Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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Más muertos que días calendario en Puerto Rico

2018: La prensa informa 264 muertes violentas en Puerto Rico en apenas 170 días. En 2016, la revista Forbes colocaba nuestra isla entre los países de mayor cantidad de muertes violentas por armas, superando a Venezuela y El Salvador. Nuestra violencia se correlaciona con la crisis fiscal y moral, el fácil acceso a armas y el aumento del mercado de drogas ilícitas. La probabilidad de muerte violenta fue cuatro veces mayor en 2014 y tres veces mayor que en Estados Unidos en 2016. Tan grave es el problema que Puerto Rico fue incorporado al Sistema de Vigilancia de Muertes Violentas Norteamericano (NVDRS, en inglés), un sistema de vigilancia epidemiológica para la recopilación estadística de datos de agencias como la Policía, Ciencias Forenses y el Registro Demográfico.

La ola de violencia social aumenta consistentemente, incrementando la inseguridad ciudadana. La noticia del asesinato ya no es rara sino el arroz y habichuela diario. La violencia siempre es indicativa de un problema social profundo. No se debe normalizar lo que es una sentencia literal de muerte. Una sociedad que aprende a vivir entre armas, muertos y desgracias se acostumbra al desorden, la venganza o la impunidad. No es aceptable.

La violencia social va de la mano con la desigualdad y otros elementos estructurales y funcionales que promueven la delincuencia como el auge y dominio de la narco cultura. El Censo de 2012 (“Poverty 2010-2012”) estableció que un 45.6% de la población puertorriqueña vivía bajo niveles de pobreza. En 2016, un 66.3% de los asesinatos en Puerto Rico estuvieron directamente relacionados con el mercado de drogas y la lucha por puntos de venta o distribución. La inflación y el desempleo, además, siguen empeorando el problema de acceso y distribución de ingresos en el país. En 2017, antes de la debacle de los huracanes Irma y María, se confirmaban 40 municipios con más de un 50% de su población viviendo en miseria. Después de los huracanes, se estima que la pobreza aumentó a un 52.3% y seguimos contando…

La gente dice que la pérdida de valores es la causa moral del incremento de la violencia pero ninguna sociedad funciona sin valores y ese enfoque es incorrecto por cuanto incompleto. Los valores no desaparecen. Se trastocan, cambian o sustituyen. Pueden convertirse en anti-valores como el individualismo extremo, el consumismo o el falso valor de las apariencias. Cada ciudadano que piensa que la oportunidad la da la trampa aprovechada, y no la justa recompensa del buen obrar, contribuye a fracturar la calidad de vida con su doble moralidad.

El vacío existencial en la vida contemporánea afecta a muchos, desconectándoles de los ciclos naturales vitales y haciéndoles perder la diferencia entre realidad y fantasía. La ociosidad, el aburrimiento y la falta de propósitos vitales igualmente se asocian con la violencia de quienes buscan adrenalina para sus aburridas mentes. La falta de responsabilidades domésticas y comunitarias describe a aquellos que transitan por la vida sin hacer nada. Una mente ociosa puede convertirse en un arma muy destructiva cuando la vida carece de significado y propósito. La pérdida de sensibilidad y respeto por los semejantes revela el efecto nocivo de una vida sin ruta trazada, de una mente que no tiene nada que perder porque no interesa ganar nada.

Los malos modelos median en el aumento de la violencia. Modelajes soberbios, corruptos y trogloditas imparten lecciones negativas y confunden. Los medios de entretenimiento contribuyen a opacar los buenos ejemplos, como en las narco novelas, cuando realzan más la vida del delincuente que las vidas dedicadas al buen servicio humano. La combinación de estos, y otros, factores negativos va desensibilizando al ciudadano promedio.

Puerto Rico tiene que definir el tipo de progreso que desea tomando medidas correctivas en aquellas condiciones que nos violentan cada vez más. Es prioridad trabajar con la pobreza absoluta y relativa que tanta desigualdad promueve y erradamente normaliza la violencia indiscriminada de nuestros días. Queremos calendarios de vida, no de muertes.


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