna Invitada

Por Lyanne Ortiz Román
💬 0

Marcha por el renacer de Puerto Rico

Cuando quiero revivir un momento, cierro los ojos y lo busco en mi cinta. Del pasado 17 de julio, he repetido varias veces el momento en que miles de personas nos encontrábamos frente al Capitolio levantando nuestro reclamo y cantando unidos “La Borinqueña”. Era un canto tan lleno de dolor e indignación, que casi no salía por un sufrimiento atascado en la garganta. Era un cántico muy parecido al que se hace para despedir a un ser querido.

Los puertorriqueños estamos de luto oficial por la más reciente pérdida de nuestro gobernante. Algún día quizás quiso ser un buen líder, pero en el camino se perdió y a su pueblo engañó. Aun así, su pueblo celebró su entierro con la más hermosa despedida. Alrededor de 500 mil personas se dieron cita para el adiós. Contrario a otros entierros a los que pocas personas frecuentan, este estaba abarrotado, no por ser más importante. Se percibía que los asistentes gozaban su partida.

De camino al entierro vi jarrones con flores elevadas hacia el cielo, personas vestidas de negro pero sonreídas, sin luto. Había caras y cuerpos pintados de la bandera puertorriqueña y otros de la diversidad, carteles cargados, llantos, alegrías, gritos. Contrario a otros entierros, en este el féretro no era de madera; era de cartón cargado por los participantes, pasaba de manos en manos con mensajes sobre la renuncia. Unos lo observaban de cerca y otros desde la diáspora, pero todos celebraban el fin de sus días.

El pueblo lo despidió con una hermosa caminata que comenzó en la que dicen que es “La Casa de las Leyes”. Esa caminata no ha culminado. Lleva aproximadamente una semana. Jamás un entierro había durado tanto, pero ha sido la unión más hermosa que mis ojos han visto.

En el camino del entierro del gobernante había niños, envejecientes, jóvenes, tristes, pero alegres. Recuerdo haber visto a jóvenes bailando una danza indígena con una bandera al atardecer. Me remontó a nuestros ancestros; esa escena me provocó emoción. Entonces supe que no era un entierro de un gobernador: era el renacer de Puerto Rico.


Otras columnas de Lyanne Ortiz Román

💬Ver 0 comentarios