Ana Teresa Toro

Punto de vista

Por Ana Teresa Toro
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Máscaras caídas

No hace falta ser puristas. Todos y todas ejercemos distintos grados de performatividad en nuestra vida cotidiana. No solemos hablar igual en el trabajo que en el hogar, o comportarnos con el mismo desparpajo que lo haríamos entre amigos, en espacios que nos requieran alguna formalidad. En tiempos de distanciamiento social e hiper virtualidad lo vivimos aún con mayor frecuencia. Protagonizamos todos los días frente a una pantalla, la puesta en escena de los múltiples “yo” que nos habitan y hasta ahí no hay nada extraño o singular. Sin embargo, cuando esta realidad se traduce y se manifiesta en los mensajes que recibimos como ciudadanos por parte de las máximas autoridades del país —y más aún en medio de una crisis de salud de proporciones globales— es preciso observar estos desdoblamientos del carácter con un poco más de atención. 

Desde anoche ronda por las redes sociales y ha sido reseñado en medios de comunicación, un vídeo que captura los segundos posteriores al mensaje que emitió anoche la gobernadora Wanda Vázquez flanqueada por sus principales oficiales y asesores en el tema de la pandemia. Desde el punto de vista de la comunicación efectiva, el mensaje tuvo importantes problemas y señalarlo no es un asunto meramente estético o menor, pues bien es sabido que a veces el medio termina por convertirse en el mensaje o al menos en parte de él. 

Por un lado, la gobernadora lee su discurso de manera acartonada. No es una persona quien nos habla directamente, es una persona que lee un mensaje previamente escrito pues su ritmo de lectura así lo proyecta. ¿Qué significa esto? Que estamos recibiendo de la gobernadora un mensaje en el que ella no luce como la principal emisora, sino como quien reproduce un mensaje trabajado por una voz abstracta que no conocemos. No es ella quien nos habla, es un desconocido. Esto, cuanto menos, produce desconfianza. Naturalmente, los mensajes que leen los gobernantes suelen ser escritos por terceros, pero es importante que a la hora de llevarlo a la voz alta, la líder se apropie de esas palabras y las haga suyas reforzando así su autoridad y su voz. Esto no ocurre con la gobernadora. Y si no hay confianza en quien emite el mensaje, mucho menos la habrá en la información. Aunque pese, la proyección es tan importante como el contenido.

Este es solo un ejemplo acerca de cuán importante es la puesta en escena —sí, porque lo es— de un mensaje de estado. Pero el que más nos ocupa es el vídeo en cuestión, esos segundos en los que vemos a la gobernadora relajar sus hombros y rodillas aliviada por haber finalizado su mensaje y junto a ella, su equipo responde en una mezcla de carcajadas nerviosas y estiramientos de piernas. Todos hemos estado en una situación similar, no se trata de juzgar por juzgar. Pero sucede que en un momento de tanta vulnerabilidad el acceso público a ese tipo de imágenes refuerza la desconfianza hacia las instituciones gubernamentales. ¿Se están tomando esto en serio? ¿Es una broma para las autoridades? ¿Son honestos cuando me hablan con seriedad acerca de lo que está pasando?

Estas son las preguntas que gestos de esa naturaleza generan y lamentablemente en coyunturas como esta, no basta con decir: somos humanos y a todos nos pasa. Pues, resulta que las expectativas para una gobernante y de un liderato son distintas. No basta con que parezcan serios, deben serlo en todo momento y ese desliz lo que hace es borrar la fina línea entre la realidad y la ficción en el discurso oficial. ¿Es ficción la imagen formal y seria? ¿Frente a las máscaras protectoras, hay otras que desconocemos? En fin, más cuidado con estos mensajes. En ellos todo comunica y lo que vimos anoche, comunica algo muy preocupante.

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