Luis Alberto Ferré Rangel

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Por Luis Alberto Ferré Rangel
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Mi patria extendida

Estoy en una terminal del aeropuerto Luis Muñoz Marín, en pocos minutos salgo para Orlando. Hay mucha gente. Dos vuelos, dos líneas aéreas distintas, parten para esa ciudad. Mucha gente.

De repente, suena un trompetazo, panderos y güiro. “¡Voy subiendooooo, voy bajandoooo!”, y los empleados en dos filas comienzan a recibir a los que se bajan del avión. Y en el desfile de desembarque los hay bailando, los hay riendo, uno que otro llorando, pero en general, la “gozadera” total.

De repente el “gate” está repleto de gente filmando todo aquello y por un momento, estamos todos recibiendo nuestra familia, solo que nadie se conoce entre sí…

Si eso no era “circular migration”, yo no sé lo que era. Pero lo cierto es que en pocos minutos la bulla terminó y los que nos íbamos, nos fuimos…

Por decenas de años, al asentamiento de las comunidades puertorriqueñas a lo largo de la costa este y en el centro oeste de Estados Unidos se le ha llamado la “diáspora”. Pero recientemente llegó a mis oídos el vocablo “patria extendida”.

Cuando escuché esa frase por primera vez cambió por completo mi mirada hacia “ellos”. De repente no eran ellos. De repente soy yo. De repente, somos. De repente somos patria extendida.

Diáspora en griego significa dispersión y se usa históricamente para describir el exilio del pueblo judío fuera de la tierra de Israel y tiene una connotación escatológica y profundamente religiosa para mí.

Tanto así, que siempre asocié el término solamente a la experiencia trascendental del pueblo judío y su tierra. Siempre tuve dificultad asimilando ese término para nuestra experiencia.

Además, el término lo asocio con expulsión, no con regreso, como ha sido el caso de tantos puertorriqueños que van y vienen. Y para colmo, lo asocio a una otredad, o sea, a que ellos son ellos y no nosotros. De hecho, usar el término diáspora me daba la sensación de que les cerrábamos la puerta a ellos y los encerrábamos en una especie de burbuja en Cleveland, Worcester o New Haven…

Y cuando regresaban –o regresamos– de la “diáspora” a vivir aquí por un tiempo antes de quizás volver de nuevo, ¿éramos diáspora o no? ¿éramos puertorriqueños o no? Porque como la diáspora evoca expulsión, entonces soy “otro” y soy discriminado.

Es que diáspora se me hace un vocablo excluyente pero, en cambio, patria extendida nos arropa a todos, nos arropa como nuestra bandera puertorriqueña y en ella cabe toda esa diversa puertorriqueñidad.

Hace 20 años comencé a explorar esta relación entre “ellos y nosotros” y aquel reportaje se llamó, “El otro Puerto Rico”…

Hoy, mi patria extendida vive en el “punto com” y va y viene en millones de mensajes de texto, fotos y audios. Con la música, el arte, la política y mucho más va forjándose quizás una nueva identidad puertorriqueña, más inclusiva y fluida. El “punto com” ha borrado las barreras físicas. Ya no hay “guaguas aéreas”, ahora se viaja en tiempo real.

Sabernos que somos ocho millones, y no cinco allá y tres acá, te cambia la perspectiva. Mientras el mundo se va dividiendo (Brexit, Trump, Siria), y mientras aumentan los eventos aleatorios y poco esperados, la patria extendida ofrece oportunidad y estabilidad. Vivir en ese espacio colectiva e individualmente nos arropa de posibilidades. Cómo aprendernos, cómo conocernos, será un camino necesario, fascinante y revelador por demás. Comencemos. Somos Patria Extendida.

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