Marcia Rivera

Tribuna Invitada

Por Marcia Rivera
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Miles de familias sin techo y tantas casas vacías

La sabiduría popular ha expresado que las crisis son oportunidades para el cambio. Pero el capitalismo neoliberal ha llevado esta conjura un paso más allá: la verdadera oportunidad de hacer grandes negocios, dicen, está en las debacles que se generan tras un gran desastre. Naomi Klein lo analiza bien. Sucedió en New Orleans, Sri Lanka, Irak, y Grecia; hoy vemos la amenaza sobre Puerto Rico. No pasa un día sin que nos sacuda una noticia de cómo algunos políticos, empresarios e intermediarios buscan negociar con la tragedia humana y privilegian la especulación sobre la razonabilidad y la empatía.

Viene al caso la paradoja de la vivienda. ¡Tantas viviendas vacías y tanta gente necesitando donde vivir! Desgarra el alma seguir viendo los techos azules y tantas estructuras destrozadas o abandonadas y, a la vez, constatar que los especuladores financieros merodean las zonas con mejores vistas, comprando propiedades a precios ridículos para venderlas cuando el mercado repunte. En el ínterin estas se convierten en estorbos públicos, puntos de drogas, centros infecciosos o basureros. Difícil encaminar la refundación que necesitamos sin resolver esa contradicción.

Hace tiempo Puerto Rico viene enfrentando dificultades para asegurar que todas las personas puedan contar con un techo seguro, considerado un derecho humano universal. Tenemos una crisis de vivienda, pero también un serio problema de acceso a la propiedad, con múltiples implicaciones. En su desarticulado y volátil crecimiento económico, la isla permitió que se concentrara cada vez más la riqueza y los ingresos, despojando a muchas familias trabajadoras y desempleadas de la posibilidad de acceder a lo que fue su sueño primario, tener “la casita propia, la que tanto te prometí”.

El huracán María destruyó o dañó cerca de un cuarto de millón de viviendas. Muchos de los que perdieron sus casas habitaban áreas vulnerables y no poseían títulos de propiedad. Sin ellos, no hay ayuda federal. El estancamiento económico de la última década llevó al incremento de la morosidad, la ejecución de hipotecas y los desahucios; decenas de miles de familias han perdido su vivienda por no poder pagarla.

¿Qué podemos hacer frente a esta grave situación? Estamos en riesgo de que empresas contratadas con dinero federal comiencen a construir viviendas a lo loco, repitiendo el modelo de segregación y exclusión que tantos problemas ha generado.

Nuestros arquitectos, planificadores, abogados lúcidos, analistas de políticas deben sentarse juntos a pensar y diseñar una estrategia alternativa, coherente y sinérgica. Una hoja de ruta que se aboque a enfrentar tres desafíos: i) atajar el déficit de viviendas que hay, sobre todo para el sector de menores ingresos, ii) atender las nuevas necesidades habitacionales generadas por los dramáticos cambios demográficos que hemos tenido; y iii) crear soluciones innovadoras y costo efectivas,incorporando nuevas formas de producción, ingenieríade materiales y participación de la propia gente. Tenemos que asegurar que todas las soluciones busquen la integración social y territorial de la vivienda, para poner fin a la estigmatización generalizada que surgió de la política segregacionista que hemos tenido.

Además de crear viviendas, la estrategia debe asegurar la gestión inteligente y sustentable de los servicios necesarios. También debe ofrecer diversidad de formas de financiamiento y buscar que sean “construcciones verdes”. Podemos ahorrar 40% de agua al reutilizar la lluvia y entre 30 y 50% de energía al usar placas solares. Muchas ciudades están incorporando rápidamente fachadas y techos verdes; Bogotá es un buen ejemplo. El estado provee incentivos a estas construcciones verdes porque capturan gases contaminantes, bajan la temperatura de la ciudad y mejoran la salud de la población. Lo que no podemos permitir es que se vuelva a hacer lo mismo.

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