Mirelsa Modestti González

Tribuna Invitada

Por Mirelsa Modestti González
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Mi amiga Edda

Ayer la despedimos. Se fue como vivió sus últimos años; sin llamar la atención y sin hacer ruido. Era de esas que tú votas en la graduación, como una de las que va a llegar más lejos en la vida. Pero no sucedió.

Mi primer encuentro con ella fue el primer día de kínder. Había, en el salón, una casita de madera de cuatro pisos con mueblecitos a escala y muñequitos en cada piso. Para que no llorara, mi mamá me dijo que esa casita la habían puesto allí para mí y me mandó a jugar con ella. Cuando llegué, Edda estaba jugando y no le pareció buena idea que viniera a jugar yo también. La empujé un poco y le dije que esa casita era mía y recibí por respuesta un olímpico “Tuyía... Esta casita es mía”, acompañado de otro empujón. Miré hacia atrás, buscando apoyo de mi mamá, pero descubrí que ya no estaba. Tenía que defenderme solita. Y así, ese primer encuentro nos llevó a unas sillitas, en sendas esquinas del salón, desde donde ambas nos mirábamos llorar, cual de las dos caras más rojas.

Fuimos inseparables durante toda la escuela elemental. Su mamá, quien vivía solita con ella y hacía el mejor arroz con pollo del mundo, me adoptó como una segunda hija. En séptimo grado, me fui a Nueva York con mi familia y regresé en octavo. Cuando llegué, Edda tenía otras amigas y yo “hice grupito” con otras chicas, pero el lazo que nos unía desde la niñez era muy fuerte y siempre sacábamos tiempo para contarnos cosas y reírnos de lo que ríen los adolescentes.

Ella rompía todos los esquemas. No era de mucho estudiar (prefería la playa, la piscina y janguear con los nenes de Villamar, a quienes se les iban los ojos tras aquella cinturita diminuta). Pero cuando la maestra pasaba entre las filas, repartiendo los exámenes corregidos, la nota de Edda siempre era de las más altas. Tenía habilidad para los deportes y una carcajada burloncita y contagiosa que la metió en problemas más de una vez.

Después de la graduación, tomamos caminos diferentes. Sin embargo, el día del entierro de mi papá, al bajarme del carro en el cementerio, la primera cara que vi fue la de Edda. Habíamos perdido contacto, pero en el momento más difícil de mi vida, allí estaba ella. Otro día, me la encontré en Miramar. Almorzamos. Me contó que no le había ido bien, que se había divorciado y que estuvo varios meses ciega de un ojo y sin poder caminar. Le habían diagnosticado esclerosis múltiple. Como es característico de la condición, tuvo mejorías y recobró, temporeramente, su vida. Pero un día, comenzaron nuevamente los tropiezos, los dolores y la inmovilidad le fue ganando, poco a poco, la batalla. Los últimos cinco años, los pasó encamada en un hogar en Hato Rey.

Margamary, una de nuestras queridas amigas, nos puso al tanto de la situación. Fuimos a verla sin saber qué íbamos a encontrar. Estaba malita. Ya no le era posible pararse; ni siquiera sentarse sin ayuda. Su único entretenimiento era un televisor cerca de la cama, que miraba aratos muy cortos y sin mucho interés. Y, así, a la que votábamos por la que más lejos llegaría, le pasó la vida por el lado.

Tuvo ángeles en el camino, empezando por sus dos cuidadoras en el hogar. Pocas veces he visto cuidado con tanto esmero y amor. Y es que Edda se lo había ganado. No había ni pizca de amargura o resentimiento en aquel ser a quien la vida le había dado la espalda. Todo lo contrario. Cuando llegábamos, era todo sonrisas y alegría. Le recordábamos anécdotas de nuestra niñez y adolescencia y reía como una niña traviesa, reviviendo cada momento. Si doscientas galletas le llevábamos, doscientas galletas se comía. Y, sin embargo, a pesar de la inmovilidad y las galletas, conservó siempre la cinturita. “No dejen de venir - nos decían las cuidadoras - ustedes le traen vida...”

Pero la vida es caprichosa y después del huracán, la mayor parte de nosotras sucumbió a la lucha diaria de largos meses sin luz y días de trabajo que comenzaban temprano en la mañana y terminaban tarde en la noche. Hicimos planes y reuniones para ver cómo podíamos hacernos cargo de su futuro, pero las visitas mermaron. Solo Margamary logró mantenerse, día tras día, al pie del cañón.

El sábado pasado estaba en una boda en Cidra y tenía el celular apagado. Cuando lo encendí, había una cantidad inusual de mensajes en el chat que teníamos para las cosas de Edda. Se me enfrió el alma. La habían llevado al hospital. No hablaba y se veía en mal estado. La admitieron con diagnóstico de fallo renal y en un par de horas, se había ido. Sentí una mezcla de tristeza profunda y alivio. No era vida lo que nuestra amiga estaba viviendo.

Ayer la despedimos. Su hijo Gabriel estaba acompañado de un puñado de amigos. Al terminar la misa, me acerqué a ellos y, señalando a mis compañeras de clase, les dije: “¿Ustedes ven aquel grupito de viejas allí?... Son mis amigas. Y aunque la vida a veces nos separa un poco, el lazo no se rompe. Cada vez que nos vemos, es como si no hubiera pasado un solo día. Así es que, abróchense los cinturones, que la amistad verdadera es para toda la vida”.

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sábado, 7 de julio de 2018

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