William Félix

Tribuna Invitada

Por William Félix
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Médico: "Me fui porque me hastié"

Hace exactamente 12 años, mi esposa y yo empacamos maletas y brincamos el charco. No nos quedaba de otra; nuestros espíritus y finanzas quebrantaron, mientras nuestras familias continuaban ofrendando la comprita semanal porque no había pa’ comer. 

¿Cómo era posible que después de tantos años de esfuerzo, mi primer día como doctor en medicina lo pasara en una línea de piquete “peseteando” un estipendio mísero? Nosotros, el corazón y motor de Centro Médico, teníamos que continuar pagando por el privilegio de salvar vidas. Se nos tildó de “estudiantes malagradecidos” siendo médicos en toda ley. Para colmo, un alcalde en plena agenda política, amenazaba con la compra de nuestro hospital y refugio, sin comprometerse con el mantenimiento de sus programas académicos. Ver cómo poco a poco embarraban injustamente tanto sacrificio catalizó mi fuga. Me fui porque me hastié. 

Nuestras vidas cambiaron para siempre después de tres horas de vuelo. Pasamos a ser minoría; había que masticar “el difícil”. El verde fue sustituido por ladrillos y hasta el olor cambió. Poco a poco, moliendo vidrio hasta el día de hoy, sobrevivimos. Admito con tristeza, fue lo mejor que nos pasó. Mi carrera profesional ha sido fructífera; tengo una familia hermosa que es eje y centro de mi vida. El cúmulo de vivencias ha sido gratificante. Entonces, ¿por qué este relato si aparentemente todo obró para bien? 

Al irme renuncié a presenciar el atardecer en el Paseo del Carmen en mi Hatillo del corazón o a ser parte de la historia diaria de mis seres queridos. Tengo que resignarme a escuchar sus voces sin ser testigo de cómo poco a poco, el tiempo llena sus rostros de arrugas. Por más que lo intenté, la distancia dio pie al paralelismo: la vida continuó sin mí. Todavía me cuesta adaptarme a la ausencia del bembé en familia los domingos en el chinchorreo. Extraño esas conversaciones donde todos gritan y nadie escucha, pero de alguna forma u otra estamos de acuerdo. Sobre todo, me duele que mis hijos nunca comprenderán a cabalidad el color de mis memorias en el terruño.   

A mis colegas que hoy toman la dolorosa decisión de dejarlo todo en busca de nuevos horizontes, les reafirmo que estarán bien. Nunca viví la desesperanza de sostener una práctica médica solo de buenas intenciones, pero sí hemos experimentado juntos la desolación a la que nuestra profesión es sometida. 

El maltrato que han sufrido por tanto tiempo ha comprometido la descripción más básica de nuestra misión: cuidar dignamente del paciente. La buena noticia es que su coraje y tristeza se transformarán en nostalgia y añoranza. Se darán cuenta que el “100 × 35” no tuvo culpa de lo que unos pocos en su egoísmo y avaricia han destruido. Comprenderán que la grandeza de nuestra puertorriqueñidad sobrepasa límites geográficos; somos una nación. Tendrán que vivir con un pequeño boquete en el pecho que se hace más grande durante el cumpleaños de los hijos y en días festivos. 

¡No son cobardes! Al contrario, tienen pellejo duro y alma noble; fueron más bravos que yo. Su ausencia será sufrida; sin embargo, sus esfuerzos se transformarán. Harán patria desde la distancia, se los garantizo. Porque en realidad nunca se fueron, solo cambiaron de código postal.

Pregunta del editor: ¿También has tenido que emigrar? Cuéntanos tu experiencia en la sección de comentarios.

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