Mario González

Punto de Vista

Por Mario González
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Médico en la trinchera

Mis días comienzan temprano. Usualmente antes de las 6:00 am. La mayoría de ellos, con la rutina de siempre. Pero todo ha sido distinto por las pasadas semanas. Al igual que la mayoría de las personas, mi vida ha cambiado mucho gracias a COVID-19.

Soy médico de profesión. Lo he sido por diez años y nunca había sentido tanto miedo por mi trabajo. Todo ha cambiado. Hace días que no veo mis hijos, a mis padres o mis amigos. Hace días que no duermo, pensando en el riesgo al cual me enfrento.

Las noches han sido distintas. Por los pasados días, plagadas de insomnio y pesadillas. He soñado que estoy infectado con COVID-19, que la mascarilla, guantes y otras barreras se rompen. Me veo infectando a todos a mi alrededor, a mis hijos, mis padres y mis amigos. Abro los ojos pensando que es un sueño, un mal sueño. Pero desafortunadamente hay algo de realidad en él.

Salgo de casa como siempre, a la misma hora. Pero en vez de estar en un tapón, estoy en lucha con mis pensamientos. Las calles vacías me dan tiempo para anticipar lo que me encontraré en el hospital. Al llegar siento un ambiente cargado. Como si el virus estuviera en todos lados. Se siente un miedo y suspicacia colectiva.

Sabía que tarde o temprano iba a llegar ese día, cuando se identificara un paciente positivo a COVID-19 en mi lugar de trabajo. Todos estábamos en vela, tomando precauciones e intentando prepararnos mentalmente para ese momento. Pero la realidad es otra. No hay forma de prepararse para la ocasión, de ver con mis propios ojos, que el resultado de la prueba a un paciente fue positiva a COVID-19. De momento veo las caras de miedo y confusión. Tampoco es fácil ser testigo de la reacción de mis compañeros médicos, enfermeros y demás, quienes intervinieron con el paciente cuando llegó al hospital, resignados a cuarentena por aislamiento, temiendo estar infectados con el virus.

Ahí está, frente a mÍ, un ser humano que necesita de mi ayuda, igual que otros miles que han pasado por mis manos a través de todos estos años. Respiro profundo mientras me pongo todas las capas de protección. Me pongo una bata desechable, una mascarilla N95, luego otra de las mascarillas regulares encima, para que no se contamine mucho la N95, luego una careta de plástico transparente escudando mi cara, dos pares de guantes, un gorro para cubrir mi cabeza, y cubiertas para los zapatos. Todo tiene un orden de cómo ponerse y otro orden de cómo quitarse. Así por cada paciente de COVID-19 en cada cuarto.

Poco a poco suprimo todos mis miedos. Invoco el juramento hipocrático que me guía como médico. Con la convicción de siempre doy el máximo, así también el resto del equipo de trabajo, para ayudar a nuestro paciente.

Usualmente el fin de mi turno es uno de tranquilidad. La mayoría de los días subo a mi vehículo y continúo el día. Ya no; planifico cada movida.Temo que mi ropa esté contaminada propagando así esta amenaza invisible. Desinfecto lo mejor que puedo el guía, el asiento, la perilla de la puerta del carro. Planifico qué hacer cuando llego a mi casa. Busco la forma de reducir el riesgo a que se contamine cada esquina de mi hogar, el cual por el futuro cercano está solitario, en verdadero aislamiento.

Amo mi trabajo, eso no ha cambiado, pero el mundo a mi alrededor sí ha cambiado. Les pido que tomen las precauciones recomendadas para reducir el riesgo a que esta epidemia se salga de control. Estoy seguro de que esto es pasajero, usualmente lo es. Deseo que nuestras vidas regresen a la normalidad lo más pronto posible.


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