Fernando Cabanillas

Tribuna Invitada

Por Fernando Cabanillas
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María, la gripe y el sereno

Una de las estampas de mi adolescencia que jamás olvido es la de una de mis tías, arropándose la garganta con una bufanda “para protegerse del sereno”. El sereno llegaba todos los días, poco después de las 6:00 de la tarde, y, si no te protegías, te entraba por la garganta y, como por arte de magia, al otro día te daba un catarro, una gripe o una “monga”.

En aquella época yo todo lo cuestionaba, y todavía lo hago porque el escepticismo es esencial en la ciencia. Dado que mi tía no me podía suplir una buena explicación de cómo el muy dichoso sereno te enfermaba, nunca me creí esa historia. Tampoco me hacía sentido que mojarse en la lluvia podía ser aún más peligroso que el mismo sereno. Cada vez que caía un fuerte aguacero buscaba mi traje de baño para disfrutar de la lluvia con mis amigos de infancia. Allí estábamos horas, desafiando el dogma del chubasco como causa del catarro. Lo curioso es que nunca nos prohibían bañarnos en la lluvia, lo cual yo interpretaba como una contradicción muy interesante de parte de los adultos. No recuerdo que nos enfermáramos después de la aventura.

Bueno, pues en estos días, como casi todo el mundo en la isla, inevitablemente me he mojado por causa de la inclemencia del tiempo post Irma y María. Y como muchos de mis pacientes, colegas y amistades, llevo arrastrando un catarro que se me fue al pecho hace más de una semana y no me quiere abandonar. Es lo que don Cholito llamaba “la cariñosa”, que tanto te quiere que no es capaz de despedirse.  Ya estaba empezando a sacudirme este catarro, cuando me mojo de nuevo y eché para atrás lo que había adelantado. ¿Casualidad o causalidad? Les explico lo que he investigado acerca del tema. 

Debo hacer ahora un paréntesis para explicar que la influenza y la gripe son dos cosas totalmente distintas. Mucha gente alega que no se vacunan contra la influenza porque les dio un catarro justo después de vacunarse la última vez, y ellos piensan que la vacuna les causó la gripe. La influenza es una infección viral mucho más seria que un catarro y puede causarle la muerte al paciente, especialmente a los enfermos con un sistema inmune comprometido, como es el caso de algunos pacientes con cáncer. La influenza es producida por un virus totalmente diferente al del catarro, y es importante vacunarse para evitarla.

Según el folclore universal, una de las “causas” del catarro es que, al mojarte, te “resfrías”. Me imagino que quiere decir que sientes frío, y eso entonces te causa un resfriado, o un catarro que es lo mismo. Las investigaciones médicas, sin embargo, no habían podido constatar hasta ahora ninguna relación entre la exposición al frío o al agua y el desarrollo de la gripe, relegando esta idea al plano de un cuento de camino que todo el mundo se cree. Todos los libros de texto discuten el “rinovirus” como la causa del catarro, pero ninguno discute el mojarse como causa precipitante. No obstante, casi todos los médicos que conozco sí piensan que el mojarse puede provocar una gripe.

En 2005, unos científicos de la unidad de investigación de la gripe de la Universidad de Cardiff, decidieron hacer un experimento prospectivo, en el cual tomaron 180 personas saludables y, al azar, a la mitad se les asignó sumergir los pies en un cubo con agua helada por 20 minutos y a la otra mitad en un cubo vacío.  De los 90 que enfriaron los pies, trece reportaron síntomas de gripe en los próximos cinco días, mientras que solo cinco del grupo control se enfermaron. Estos resultados fueron estadísticamente significativos y sugieren que el agua fría sí puede subir el riesgo de desarrollar una gripe. Pero esto me provoca una duda: ¿cuán fría tiene que estar el agua para provocar una infección? Recuerden que el agua en el trópico no es tan fría como en el invierno europeo o norteamericano, o como en el experimento de Cardiff, donde la temperatura del agua helada era 50 Fahrenheit. ¿Será posible que con agua más cálida el resultado sea diferente? Habría que repetir el experimento usando agua a la temperatura de nuestro ambiente tropical. Otra crítica mía al estudio es que no fue “doble ciego”, lo cual quiere decir que los sujetos sabían el procedimiento que les había tocado, ya sea el cubo con agua fría o el balde vacío. Es posible que los que fueron expuestos al agua helada hayan desarrollado síntomas que quizás no eran reales. Como no se tomaron muestras para determinar objetivamente si estaban infectados, no es posible estar seguros si realmente se enfermaron o fue todo producto de la sugestión.

La próxima pregunta, naturalmente, es cómo el enfriar los pies puede causar catarro. No hay contestación definitiva. Solo hay especulaciones parcialmente basadas en datos. Se sabe, desde hace años, que el frío provoca una constricción de los vasos sanguíneos (vasoconstricción) de la nariz y hay datos que indican que esto puede inhibir las defensas respiratorias, permitiendo que el virus del catarro, que puede haber estado presente, pueda penetrar mejor. Lo que era una “infección subclínica” controlada por las defensas del cuerpo en circunstancias normales, entonces se convierte en una infección abiertamente clínica.

Y ya que estamos hablando del tema, ¿que tratamientos funcionan para el catarro? Lamentablemente no hay ninguno que lo pueda curar o evitar. Solo podemos tratar los síntomas. Es paradójico que, para una enfermedad relativamente inocua, no tengamos ni vacuna para prevenirlo ni ninguna droga antiviral para combatirlo. Sin embargo, para la influenza hay vacunas y también hay drogas antivirales que, cuando se usan temprano, son muy eficaces.

Entre las estrategias para la prevención del catarro, se han estudiado el ajo, el zinc, la homeopatía, vitamina C, vitamina D y echinacea. Ninguno de estos métodos ha probado ser consistentemente eficaz. Solo hay uno que funciona: el jabón. La forma que usualmente nos contaminamos con el virus del catarro es por el contacto con las manos, después de tocar algún objeto que ha sido manoseado por alguien infectado. El lavarnos las manos frecuentemente es de gran utilidad.

En cuanto a esa misteriosa sustancia o fenómeno llamado el sereno, confieso que nunca lo he visto y, contrario a mi tía, nunca me he enfrentado a él con una bufanda. Pero si el sereno es el frío de la noche, no hay nada que temer. Nuestro cálido invierno puertorriqueño está libre de esa sustancia virulenta. Las bufandas para el sereno les quedan mejor a los franceses.

Ah, y un último consejo para cuando llueva: por si las moscas, eviten mojarse, o pónganse un traje de baño y disfrútenla.

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