Gerardo Cordero

Tribuna Invitada

Por Gerardo Cordero
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María y la chorrera amarilla

Los fuertes vientos del huracán María, poco a poco, fueron desarmando las piezas instaladas en el patio. El columpio se mecía solo, como asustado, y súbitamente el armazón de madera se volcó.

Con las ráfagas se separaron las piezas del centro de juego, incluso la más grande, de resistente plástico. La chorrera amarilla se elevó como cometa y desapareció.

Cuando los vientos se calmaron el vecindario se pobló. Adultos y niños se asomaron a mirar con asombro lo que había pasado. Palmas y árboles derribados, verjas destruidas, puertas abolladas, planchas metálicas torcidas y cristales dibujaron un nuevo paisaje.

Las casas de cemento en la cuadra no recibieron daño extremo y sus moradores no quedaron al desamparo, como sí sucedió en vecindarios cercanos con casas de madera.

Comenzaron las tertulias liberadoras de tensiones y compartimos vivencias del proceso, como sujetar una puerta propensa a desplomarse y la entereza de vecinos que desafiaron los vientos para sacar escombros de una alcantarilla y evitar la inundación en sus casas.

El grupo acordó, bajo lluvia y viento, regresar cada 45 minutos para limpiar el desagüe. Así lo hicieron seis veces, tras calcular el volumen de acumulación de agua cuando la alcantarilla quedaba tapada en la parte baja de la calle.

Mientras los adultos se ayudaban para limpiar escombros y destapar desagües en los techos, el pequeño Mario miraba con incredulidad la destrucción de su columpio. Sabía que podía repararse y reconoció que podía volver a armarse, como le indicó su padre. Sin embargo, faltaba una pieza clave y se dispuso a buscarla patio por patio, con la ayuda de su amigo Juan Pablo y otros vecinitos.

Preguntó, indagó, rastreó. Habían pasado más de cinco horas de calma, pero Mario no encontraba lo que buscaba. Caminó y pedaleó prácticamente por todo el vecindario. De pronto, a la distancia, divisó un punto brillante y hacia allá corrió.

Ya atardecía y Mario saltaba de felicidad: había aparecido la chorrera amarilla.

El júbilo de rearmar completo el columpio de Mario fue solo parte de buenos momentos compartidos en la vecindad luego del paso del ciclón, cuando afloró como nunca la cordialidad, el apoyo y la solidaridad, valores con frecuencia eclipsados en muchas comunidades por el ajoro del trabajo y los compromisos familiares cotidianos.

María causó múltiples daños, pero estimuló nexos de confraternización que nos hacen mejores personas, como niños felices al deslizarnos -como Mario en su chorrera- con menos temores por la vida tras experiencias extremas como la del reciente golpe huracanado.

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