Julio A. Muriente Pérez

Tribuna invitada

Por Julio A. Muriente Pérez
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Más allá de Barcelona

Cría cuervos y te sacarán los ojos (refrán popular).

Barcelona nos pide que lloremos sus muertos, víctimas de condenables actos terroristas. Y antes Bruselas, París, Londres y Nueva York. Nos conminan a que hagamos nuestro su sufrimiento y a que nos contagiemos del espanto que les arropa.

Hay mucho odio y resentimiento en quienes llevan a cabo esos actos de terror. Pero ello ha de tener alguna explicación.

Quizá la memoria histórica de los europeos y los estadounidenses es muy corta. No recuerdan—o no les interesa recordar--cómo se hicieron poderosos, cómo y a costa de quiénes obtuvieron—y aún obtienen-- las riquezas que les convirtieron en grandes potencias planetarias. Quizá para ellos ha sido normal desatar la más terrible de las violencias y los desprecios, con el afán de apoderarse de todo, desde su fundamentalismo imperial.

La memoria histórica de los explotados, discriminados y derrotados suele ser más profunda y permanente. De ahí a soñar con alguna venganza aleccionadora, por más injustificada que pueda ser, hay un tramo muy corto. De ahí a los extremos, a la guerra santa, al terror, a aplicar, después de todo, la misma violencia que han sufrido por décadas y siglos, solo hay un paso.

Frente a esta terrible situación de terrorismo que enfrenta Europa, ¿cuáles han de ser los sentimientos de la población originaria de América, luego de las barbaridades cometidas durante siglos por los conquistadores europeos?

¿Qué pensamientos han de pasar por la mente de los descendientes de los más de 20 millones de africanos negros que fueron arrastrados como esclavos a América a generar riquezas para los europeos blancos?

¿Qué deben pensar los descendientes de los más de diez millones de africanos asesinados en el ex Congo Belga, víctimas del capricho colonial del rey Leopoldo II de Bélgica?

¿O los millones de africanos y africanas que sufrieron el Apartheid por parte de la minoría de origen británico-holandesa en Suráfrica y Namibia?

¿O los palestinos apiñados en la Franja de Gaza, víctimas del más cínico de los genocidios, mientras su tierra es tomada por los sionistas con la complicidad de Europa y Estados Unidos?

¿O los miles de africanos, que se aventuran a cruzar con su miseria a cuesta el mar Mediterráneo en endebles embarcaciones, buscando alguna esperanza en esa Europa que les desprecia y humilla?

Para muchos habitantes del planeta hay razones para odiar—por más que duela y espante-- a Europa y Estados Unidos.

Fue Europa la que se apoderó de América asesinando y destruyendo, hace medio milenio. Se repartió África, Asia y Oceanía, y saqueó esos continentes, en nombre de la civilización y la cristiandad. Ha sido Estados Unidos el que asesinó a cientos de miles de japoneses en Hiroshima y Nagasaki; y el causante de más de un millón de muertes en Vietnam. 

Europa y Estados Unidos han sido los verdaderos terroristas de la humanidad durante los pasados quinientos años. Son los responsables históricos de tanto odio irrefrenable. Ahora están espantados con los cuervos que han amamantado, que amenazan con sacarles los ojos.

Quienes hoy ejercen el terrorismo en las capitales europeas son discípulos del terrorismo de Estado de los países que auspician, en pleno siglo veintiuno, campos de concentración, prisiones secretas, centros de tortura, asesinatos selectivos y magnicidios; que hacen ostentación de sus arsenales atómicos y de su tecnología destructiva.

No basta con llorar por los muertos de Barcelona. Debemos, en todo caso, luchar por un mundo superior, en el que desaparezcan todos los fundamentalismos, todos los extremismos, toda violencia, tan dañina e inhumana, en el que podamos celebrar la vida.

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