Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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María la ira

Hoy 21 de septiembre de 2019, a dos años y un día de que el huracán María cruzara por la casi totalidad de nuestro territorio, no quiero rememorar la inmediatez de esas horas y días que se convirtieron en semanas y meses de sufrimiento, miseria y muerte. La historia de entonces está recogida en múltiples libros, películas y ensayos fotográficos, algunos de los cuales se destacan por su calidad y dramatismo. Hoy mi objetivo es otro.

El huracán se dio en el primer año del decimotercer cuatrienio de la alternancia bipartidista. Luego de 49 años de rojos y azules tenemos un país en bancarrota, con una deuda a la que se tiene renuencia de auditar de supuestamente 120,000 millones de dólares. En los meses previos al huracán, Ricardo Rosselló cerraba escuelas, aprobaba leyes laborales que aumentaban la precarización de la subsistencia, amenazaba con la privatización de playas y bosques, especulaba a puerta cerrada con los contratos y el futuro de la AEE y gastaba millones en un frenético plan que aseguraría la anexión de Puerto Rico a Estados Unidos en tan solo cinco años y su reelección en tres.

En los meses que precedieron a María, la facción joven y azul del bipartidismo vivía sus fantasías. A pesar de los requerimientos de la Junta de Control Colonial, una nueva generación de hijos del partido disponía de un presupuesto de muchos millones y ostentaba las posiciones desde las que se negociaba todo. Así ha sido probablemente siempre, pero en esta última hornada de habitantes temporales del Palacio de Santa Catalina, no hubo pudor ni falsas pretensiones. Las ambiciones eran desmesuradas y un círculo íntimo asociado al gobernador expresaba abiertamente su convencimiento de que cambiaría la historia del país. Ignorante absoluto de esta historia, el gobernador soñaba con la futura erección de los monumentos que celebrarían sus gestas. Los acontecimientos de este verano han demostrado la desmesurada extensión de la incapacidad y enajenación de este personaje que fue olvidado por esta sociedad en cuestión de horas.

El huracán María no solamente chocó con una isla, sino que lo hizo con una gobernada por una clase política proclive a imponer a sus herederos. La mañana del 20 de septiembre de 2019 la tormenta arribó con Rosselló y sus clones en muy variadas posiciones de poder y mando. Si no eran sus copias, eran algo todavía más nocivo: sus admiradores o imitadores. Grupos pequeños de funcionarios, empresarios y profesionales, miembros del partido probablemente por varias generaciones, sobrevivieron ese día a los vientos y las lluvias sin grandes contratiempos. Es de dudar que no hayan perdido un techo, pero es posible que hayan perdido un yate. Me pregunto qué porciento de los funcionarios de este gobierno disponían en sus hogares de generadores eléctricos o de la posibilidad económica de trasladarse a un hotel para degustar salchichas o atún con galletas en un ambiente menos inhóspito.

Es probable que el Puerto Rico que apareció a partir de la mañana del día siguiente del huracán fuera desconocido para Rosselló y sus colaboradores. Gente que seguramente nunca había montado en una guagua o estudiado en una institución pública, que a lo mejor solo había viajado por la isla en una caravana electoral, veía la realidad de cientos de miles de ciudadanos confrontando situaciones de vida o muerte. Enfermos sin medicinas, ancianos solitarios, familias sin comida ni agua, pueblos incomunicados en la cordillera, gente que las inundaciones dejaron con lo puesto, componían la realidad fantasmagórica puesta a la vista por María. Enfatizo la característica óptica del asunto, porque es muy probable que en las familias de estos funcionarios se haya creído por varias generaciones que en el país no había miseria ni hambre.

En este punto, siniestramente, algo no ocurrió. El sufrimiento generalizado de lo que se estima fueran sus compatriotas no fue internalizado y desde el gobierno comenzaron las negociaciones para aprovecharse de la catástrofe. Whitefish, Cobra, la turbidez en el manejo y distribución de los donativos, la negación de los miles de muertos, mostraron que para el gobernador y sus allegados el mundo seguía siendo el que habían conocido desde la cuna. Ante estas circunstancias una realidad dramática se impone: antes del huracán las víctimas ya habían sido abandonadas.

A falta de minas de oro y pozos de petróleo, se comercializa la relación del Estado con los ciudadanos. Eso que nuestros gobernantes llaman “el pueblo” y al que dicen pertenecer solo de manera retórica y oportunista, es considerado como una manada con la que se puede traficar. En realidad, en el bipartidismo decadente de las últimas décadas, el único proyecto de país más o menos articulado ha consistido en cómo se negocia con privatizadores las prestaciones muy disminuídas del Estado benefactor. No debe sorprender, por tanto, la cantidad de recursos que el gobierno destinaba a la publicidad. Ante la disyuntiva menos publicidad o menos escuelas la respuesta era indudable. Para el sector que ocupó el gobierno, el pueblo vive siempre en la acera de enfrente.

En una colonia diseñada para ser saqueada, sus víctimas se maquillan hasta hacerse irreconocibles. La mente colonizada va perdiendo todos los sentidos: no ve, no escucha, no siente. El resultado es simultáneamente útil y atroz: la víctima está convencida de que las víctimas son otros.

Confieso que ésta ha sido la columna más difícil que he tenido que escribir. Ayer regresé al país después de un corto viaje de trabajo. Cargado con mis mochilas, mal dormido y cansado llegué al aeropuerto. Todas las escaleras eléctricas estaban apagadas y los pasillos desiertos. Una pareja de compatriotas estaba frente a mí subiendo trabajosamente una de las escaleras y la mujer se quejaba de la situación y de que a diferencia de lo que ocurría en Colombia al viajero no se le daba la bienvenida. Imaginé hacia dónde iba. Lo próximo sería abordar “cómo son los puertorriqueños”: su ignorancia, su desorden, su minusvalía. El pueblo volvía a estar en boca de esta mujer en la acera de frente. No pude contenerme y al dejarlos atrás, les pregunté si seguirían votando por los partidos de siempre: por los responsables de que nuestro aeropuerto no prenda las escaleras por la escasez de viajeros.

Ésta ha sido la columna más difícil de escribir. Durante horas he luchado con lo decible. Detrás las emociones son tan grandes, tan bárbaras, que están a un paso de un silencio que aterra. María la ira. El título fue lo primero que apareció en mi mente. Con él llevo luchando muchas palabras.

Dos años después todavía siento María la ira.

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