Alex Figueroa Cancel

Punto de vista

Por Alex Figueroa Cancel
💬 0

Mi corazón se detuvo el 6 de enero

Un frío entraba por la punta de los dedos de manos y pies. 

Hablaba con el director de la Red Sísmica de Puerto Rico, Víctor Huérfano, en la mañana del pasado 6 de enero, cuando sentí que los latidos se detuvieron por un instante.

En su característico tono de voz pausado, Huérfano me acababa de decir por el teléfono unas palabras que jamás imaginé que escucharía: “Hay que pedirle a la gente calma, que se dejen las rutas para las autoridades que necesiten responder y no las congestionen”.

Momentos antes me encontraba solo en la redacción del periódico cuando a las 6:32 de la mañana se estremeció la oficina.

Se oyó como el ruido de un tren y los monitores de las computadoras comenzaron a agitarse por varios segundos.

De inmediato pensé que se trataba de un temblor como el que hubo la noche del 24 de diciembre de 2010, que sucedió en el momento en que tenía en brazos a mi hijo de dos años observando cómo se estremecía el árbol de Navidad, con todos sus adornos, en la casa de mi suegra.

Busqué las aplicaciones y empezaron a ubicar la magnitud aproximadamente en los 5.79 grados, así que empecé a redactar, en momentos en que colegas comenzaban a comunicarse y las redes sociales a registrar que se había sentido en toda la Isla.

Entonces, cursé la llamada usual a Huérfano, pensando que sería la conversación sostenida después de otros temblores ocasionales del pasado.

Sin embargo, esta vez no se detuvo en el detalle técnico de la magnitud, para proceder al llamado público, lo que me dejó frío, y añadió:

“Tuvimos un evento de magnitud preliminar de 5.79. Tenemos una activación de la zona. Fueron como 10 eventos corridos uno detrás del otro. Puede que tengamos una intensidad de 6, pero obviamente hay que esperar a que más información fluya”.

Al terminar la llamada, ya había llegado el colega José Orlando Delgado. Todavía un poco “pasma'o”, le comenté sobre las palabras de Huérfano. Mi recuerdo es que él abrió los ojos tanto que casi le cubrían todo el rostro y me dijo: 

“¡Hay que destacar eso!”

Sin duda, todo acababa de cambiar en apenas unos segundos esa mañana. Durante varias generaciones en Puerto Rico no se había visto a una estructura desplomarse por un sismo. En poco tiempo comenzaron a llegar los primeros informes de una casa colapsada en Guayanilla y de un derrumbe en ese municipio y otro en Yauco, así como apagones en varios municipios.

No supe rápido sobre la situación en Guánica, pero mientras recogía mis cosas del escritorio para partir hacia el sur, no dejaba de pensar en ese pueblo, al que había visitado tres días antes, el viernes 3 de enero.

Aquel viernes se pudo documentar las preocupaciones de los guaniqueños por los constantes sismos que sentían desde el 28 de diciembre y que no habían recibido tanta atención por el resto del país.

Para aquel momento ya había un estado emocional de granagobio y un alcalde preocupado.

La misma alcaldía ya tenía daños, mientras que algunas casas tenían grietas, como la de don Félix Irizarry, un sobreviviente de cáncer, quien para el 3 de enero ya lloraba por el temor a dormir dentro de su propia casa.

La mayoría de los daños menores estaban en el barrio Montalva, donde la escuela José Rodríguez Soto presentaba algunas grietas, mientras que varios plafones y ductos de acondicionadores de aire cayeron al suelo, al igual que algunas vigas de acero, según se nos informó, porque no nos permitieron entrar.

Sí entramos ese viernes 3 de enero a la escuela Agripina Seda... la misma que colapsó días después, con el terremoto del 7 de enero.

Junto con el fotoperiodista Joe Rubens, recorrimos los pasillos de la primera y segunda planta de la escuela, documentando la inspección que realizaba el ingeniero Igor Vargas, enviado por el Departamento de Educación, junto con Carlos Reyes Rivera, director de la Zona de Ponce del Negociado de Manejo de Emergencias, y Magaly Corales, subdirectora de Manejo de Emergencias de Guánica.

Señalaron algunas grietas en el techo del pasillo del segundo piso, lo que sería el piso del tercer nivel. La guardia de seguridad le explicaba que no había sacado las “piedritas” que estaban en el piso de ese pasillo para que pudieran observarlas cuando fueran a visitarlos.

También entramos al comedor, donde la única señal de daños era un florero de cristal que se había caído de un tablilla sobre el adorno de un nacimiento.

Se eriza la piel solo de recordar que caminamos por toda el área que unos días después quedó completamente aplastada.

De lo que no me enteré ese viernes que caminé por la escuela es que la crisis de desplazados por los sismos había comenzado antes.

Lo supe el día del temblor de Reyes, cuando regresé a Guánica para encontrarme con las primeras casas que habían colapsado, en la barriada Esperanza. Al menos seis residencias construidas sobre “zancos” se habían desplomado con el temblor de 5.9. 

Llamó la atención que nadie había resultado herido, pero eso se debió a que solamente en una de ellas había alguien adentro - don Silvestre Alicea - porque los vecinos ya habían abandonado varias de las estructuras por notar que se estaban afectando por los constantes temblores y ya estaban refugiados en casas de familiares.

Pero esa situación no había trascendido al resto del país. Así que cuando entré por esa calle Luisito Quiñones en la mañana del 6 de enero, comienzo a ver a muchos residentes de la barriada sacando pertenencias de sus casas.

Uno de ellos, Alejandro Santiago, llevaba una bolsa negra con regalos del Día de Reyes, todavía envueltos.

Esa imagen, que quizás hemos visto en vídeos de desastres en otros países o quizás en películas, de personas abandonando sus viviendas atemorizados por algo mayor, era difícil de digerir.

Luego oí de 20 personas enun refugio... una palabra que solamente asociaba a ráfagas, lluvia e inundaciones. Pero allí estaban, frente - no adentro - del coliseo Mariano “Tito” Rodríguez. Eran los primeros refugiados por un sismo en Puerto Rico en más de una centuria.

Fue un pequeño adelanto de lo que vimos a partir de la mañana siguiente, con el terremoto del 7 de enero, cuando miles salieron a buscar un lugar para dormir por miedo a su propio techo y desconfianza al suelo que pisan, mientras sienten una especie de amenaza latente esperando a salir.

El más básico sentido de seguridad ha desaparecido para muchos, especialmente para los vecinos del sur y suroeste. Quizás no lo recuperen.

Pero, al menos colectivamente, la cadena de sucesos no debe quedar en el olvido, de manera que – así sea por el trauma – se tomen las medidas a largo plazo para evitar que nos vuelva a tomar por sorpresa, pues lamentablemente las disputas habituales entre el liderato del país regresaron casi tan rápido como se cayeron las casas en la barriada Esperanza.

Otras columnas de Alex Figueroa Cancel

💬Ver 0 comentarios