Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Mayra Montero: el laberinto de Evo Morales

Lo ocurrido en Bolivia fue un golpe de estado, claro que sí. “Sugerirle” a Evo Morales que se quitara del medio —sugerencia hecha por los altos mandos del ejército y la policía— consumaba un golpe en toda regla.

El líder aymara sabía perfectamente que su vida corría peligro, y el héroe de la jornada fue sin duda alguna el Canciller mexicano, Marcelo Ebrard, al que hay que oírle hacer el cuento de las gestiones para rescatar a Evo, el recorrido alucinante de un avión que atravesó los cielos de varios países en los que, o bien les negaban el paso, o no les permitían recargar combustible. Es una historia casi de horror, pero el mandatario llegó sano y salvo a México.

He oído decir que algunos dirigentes latinoamericanos, incluso expertos en inteligencia de los países más progresistas de la región, veían venir este descalabro, y le advirtieron a Evo sobre la necesidad de andarse con pies de plomo y hasta colaborar en la búsqueda de un buen relevo para salvaguardar a su partido, MAS, y la continuidad de su proyecto en Bolivia. Pero Evo Morales, con sus defectos y virtudes, es meditabundo, empecinado y receloso. La oposición, que desde hace tanto tiempo lo tenía en remojo, y que durante años no pudo hacer nada, porque el hombre ganaba las presidenciales con más del 60 por ciento, estaba esperando su momento, y aprovecharon el resbalón de las pasadas elecciones.

Un resbalón innecesario. Un error de cálculo inexplicable en un viejo zorro como Evo Morales. Al tratar de arreglarlo, lo dañó más, como sucede tantas veces. El hecho de no haber alcanzado la cantidad de votos necesarios para ganar en la primera ronda, era hasta cierto punto una situación enmendable. Así que paralizar el conteo de votos con el 80 por ciento ya escrutado fue el punto de partida de las protestas, avivadas por los sectores más conservadores.

Para colmo, Evo aceptó la “ayuda” de la OEA. O la reclamó, que es peor. A ningún gobierno medianamente revolucionario se le ocurriría, a estas alturas y con lo que sabemos, aceptar la mediación de ese organismo. ¿Qué creyó Evo que iban a determinar los expertos de esa organización, a ver? ¿Se puede ser tan cándido con 60 años y casi 14 al frente de un país como Bolivia?

Por otra parte, además del desgaste lógico que experimenta un dirigente que ya casi había consumido su tercer mandato, Evo había tenido sus más y sus menos con algunos pueblos originarios, no necesariamente aymaras como él (aunque también), pero sí campesinos que tienen una cultura muy arraigada y un apego muy sui géneris a su tierra. Me parece recordar que esas primeras desavenencias surgieron por una carretera que Evo quería construir a toda costa, lo que desembocó en una marcha indígena que terminó con varias víctimas.

Se dijo entonces que no lo hacía con el interés de favorecer a ninguna empresa, sino en el ánimo de impulsar las comunicaciones viales. Pero aun con la mejor de las intenciones, Evo debió tener en cuenta que su estado plurinacional es intrincado, susceptible a circunstancias que en otros países a lo mejor no levantan tantas ronchas, pero que en esos pueblos con su propio idioma, su forma de vida, sus cultos y su particular manera de vivir, sí son esenciales.

Hace cincuenta y dos años, poco antes de ser asesinado, el Ché Guevara reflexionó en esto mismo, en los obstáculos que representa la idiosincracia de un país como Bolivia, donde él mismo fracasó al intentar crear un movimiento continental. Son 36 pueblos originarios, y no todo es miel sobre hojuelas entre ellos. Si en algo tenía razón el fundador del Partido Comunista de Bolivia, un hombre odioso y resentido, que ha muerto hace poco en Rusia, era en su perspectiva de que Bolivia practica otros tipos de politización, y en los años sesenta no había condiciones ni madurez para las movilizaciones que anhelaba el Ché.

Medio siglo más tarde, hay que reconocer que Evo Morales ha hecho mucho por el bienestar de los bolivianos más pobres, y en especial de esas naciones originarias tan maltratadas durante siglos. Pero el trabajo político se quedó corto. O no caló como debió haber calado. Este mismo año, con la nueva ley de la coca, se le viraban en contra un gran número de productores —indígenas, precisamente—, y puede que eso haya sellado el bajón electoral que fue utilizado por sus contrincantes políticos.

Como se sabe, el cultivo de la coca está autorizado en Bolivia, bajo ciertos requisitos, por motivos de tradición y salud, y porque ese pueblo ha masticado hojas de coca desde que el mundo es mundo, además de que se usa en los ritos indígenas y afrobolivianos. Se supone que el gobierno controle las hectáreas que pueden sembrarse.

Por medio de la nueva ley, a Evo se le ocurrió autorizar la siembra de un montón de miles de hectáreas en una región en la que él tiene grandes simpatías, en detrimento de la región más tradicional en el cultivo, que resintió el hecho y lo interpretó como una movida política. Hay broncas monopolísticas en ese gremio.

Por si esto fuera poco, en Bolivia también se cosecha la hoja ilegalmente, y el eterno dilema de los expertos y los organismos de seguridad, consiste en averiguar cuántas hectáreas en realidad se cultivan, y cuáles son legales y cuáles no. En ese escenario, como es de esperar, intervienen las organizaciones del bajo mundo. No sé si Evo Morales, de algún modo, habrá pisado algún callo a esos elementos, especialmente si se toma en cuenta la virulencia de los ataques contra el mandatario, sus familiares y los bolivianos que lo apoyan.

Un laberinto plurinacional, en suma, por el que planea el ojo avizor de los Estados Unidos.

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