Mari Mari Narvaéz

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Por Mari Mari Narvaéz
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Miles de O’Neill

“Las mujeres, o son feministas o son masoquistas”, dice Gloria Steinem. Este año, han sido las feministas quienes han transformado un aspecto casi atávico de las vidas de las mujeres, al menos en Estados Unidos y Puerto Rico.

Allá ha sido el #MeToo, una campaña en la que millones de mujeres reconocían que ellas también han sido víctimas de agresiones sexuales.

Acá, hace unos días encontraron causa por fin contra Héctor O’Neill, exalcalde de Guaynabo, incluyendo una acusación por agresión sexual. No tengo la menor duda de que, si no hubiese sido por la intensa y creativa campaña de grupos feministas, jamás le hubiesen radicado los cargos. Fueron estos grupos los que, con la furia de miles de mujeres, se lanzaron a exigir que este señor rindiera cuentas por agresiones sexuales que han sido toleradas históricamente. Hasta ahora.

Una de las personas que más ha estudiado a los violadores es Rita Segato, de la Univiversidad de Brasilia. Ella sostiene que las agresiones sexuales no están motivadas por un impulso sexual patológico. Son actos cuyo vehículo expresivo es sexual aunque no así su motivación. Los violadores actúan para “poner en su lugar” a una mujer que simboliza a todas las que han querido salirse de la raya, de su espacio social breve y apiñado, de los roles pequeños y pasivos que le ha adjudicado la sociedad patriarcal. O sea, que la violación no tiene que ver con deseo sexual sino con opresión, violencia y una estructura social sin voluntad política para la transformación.

Agresiones como las de O’Neill no solo afectan nuestra dignidad, salud emocional y sexual. Afectan nuestra capacidad de ejercer puestos de liderato y, por tanto, nuestra condición socio-económica y la de nuestras familias.

O’Neill merece un castigo. Pero hay miles como él y están en todas partes. Ojalá esta victoria nos imprima el valor para seguir denunciando a esos individuos de buenísima reputación que se han pasado la vida violando, agrediendo y hostigando a cuanta mujer encuentran en su camino. Pero no solo la denuncia nos hará libres. Un país demuestra voluntad para el progreso con políticas públicas coherentes y bien ejecutadas. Falta bastante camino para detener a los miles de O’Neill que siguen protegidos.

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