Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
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“#Me Too” y los chicos malos

Encuentras una nota tirada en el piso. La recoges. Son unos cuantos versos escritos por alguien que prefirió omitir su nombre. Así que son versos anónimos. Los lees. Para decir si esos versos te gustan o no te gustan, no necesitas saber si quien los escribió es un hombre o una mujer. Si es católico, protestante o ateo. Si es ingeniero, policía o albañil. Si es puertorriqueño, dominicano o cubano. Si es blanco o negro. Si es alto o bajito. Si es gordo o flaco. Si es lindo o feo. Si es soltero, casado, viudo o divorciado. Si es violento o pacífico. Si es mezquino o noble. Si le gusta el rock, la salsa o el reguetón. Si es penepé, independentista o popular.

Los versos te gustan o no te gustan, eso es todo. Para emitir un juicio sobre los mismos, no tienes que saber quién los escribió. De otra parte, podrías conocer obra y milagros del autor, y ese detalle en nada altera el valor intrínseco del poema.

Estamos acostumbrados a calibrar el valor de una obra de arte de acuerdo a quien la haya creado. Incurrimos en un error. Un poema, una pintura, una escultura, una canción valen por lo que son. Por su capacidad para seducir y conmover al público, mediante el poder de la belleza. Todo lo demás sobra. Incluso el autor.

Asimismo, el artista vale por su talento, y por las destrezas que demuestre tener en el desempeño de su labor. No necesitamos considerar requisitos adicionales para juzgar su trabajo. Lo único que nos debe importar de un cantante es que sepa cantar, de un bailarín es que sepa bailar, de un actor es que sepa actuar, de un pintor es que sepa pintar, de un escritor es que sepa escribir.

Contrario a otras profesiones u oficios, exigimos al artista que, además de cumplir lo que le corresponde hacer, sea un santo, un dechado de virtudes. Por eso nos inmiscuimos en su vida privada. No le perdonamos los defectos ni sus errores. Gozamos cuando protagoniza escándalos, y nos cebamos el morbo con sus tragedias personales, que podrían incluir la de una muerte violenta. Existe una industria televisiva y periodística de corte sensacionalista, que se nutre y se lucra de todas estas miserias. Y ni hablar de las redes sociales en sus múltiples modalidades.

No nos cuesta nada admitir que los artistas casi siempre se han “portado mal”. Edgar Allan Poe, Ismael Rivera, Elizabeth Taylor, Charlie Chaplin, Hemingway, Billie Holiday, Borges, Daniel Santos, Amy Winehouse, Shakespeare, Quevedo, Virginia Wolfe, Peter O’ Toole, Héctor Lavoe, Janis Joplin, Miles Davis, Marlon Brando, Sylvia Rexach, Ray Charles, Oscar Wilde, Marilyn Monroe, Gilberto Monroig, Charlie Parker, Judy Garland, Mozart, Baudelaire, y tantos otros, no eran angelitos. Fueron seres humanos de carne y hueso llenos de contradicciones, como todos nosotros. Los honramos porque cada cual, a su modo, alcanzó la excelencia a través del arte que cultivó. Eso nos hace olvidar sus defectos.

“#Me Too” es un movimiento iniciado de forma viral como “hashtag” en las redes sociales (octubre de 2017), para denunciar la agresión sexual y el acoso sexual, a raíz de las acusaciones de abuso sexual contra el productor de cine y ejecutivo estadounidense Harvey Weinstein. A partir de entonces, la lista de artistas que, supuestamente, han incurrido en ese tipo de conducta, es extensa. La encabezan el actor Kevin Spacey, el presentador Charlie Rose, el comediante C.K. Lewis y por ahí sigan ustedes contando. Los cargos que enfrentan estos famosos son muy graves, pues van desde actos de acoso sexual hasta el de violación.

El célebre Bill Cosby ya enfrentaba acusaciones de este tipo antes de surgir

“#Me Too”. De otra parte, los viejos casos de escándalo sexual que involucran a los cineastas Roman Polanski y Woody Allen, han resucitado como resultado de la conmoción provocada por “#Me Too”. A Polanski se le acusa de haber violado a una menor de trece años, mientras que Dylan Farrow asegura que su padrastro Allen la agredió sexualmente.

Todos estamos de acuerdo en afirmar que el abusa¬dor sexual debe pagar por lo que ha hecho. Sin embargo, lo que a mí me preocupa son los excesos. De un extremo se podría saltar al otro. Comen¬zaste siendo la víctima y terminaste siendo el victimario.

Debemos cuidarnos del fanatismo histérico que desemboca en la cacería de brujas. De fomentar una especie de macartismo que crea listas negras de actores, directores y productores, ante la mínima sospecha. Si patrocinamos el horror de la censura, del “politically correct”, se corre el riesgo de que esta buena causa pierda credibilidad.

Para el cineasta austriaco Michael Haneke, dos veces ganador de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, “la furia irreflexiva de ‘#Me Too’ destruye las vidas de las personas acusadas, incluso cuando no se presenta ninguna prueba en su contra”. Haneke abunda al respecto cuando alega que “estos artistas son asesinados por los medios, y sus vidas y sus carreras se arruinan”. El director de Amor y La cinta blanca concluye diciendo que “los actores sospechosos son descartados para participar en películas y en series televisivas, porque las compañías productoras temen perder el respaldo de los espectadores y de los auspiciadores comerciales”.

Aunque nos cueste trabajo, debemos esforzarnos por juzgar al artista por su aportación estética. Ya hemos estipulado que, si como persona incurre en algún delito, en alguna falta, la justicia se encargará de juzgarlo. No obstante, su obra debe quedar exenta de castigo, de cualquier tipo de sanción. Aunque no nos guste, es lo justo, es lo sensato, es lo correcto. De lo contrario, estaríamos adoptando la dureza arrogante de los puritanos hipócritas, que se creen más Dios que Dios.

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