Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Metafísica del paraguas

Desde que aquella mujer usó un paraguas para golpear a su madre, no he vuelto a utilizar uno. Llevo tres semanas buscando otros refugios de la lluvia: un alero, la capucha de un abrigo, una toalla, la estola roja de mi esposa, una caja de zapatos, y hasta un periódico.

Decliné, incluso, la invitación que me hizo un desconocido para compartir la sequía de una llovizna momentánea. Era un señor de complexión gruesa parecido al padre Brown, ese personaje célebre de Chesterton, que caminaba por las calles de Londres, resolvía crímenes, y siempre llevaba un enorme paraguas. El método del padre Brown era de una teología pasmosa: se asumía como autor del crimen. Solo pensando como asesino descubría quién era el asesino. En medio de la llovizna, las palabras de aquella mujer me pasaron por la cabeza; periódicos y noticieros aún repetían la noticia: “Que me perdonen, pero yo no quería hacer esto. Estaba desesperada, llamaba a mamá, pero no veía salida. Yo no soy una persona mala, cuidé a mamá por nueve años. No dejen a los cuidadores solos, porque cualquiera puede estallar”.

La primera semana después del homicidio busqué escenas y versos con paraguas. Ramón Gómez de La Serna fue el primero que me acribilló: “Abrir un paraguas es como disparar contra la lluvia”. Manuel Gutiérrez Nájera me arrojó con “un paraguas chorreando a Dios dar” y Pablo Neruda cerró con un imperativo a la tristeza: “vuelve al sur con tu paraguas”. Pero fue Palés Matos el que me dejó sin aliento cuando dijo: “la ceiba es una madre, que sube el río largo / expande su paraguas enorme, y sin embargo, / la ceiba tiene el tronco pletórico de espinas”.

Imaginé a la madre de aquella mujer en la cama, desesperada. Los periódicos informaron que la señora, de 89 años, paciente de Alzheimer, comenzó a gritar mientras le cambiaban el pañal, y que eso fue el detonante. En su “Ensayo sobre el paraguas”, Gabriel García Márquez dijo que el paraguas es una bomba de tiempo. En sus “Diarios” Kierkegaard evocó un paraguas que no lo abandonó nunca, salvo una vez que lo traicionó. Algo parecido sucedió en el principio de “América” esa novela de Kafka: el protagonista olvida su paraguas en el barco que lo trajo a América. Llegar a América es olvidar un paraguas.

La segunda semana después del homicidio pensé en las mujeres pintadas con sombrillas: no faltaron Manet ni Renoir. El cine tampoco podría vivir sin sus paraguas: en los musicales “Cantando bajo la lluvia” y “Mary Poppins” los personajes se salvan de la misantropía gracias a sus paraguas. ¿Cuántas veces debió rogar aquella mujer que apareciera del cielo una Mary Poppins? El viento debería arrancar todos aquellos paraguas -sombrillas- que tapan el cielo de la calle Fortaleza. Recordé todas las armas que usaba el Pingüino, ese archienemigo de Batman que alguna vez quiso ser político. Entre tanto corrupto suelto, esa semana supe que, a aquella mujer de 54 años, la arrestaron y le impusieron $1.1 millones de fianza que no pudo prestar. Dos o tres abogados estrellas amenazaron con defenderla. Pero no se les ha visto la ceda por ningún tribunal. Por eso Robert Louis Stevenson decía, en su “Filosofía del paraguas”, que los caballeros de alta alcurnia se vuelven cobardes frente a un paraguas: lo pensarían mil veces antes de iniciar una batalla con “un paraguas de seda que cuesta veintiséis chelines”.

La tercera semana después del homicidio comencé a olvidar, como todos, a la mujer y a su madre. Apenas solo me quedó repasar en la memoria la escena con paraguas de “El coronel no tiene quien le escriba”. El viejo coronel busca un paraguas en el baúl que le recuerda a su hijo muerto. Cuando lo encuentra, lo abre, pero solo queda un misterioso sistema de varillas metálicas que solo sirve para mirar estrellas. Casi un mes después del homicidio, el destino quiso que me topara con el poema “Mujer con lluvia” de José Luis Vega. Sin querer, -y sin justificar nunca el homicidio- le puse el rostro de aquella mujer a ciertos versos: “Amparada en la flor de la sombrilla / cruza: / es lo único vivo / en la muerte interina de la lluvia”.

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