Julio Fontanet

Tribuna Invitada

Por Julio Fontanet
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Me too

En días recientes me enteré del suicidio de la esposa de un amigo. Ella no pudo tolerar la impunidad del abuso sexual del cual fue víctima cuando era adolescente.

Mientras él me narraba lo acontecido, pensé inmediatamente en uno de los pocos sucesos aleccionadores que acontecieron en las postrimerías de 2017: el reconocimiento de la revista Time al movimiento The Silence Breakers.

En la portada de la revista incluyeron las imágenes de cinco mujeres que, de una forma u otra, tuvieron una participación destacada en ese movimiento y en combatir la impunidad que actualmente disfrutan, en la mayoría de los casos, los hostigadores y agresores sexuales. Son ellas Susan Fowler, Isabel Pascual (que es un seudónimo para proteger su identidad ya que es inmigrante), Adama Iwu, Ashley Judd y Taylor Swift.

Resulta interesante el perfil tan diverso de las cinco: una actriz, una inmigrante y trabajadora de la agricultura, una bloguera e ingeniera, una cabildera corporativa y una cantante. Ello es prueba más que elocuente de que el hostigamiento sexual no discrimina por clases sociales, profesión, raza o estilos de vida. Llama la atención la imagen de un hombro y brazo en la parte inferior derecha de la portada. Pertenecen a la joven mujer -querellante anónima- que trabaja en un hospital en Texas y que temía las consecuencias que ella y su familia podían sufrir de haber aparecido identificada en la portada, lo que nos recuerda el camino azaroso y peligroso que sufren las querellantes que se atreven a denunciar a sus agresores y hostigadores.

De la lectura del artículo surgen otras historias ejemplarizantes de sobrevivientes de acoso y abuso sexual, como la de Tarana Burke, creadora hace más de una década del movimiento Me Too, y que en 2017 tomó auge gracias a las redes sociales. Con el reconocimiento recibido, evidentemente tendrá efectos en todo el planeta.

Fue precisamente la frase “Me too” la seleccionada por la actriz Alyssa Milano para que, en octubre pasado, las mujeres abusadas u hostigadas salieran en público con un pequeño emblema con dicha frase y se difundiera en las redes sociales. Como un primer paso, este gesto perseguía iniciar una campaña para romper el silencio y combatir ese tipo de conducta En menos de cuarenta y ocho horas, más de un millón de personas participó de la campaña.

Mientras estas iniciativas se fortalecen, se escuchan voces como la de Trump (quien ha sido señalado por decenas de mujeres por actos de hostigamiento sexual) menospreciándolas desde la silla presidencial, particularmente al defender a un candidato al senado que había sido también señalado como hostigador.

No obstante, hemos visto cómo entidades privadas han tomado estas denuncias muy en serio y, a su vez, han desarrollado medidas contra los hostigadores que, en muchos casos, eran considerados como personas intocables.

En Puerto Rico, el escenario no es muy distinto. Todos sabemos historias harto conocidas de hombres entronizados en las estructuras de todas las ramas de gobierno, tanto estatal como federal, y, evidentemente, en la empresa privada. Como mencionamos anteriormente, el hostigamiento y el abuso sexual no discriminan. Es menester revisar todo nuestro ordenamiento jurídico para asegurarnos de que provea las herramientas necesarias para combatir estas conductas de manera eficiente; que las personas que ostentan algún poder sepan que no son inmunes a ser procesadas y a tener que asumir la responsabilidad por este tipo de acciones. Todo comienza con el acto valiente de hacer la denuncia y ahí radica la importancia del movimiento Me Too.

La esposa de mi amigo había dado ese primer paso al enfrentarse a sus victimarios. No sé si ello fue motivado por esta campaña. Lamentablemente, encontró muchos obstáculos para lograr que asumieran legalmente su responsabilidad, particularmente por el largo tiempo transcurrido, lo que la frustró, deprimió y llevó a quitarse la vida.

Ojalá sea la última mujer que perdamos por razones como ésta.

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