Ingrid Vila Biaggi

Tribuna invitada

Por Ingrid Vila Biaggi
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Mirar nuestra realidad

Mucho se habla de las consecuencias que traería un “default” del Gobierno en el pago de la deuda, sin percatarnos de que llevamos décadas viviendo en “default”. Lo que pasa es que el incumplimiento ha sido en el pacto social: el estado parece haber abdicado de su obligación de velar por el bien común. El partidismo y los intereses particulares secuestran las decisiones del Gobierno. Atrás quedaron los partidos que sirvieron de instrumento para transformaciones sociales dirigidas a ofrecer verdaderas oportunidades de bienestar para el pueblo.

En las elecciones logran el voto mayoritario, pero luego no actúan conforme a los intereses del país. Han perdido el camino. Es necesario reconocer la necesidad de reorientar la política tal y como la conocemos. Hay que forzar la transformación de los partidos principales o generar alternativas viables que adquieran suficiente apoyo para lograrlo.

El planteamiento es amenazante para ambas colectividades. Reaccionan con puños al aire, ataques personalistas y sin argumentos. Esto denota la desconexión absoluta con la realidad del pueblo. El pueblo, que al contrario que éstos, no vive de los partidos. El pueblo que no cuenta con carros ni privilegios pagos por el estado.

Su comportamiento refleja precisamente lo difícil que es una transformación dentro de sus estructuras. Para ellos el Gobierno es un fin, no un medio. Hoy, ninguno de los dos partidos fomenta una cultura del servicio público, porque han permitido que se borre la línea que divide la colectividad partidista del Gobierno. Ningún servidor público debe sentir que se debe a una institución partidista: su responsabilidad es con el país.

No es casualidad que elección tras elección haya mayores niveles de abstención. No es casualidad que año tras año sean más las personas que abandonan el país ya cansados del “impasse” bipartito. No es casualidad que los que se quedan acojan el cinismo como desahogo, contribuyendo al ambiente de desconfianza. Cada cuatro años los partidos prometen el cambio y nos unimos a esos esfuerzos con la esperanza de verdaderas transformaciones. Pero en cuanto se llega al poder el cambio toma un segundo plano.

Este evidente fracaso debe obligarnos a replantearnos la función del estado. Si no lo redefinimos nosotros, lo harán los bancos o los inversionistas. Los desafíos que enfrentaremos requerirán de un liderato político capaz de ofrecer protección a sus ciudadanos. Por esto es vital estructurar un gobierno que, al margen del inversionismo político, vigile por el bienestar de todos y que rescate los principios de la vida en democracia.

La urgencia fiscal que hoy mantiene al Gobierno en jaque, se encuentra ya en una fase de mitigación de daños. Por ello, si Puerto Rico no toma acción para cambiar lo que ha aceptado en silencio en su estructura política, viviremos esta crisis por décadas, rehenes de una partidocracia que, en la mayoría de los casos, se ha desvinculado de la gente.

Los niveles de endeudamiento y de disfuncionalidad gubernamental son el resultado de la mano política que irresponsablemente manipula y explota el erario y el patrimonio público para su lucro y ventaja. El mejor ejemplo son los $9,000 millones de la deuda en la AEE, con la que se oculta la ineficiencia que permite repartir y mantener a los allegados contentos. Esta situación no se da porque no tengamos la capacidad para manejar un sistema eléctrico. Se da porque ésa es la estructura de supervivencia que han diseñado los estrategas políticos.

Y en esta estructura, lejos de reformar, ahora toca privatizar el monopolio, transfiriendo de manera regresiva la riqueza pública a sectores de mayores ingresos cuyas cuentas residen fuera del país. Socializar las pérdidas y privatizar las ganancias. Poco a poco se desentienden de su responsabilidad con la ciudadanía asignándosela a un tercero. ¿Para qué quieren permanecer, entonces, los partidos en el poder? ¿Para gobernar o para privatizar?

Miremos nuestra realidad con sinceridad como sugiere el papa Francisco en su reciente encíclica y propiciemos los cambios profundos que se necesitan. Vamos a atrevernos a reconocer que los modelos del pasado no ofrecen las herramientas necesarias para salir adelante y retrasan nuestra agenda como país.

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