Rafael Aragunde

Punto de Vista

Por Rafael Aragunde
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Más que planteles, creatividad para la educación

La realidad continúa confrontándonos con retos que complican nuestra convivencia. Y no se trata tanto de fenómenos naturales como de dinámicas sociales que pudieran responder a nuestra voluntad, pero que por razones que no vienen al caso eluden la disciplina con la que se podrían atender. 

Claramente no hemos sabido prepararnos para eventos con los que tenemos que contar siempre. Se pueden construir casas y escuelas a prueba de huracanes y terremotos, naturalmente mientras estos no alcancen dimensiones apocalípticas. Lo que hemos vivido con María y con los temblores después del día de Reyes no alcanza tales magnitudes y, por lo tanto, más que lamentarnos deberíamos estar analizando críticamente qué es lo que nos ha llevado a tener planteles escolares y viviendas que no cumplen, según se supone, con los estándares pertinentes.

De este análisis se desprende en primer lugar, lo cual es positivo, que hemos sido generosos en eso de proveerles escuelas a nuestros jóvenes, aunque el lugar no fuera el adecuado, aunque los materiales no fueran los mejores, aunque las inspecciones no fueran lo rigurosas que debían de haber sido, aunque en el contrato no se incluyeran las garantías propias. Lo mismo con las viviendas que construyeron frecuentemente los vecinos, los amigos, los parientes, pues porque así de buenos somos y a ARPE, la Administración de Reglamentos y Permisos, se le informa después, cuando se requieren los permisos para el agua y la luz. Así construimos escuelas a través de todo Puerto Rico y así urbanizamos nuestra selva de cemento. No fue que dejáramos de ser responsables; es que la generosidad prevaleció sobre cualquier otra consideración, sobre todo si la relacionábamos con el gobierno, que es una cosa que despreciamos con pasión y que si contamos con él es para viabilizar ayudas.

Pero hoy sabemos que ni se puede garantizar la enseñanza en tales escuelas ni la existencia en tales viviendas. Se trata del precio que tenemos que pagar cuando nos ha llegado lo que siempre supimos que llegaría, esa hora de la verdad, si bien no se le debe echar la culpa a nadie por lo que son los resultados de nuestras solidaridades, bien o mal entendidas. ¿Pero qué puede hacer una familia en estas circunstancias? ¿Qué debe hacer, por ejemplo, una madre con un hijo de sétimo grado que de buenas a primera se ha quedado sin escuela? Es enteramente comprensible que esté preocupada, como lo están las maestras, los directores y los empleados no docentes, como lo estamos todos por nuestros hogares.

Hizo bien el secretario de Educación Eligio Hernández al solicitar que se reúnan pronto los padres, los directores, las maestras y demás personal de la escuela, con el alcalde o alcaldesa con el propósito de asumir responsabilidad colectiva de una dinámica que, como tantas otras, el DE no puede controlar desde Hato Rey. Además, mientras se aclara la confusión que sufre el país, para identificar lugares donde pueda continuarse con la gestión educativa que no está obligada a llevarse a cabo en un salón. Y no menos importante, para hacer un inventario de los recursos tecnológicos que el DE ha adquirido en las últimas décadas de modo que se viabilice lo más pronto posible tomar cursos en línea con ayuda de las universidades del país. A escuelas con grietas amenazantes nadie se debe acercar, pero sí a los alcaldes quienes sabrán poner a la disposición del sistema escolar espacios adecuados para el tipo de quehacer académico – innovador – que estoy seguro que ya se está dando en muchas comunidades escolares. La educación no es un asunto de planteles, sino de creatividad. 

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