Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Masacres y alfombras rojas

Lo que empezó como una urgente, legítima denuncia, contra los abusos de un bruto todopoderoso --el productor de cine Harvey Weinstein-- ha devenido, a la manera de una ola, en una forma de despropósito mediático, con destellos de hipocresía, y como toda buena hipocresía, con una buena dosis de cacería de brujas.

Y digo brujas, porque a las que alzamos un poquito la voz para pedir sentido de la proporción, nos tachan de traidoras, antifeministas, o, lo que es peor, reaccionarias.

Es bastante incómodo eso de andarnos vigilando unas a otras a ver quién se muestra indiferente al #MeToo, o no se ha pronunciado con suficiente indignación, o no les canta loas a las líderes del “movimiento” en las redes sociales.

Para empezar, debo decir que nadie --hombre, mujer o bombero en servicio--, me va a decir qué películas debo ver; qué cuadros puedo ir a mirar; cuáles son los autores políticamente correctos que merecen ser leídos, o cuál la música que puedo oír, que al final será la que me dé la gana. Ya es el colmo que el temor a ser señaladas o marginadas por apreciar el producto artístico de un individuo que cometió un delito, también restrinja los derechos de las mujeres. Porque, en este caso, es a la mujer a la que se le pide “corrección” y “sacrificio”. Los hombres pueden seguir yendo a ver las películas de Woody Allen, ellos sí, de ellos se espera esa “transgresión”. Una mujer, por el contrario, comete un acto insolidario, y muy mal visto, si se le ocurre ir a ver la más reciente película del gran director (cuando la estrenen, si es que la estrenan).

Pues no entro por ahí.

Reivindicar mi condición de mujer y ser humano pasa por escoger y defender mis gustos.

Esos arrebatos de una sociedad rica y puritana, a los que se adhiere la gente a la carrera, como por inercia, siempre me han resultado incómodos. Sobre todo porque, como bien dijo hace poco otra cineasta, la catalana Isabel Coixet, “no debemos olvidarnos de cuáles son las mujeres que se juegan realmente la vida por el hecho de serlo”.

Mientras escribo esto, leo que en Siria sigue adelante la llamada “masacre del fin del mundo”, con cientos de muertos y heridos, en gran parte mujeres que hace siglos que no van a un cine, ni saben del glamour de protestar enfundadas en carísimos vestidos negros. Son las que viven en el hueco más oscuro del universo. Ellas, y todos los civiles que mueren destrozados en Guta, son los merecedores del #MeToo, de uno más abarcador, menos centrado en los destellos rubios de la alfombra roja. Esa es la contradicción. Todo es muy elegante y detallista, con una pátina de candidez, y a la vez un tono de superioridad que es propio de “la única moral posible”, como si fuera la única moral que importa. El pasado 18 de febrero, en Nigeria, grupos del extremista ejército de Boko Haram, se llevaron 110 niñas de una escuela, como hace cuatro años se llevaron casi 300. Pocas regresan de esos secuestros, mueren de enfermedad o viven drogadas para servir a las tropas. Nadie las invita a la suite de un carísimo hotel de $3,000 la noche, ni por supuesto ellas irían pensando que solo van a “conversar”.

Por otra parte, no entiendo que se destierren para siempre, censurados a perpetuidad, actores, directores y guionistas cuya obra hasta ayer aplaudíamos. Si cometieron un delito, deben ser señalados, juzgados, pagar por lo que hicieron y pudrirse en la cárcel. Y luego, ya podridos, salir como todo el que cumple en prisión y reintegrarse, ponerse a trabajar en lo que saben, en lo que han estado haciendo hasta ahora.

Pero aquí se ha dado la impresión de que se tumban cabezas por los siglos de los siglos, y que los señalados quedarán cubiertos de cenizas como los dinosaurios, muertos y bien muertos. Se trata, al fin y al cabo, de una tácita pena de muerte.

No estoy para defender manoseadores. Creo que deben darles su merecido en la cárcel. Pero el arte es el arte. Si fuera por eso, habría que quemar el Guernica. Bajar los cuadros de Gauguin --¿nadie ha leído de las historias de Gauguin, borracho, drogado y enfermo de un mal contagioso, acostándose con las adolescentes tahitianas?--, y los de muchos otros cuyas biografías son rijosas y destempladas.

De los grandes escritores del mundo... De los cantantes de ópera, que históricamente han parecido que no rompen un plato, pero destrozan la vajilla entera. Y de los compositores ni hablemos. Sostuve, hace muchos años, una gran amistad con el que fue el amante adolescente de un genial compositor cubano. Era un caso atípico, porque la víctima guardaba un infinito amor por su victimario, fallecido décadas atrás. En ese caso, qué hacemos. ¿Erradicamos su música de la faz del mundo? Imposible. ¿La dejamos de oír, o mascullamos insultos cada vez que pronuncian el nombre del que fue un auténtico genio? Claro que no.

Que los extremos son malos, es un lugar común, una perogrullada indigna de un columnista. Pero no puedo evitar decir que en esto hay un chirriante exceso, como un tufo de adhesión obligatoria, de miedo a diferir o a matizar las cosas. Amenazan con no estrenar esa última película de Woody Allen. Me quedaré vestida, y, con perdón de las feministas, desconsoladamente alborotada.

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