Luis Alberto Ferré Rangel

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Por Luis Alberto Ferré Rangel
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Mensajeros de paz

El 17% de los estudiantes de noveno a duodécimo grado en Puerto Rico ha sido acosado en la escuela. Las que más sufrieron esta violencia fueron las niñas. El 13% ha sido víctima de acoso electrónico. En este renglón, también las niñas fueron las más atacadas.

En una tendencia ascendente, casi la mitad de las estudiantes ha sentido tristeza y desesperanza. También son más los estudiantes que han considerado seriamente suicidarse. El mayor porcentaje de intentos de suicidio se reportó entre estudiantes de noveno grado. Hay más datos, provistos en días recientes por el Instituto de Estadísticas, que retratan el Perfil de la salud y la seguridad de los estudiantes entre 2015 y 2017. El informe describe acoso como un comportamiento agresivo que involucra un desequilibrio de poder, real o percibido. Define acoso escolar como un tipo de agresión mediante el cual estudiantes son expuestos por compañeros a sucesos de violencia, de manera repetitiva y constante a lo largo del tiempo. El acoso electrónico repite el patrón de intimidar para imponerse sobre el otro.

Detrás de cada niño acosado, hay uno o varios acosadores, niños también, que de alguna forma aprendieron a canalizar con violencia el miedo, dolor o coraje. Aprenden y replican lo que ven y escuchan - violencia y desigualdad - más allá de la escuela.

A fines de 2019, cuando arrecia la contienda electoral, es más evidente la toxicidad a la que están sometidos niños y jóvenes. La desigualdad impregna el discurso. La violencia se asume como normal. La diferencia se entiende como causa para descartar. El sentido de pertenencia a un grupo envalentona la inclinación abusiva.

El origen de estos días festivos puede servirnos para reflexionar qué dinámicas queremos perpetuar o cuáles transformamos desde nuestras acciones cotidianas. En diez días entramos a la tercera década del milenio con una disyuntiva crucial: elegimos abrazar con respeto nuestras diferencias, como el mejor nutriente para una sociedad de paz y justicia, o seguir en la espiral divisionista.

¿Avanzamos o retrocedemos?

Nos esperan grandes retos. La polarización social en Estados Unidos escala. Los disturbios sociales cobran fuerza alrededor del mundo. Se asume que unos son o merecen más y otros menos: por el color de piel, por género, por qué labor se ejerce, dónde nació, cuánto tiene o en qué cree. Esa percepción es, en sí misma, violencia: discrimina, controla, oprime, deshumaniza y destruye.

Pero tenemos en nuestra esencia humana un antídoto. Asoma en la sonrisa de un desconocido, cuando alguien saluda o cede el paso. Aflora en la celebración y en la tragedia. Reímos, nos condolemos, ayudamos, nos solidarizamos. En la oficina médica o en alguna fila, de pronto brota una conversación espontánea. Nos contamos las dolencias, hablamos de los hijos y de los cambios de épocas. Note que en esas instancias se siente como un soplo de bienestar.Breve, leve. Preste atención un momento y escuchará como un susurro de unidad... Por un instante, nos reconocemos iguales, seres que queremos y soñamos.

Qué tal si de forma consciente, intencionada, llevamos esa práctica a nuevos niveles. Si cada día procuramos interesarnos por alguien que piense o viva distinto. Permítase y permítale a nuestros niños y jóvenes reconocer que esa persona siente y padece lo mismo que usted. Y que tiene igual dignidad y derechos, a vivir, a ser libre y feliz. Ganemos valor para reconocer el valor del otro, antes que temerle por desconocer o porque nos aislamos en tribalismos.

Nuestras opciones individuales pueden evitar en el 2020 más división, hiriente e insostenible. Pueden ayudar a construir una sociedad rica y vibrante, nutrida por las diferencias que hacen valiosa a cada persona.

Estos días, precisamente, nos ofrecen dirección para ser mensajeros de la paz.

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