Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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Más allá del presupuesto en neblina y la ficción del año fiscal

Se equivoca quien piensa que el presupuesto es meramente un ejercicio contable cuyo objetivo es plasmar de dónde provendrán y en que se gastarán los fondos del Gobierno. La realidad está precisamente en el lado opuesto del mero balance de las cuentas, y es que el presupuesto es la expresión de los valores y aspiraciones de un país, reflejado en las decisiones de cómo va a usar los fondos públicos.

Hay presupuestos que corrigen rumbos; otros que abren caminos; algunos que mantienen el “status quo”, y finalmente están aquellos que rompen, voluntaria o involuntariamente, con esquemas del pasado. Estos últimos, los más dolorosos, a veces son provocados por la iniciativa casi heroica de visionarios. En otros casos, por el choque frontal con una realidad que se ha querido negar. De esto precisamente se trata el presupuesto que se discute en nuestra legislatura en estos días; de enfrentarnos a las consecuencias de lo que fuimos o, peor aún, de lo que creíamos ser. Por eso no se puede evaluar únicamente bajo la ficción del año fiscal, sino que hay que verlo como un eslabón en una cadena larga de presupuestos que, más que destino, son un camino.

Este presupuesto, el cual no se ha podido evaluar a cabalidad por la neblina que lo rodea, es el primer tramo del largo y doloroso camino de la recuperación. Es el primero en una larga procesión de presupuestos diseñados para lograr su balance y servir la deuda, nada más, asfixiando cualquier posibilidad de inversión. Podríamos decir, parafraseando a Ernesto Sábato en su novela “El Túnel”, en cuanto a este y futuros presupuestos: “En todo caso, había un solo camino oscuro y solitario, el nuestro”. Por eso, al evaluarlo hay que alejarse de los más y los menos, y en la distancia preguntarnos hacia dónde nos lleva este camino.

El camino de la recuperación que partió del presupuesto vigente, y el que está bajo consideración, no puede analizarse en el vacío, sino en el contexto de un arduo proceso de ajuste presupuestario que debe tomar por lo menos diez años. Como país vamos a quedar heridos cuando sepamos y sintamos la magnitud y diversidad de los recortes en el presupuesto propuesto, pero más allá tenemos que prepararnos para los presupuestos que vienen.

Cuando próximamente haya que presupuestar alrededor de $1,500 millones para el pago de la deuda, habrá que hacer recortes aún más profundos, reduciendo continuamente el margen para hacer obra pública y rendir servicios esenciales. Todo esto en un futuro cercano donde cada día será más difícil mantener los ingresos del fisco.  Es decir, la tormenta perfecta, una necesidad mayor de fondos combinada con un pozo contributivo que cada día se seca un poco más debido al achicamiento de la economía.

Al analizar el presupuesto propuesto y el Plan Fiscal, no podemos dejar de sentir que la esperanza de un asomo de crecimiento económico de aquí a alrededor de 10 años será meramente por accidente o suerte, y no como resultado de una estrategia coherente de desarrollo. Por eso es necesario hacer un balance entre la política y la razón, y explicarle al pueblo, que por maduro entiende, las dimensiones de los ajustes presentes y futuros.

Por algo nuestros más respetados economistas proyectan que algún atisbo de crecimiento económico no será visible hasta mediados de la década del 20. Es que con presupuestos como este y como los que manda el Plan Fiscal, no será posible echar a andar el motor de la economía.  Decía mi vecino, Don Coco, experimentado mecánico experto en “Volkys”de los 60, que “nada prendía más fácil que un ‘Volky’ empujao”. 

Nuestra economía no es un “Volky”, y desgraciadamente va a requerir más que este tipo de presupuestos para echarla a andar.

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