Ariel Orama López

Buscapié

Por Ariel Orama López
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Mascarada

El cielo se impregna de gloria: caminar por las calles neoyorquinas con un airecito de turista es un deleite para aquellos que recién descubrimos los manjares de la Gran Manzana. Central Park se divisa mientras anochece: transeúntes se entremezclan, razas, sabores, personalidades y géneros. Es un baile esplendoroso; fuera los estigmas y las nociones falsas sobre lo que es la ciudad de los rascacielos. Se dispersan los seres con facilidad entre sus calles en movimiento.

La oportunidad de formar parte de un edredón de seminarios para académicos me permitió explorar las riquezas que ofrece la ciudad que no duerme, mientras descubro unas tantas cosas sobre el filme y el género. El concepto de mascarada y el denominado “gender fluid” parecen ser cosa de años, nada “póstumo”, ni muy moderno. Mientras devoro el libro de Screening Genders, de William Luhr, pienso: ¿cuántas nociones deben cambiar en nuestro cine local? Tantos prejuicios y estereotipos por superar; tantas hazañas de “cortos” que merecen ser contadas -y valoradas- como “largos y tantos estigmas que aún prevalecen en la denominada “industria” sin “industria” del cine puertorriqueño.

Mientras me deleito del Fantasma de la Ópera, pienso en nuestros talentos: en una Carmenchú Domínguez, dominico-puertorriqueña educada en Puerto Rico y otras cantantes líricas locales que nada tienen que envidiarles a las sopranos de Broadway o del Met, y a las “mezzos”. En un teatro abarrotado de gente que paga un boleto jugoso, mientras nosotros creamos lo mismo, pero sin el “Carmina gourmet” de la esquina que te vende platos con oro en exceso. A veces sobrevaloramos el arte norteamericano y foráneo: y, el de nosotros, lo devaluamos como al “smoke”. Jugamos mal al Wall Street en “tennis” prestados, al buscar enaltecer lo de afuera, sin reconocer lo de adentro.

Hoy, camino por las calles neoyorquinas acompañado de un ángel amigo y par de cantantes deambulantes; sin temor, entre trenes y anuncios inmensos. Y algunos antifaces de Anónimo delatan el uso de animales para cosméticos. ¿Qué nos faltará para reconocer nuestro arte como un producto nacional, de valor añadido y varidas estrellas?

Quitémonos las máscaras. Es hora de enseñar de qué estamos hechos.


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