Mayra Montero

Punto de vista

Por Mayra Montero
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Mayra Montero: Cervantes al suelo

MEl periódico The New York Times pidió una opinión a su crítico de arte, Holland Cotter, sobre las estatuas que han sido parte de un debate público en torno a la representación de supremacistas que, por supuesto, nadie quiere que sean honrados, como ocurre con la estatua de Theodore Roosevelt, a la entrada del Museo de Historia Natural de Nueva York.

La estatua, para empezar, es horriblemente esquemática y cursi. Los directores del Museo han explicado que su problema no es con Roosevelt —feroz con América Latina, eso no se ha mencionado—, quien fue una figura compleja, obsesionado por preservar los bosques, pero también racista a ultranza. Su problema es con la estatua en sí, y las figuras que la flanquean.

Cotter, muy delicadamente, ofrece unas cuantas ideas de lo que debe hacerse con el pedestal, y luego, con el mismo tacto, explica por qué debe conservarse el Shaw Memorial, en Boston, en la que un militar blanco, a caballo, lidera el primer regimiento de voluntarios negros del Union Army.

El valor histórico y artístico de ese conjunto no tiene discusión. Robert Gould Shaw, de hecho, murió con sus hombres.

En medio de la reacción masiva contra el asesinato de George Floyd, dos estatuas fueron vandalizadas en California. Una, la de Fray Junípero, un misionero que se dedicaba a lo que se dedicaban todos los curas que emigraban por aquella época: evangelizar a los indígenas, no se sabe si con mucha o poca piedad. La estatua cayó un poco al estilo de la de Hussein, algo que no debe tener contento al Vaticano, habida cuenta de que Junípero fue canonizado por el propio papa Francisco en 2015.

La de Miguel de Cervantes, en realidad un hermoso busto ubicado en San Francisco, también fue víctima de la rabia colectiva.

Enseguida me dije: ¿y Cervantes a cuenta de qué? Para mí que lo confundieron. Para mí que los que se acercaron al busto lo vieron con el cuello de lechuguilla y dijeron “este debe ser esclavista”. De paso, escribieron “bastardo” en el pedestal, algo que de acuerdo con el peregrino humor del autor de El Quijote, acaso lo hubiera hecho reír.

Cervantes le dio al mundo una de las obras más libertarias, antirracistas y antisistema que se han escrito nunca. No voy a hablar, por obvio, del acto de ignorancia que significa arremeter contra la figura que simboliza literatura y la cultura en lengua española. Ni siquiera se sabe por qué, acaso por el hecho de que el autor viviera en una época en que estaba en auge la colonización y sus abusos.

Esas extrañas reivindicaciones, que anteriormente no han sido igual de solidarias con Latinoamérica, tienen poco futuro al sur del Río Bravo.

Simón Bolívar en su juventud fue inmensamente rico, heredaba de aquí y de allá, de tíos y hermanos, y de su propio padrino y sacerdote, un hombre que al morir dejó dos advertencias a su querido Simoncito:si no se casaba con una mujer noble y virtuosa, o si se atrevía a levantar la espada contra España, de inmediato sería privado de su fortuna. Bolívar hizo lo que le dio la gana, y siguió disfrutando de sus propiedades (que por supuesto, se nutrían del trabajo de unos 300 esclavos). Más tarde, cuando abrazó la lucha contra la esclavitud y el yugo español, cedió todo a sus hermanas.

Antes que Bolívar, Francisco de Miranda, precursor de la independencia de América Latina, las corrió en grande. Yo, que leí de rabo a cabo sus diarios, entré en conocimiento de episodios amorosos tan políticamente incorrectos, que hoy causarían horror en lugares como Filadelfia, donde se alza una impresionante estatua del venezolano.

Todo el mundo tiene su pasado. Todos pensaban diferente hace doscientos y pico de años. Miranda, uno de los héroes de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, nada más llegar a Pensacola, compró cuatro esclavos: Joseph, Charles, Bob y Perth.

El nombre de Miranda, más tarde combatiente en la Revolución francesa, es el del único americano que aparece tallado en el Arco del Triunfo en París.

Ahora vayan los revisionistas a pedirle a los latinoamericanos que derriben las estatuas y monumentos a Bolívar (cientos). Vayan a Venezuela, o a Francia, al pie del Arco del Triunfo, y pongan “bastardo” donde dice simplemente Miranda.

En Cuba, el “Padre de la Patria”, Carlos Manuel de Céspedes, liberó a cientos de esclavos para que se le unieran en la lucha por la independencia. Muchas familias relativamente acomodadas, que huyeron a los campos para luchar también, llevaban consigo cierta cantidad de esclavos. Eventualmente los liberaron. Pero por mucho tiempo, en los campamentos mambises, aquellos esclavos siguieron sirviendo a sus amos. Y eso es una realidad histórica.

Decía el crítico de The New York Times, respecto a algunas de las estatuas cuestionadas: “No tienen que gustarnos, solo necesitamos entenderlas”.

Yo espero que se entienda que cuando Diego Velázquez retrató a su esclavo, Juan de Pareja, pintura magnífica que hoy se exhibe en el Museo Metropolitano de Arte, en Nueva York, no tenía intención de liberarlo hasta que terminara la obra, eso si se portaba bien y no intentaba escapar.

Es muy complicado pasar juicio sobre las razones que tiene una multitud para arremeter contra esculturas que no representan a un dictador o genocida. Los extremistas de Isis no dieron muchas explicaciones cuando acabaron con monumentos milenarios y casi toda la ciudad de Palmira, patrimonio de la humanidad. Estoy segura de que muchos de ellos, que provenían de familias muy pobres, oprimidas de toda la vida, encontraban de lo más razonable la implosión de iglesias o monasterios que tenían casi quince siglos. También aplastaron los monumentos a la memoria de un pueblo tan sufrido como el armenio, vean qué absurdo.

Nadie discute la necesidad de borrar homenajes en bronce o granito a personajes que instituyeron crueles regímenes, torturaron o mataron a seres indefensos. Pero eso se decide de otra forma, no en el asalto indiscriminado.

Es que estoy segura de que no sabían que Cervantes era El Quijote. Pero en fin, con molinos más altos se las tuvo que ver el Manco de Lepanto, y ha sobrevivido, admirado y fuerte, en cada una de nuestras neuronas, y en el español sin barrotes que hemos defendido siempre.


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