Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Misterios Boricuas

¿Se acuerdan de la célebre serie de televisión “Unsolved mysteries” de fines de los ochenta? Tan exitosa fue que duró dé-                  cadas y todavía se repiten episodios de sus catorce temporadas. Eran tremendos docudramas que recreaban escenas de casos insolubles y sucesos inexplicables. En ocasiones, los protagonistas reales de los hechos figuraban en el elenco. Al final, se ofrecía a los televidentes un número de teléfono para comunicar cualquier pista pertinente a las autoridades.

Pues bien, la ristra de incidentes extraños ocurridos aquí durante los últimos meses me ha convencido de que estamos listos para competir de tú a tú con aquellos programas fascinantes. Después de María, los misterios se dan mejor que los plátanos. Y ahora que la deuda y el huracán han logrado internacionalizar a Puerto Rico, ¿qué mejor momento para compartir con el resto del mundo la pintoresca singularidad de nuestras grandes incógnitas nacionales? Repasemos unas cuantas de las más recientes.

El sonado caso de los vagones deambulantes de FEMA desafía la imaginación. Cargados con los suministros de emergencia que sobrevivieron al saqueo, desaparecieron como por arte de magia del estacionamiento de la Comisión Estatal de Elecciones. Hace unas semanas, varios de ellos fueron encontrados en Toa Alta y Utuado bajo circunstancias políticamente sospechosas. Ante el pasmoso descubrimiento, un portavoz de la agencia federal admitió el extravío de una docena de sus contenedores entre septiembre y marzo.

Pese a los aspavientos investigativos de la Policía, el Departamento de Justicia, el Secretario de la Gobernación y la propia CEE, el enigma ha resultado más indescifrable que el de la esfinge de Tebas. Indignado, el alcalde de Utuado le puso título a este insólito capítulo del folclor criollo con la pregunta del milenio: “Pero ¿cómo se pierde un vagón?”

Cosas veredes, señores. Si pueden esfumarse vagones en una isla tan minúscula sin que nadie se inmute, tampoco deberían asombrarnos fenómenos paranormales como las multas cuantiosas de AutoExpreso a ciudadanos que no usan los peajes o que estaban de viaje cuando las supuestas infracciones. Que yo sepa, a menos que se posea el don de la ubicuidad, no se puede estar en dos lugares al mismo tiempo. Razón suficiente para desconfiar de la pericia administrativa de los privatizadores.

El proyecto de levantar un monumento a los muertos incontables del período posciclónico rivaliza, por lo absurdo, con el de conmemorar el día de los niños por nacer. Supongo que con el primero se pretende purgar las culpas oficiales en el manejo de la tragedia. Permítanme sugerir, cuestión de realzar el impacto emocional de la escultura, que se coloque frente a la Autoridad de Energía Eléctrica. Y que la acompañe una inmensa pantalla digital en la que se rectifiquen diariamente las cifras de los fallecidos según vayan llegando los resultados de los nuevos estudios encargados a universidades estadounidenses.

Tras tanto acontecimiento abracadabrante, el robo de las computadoras de Héctor Ferrer parecería, por comparación, una menudencia. Pero el asunto no carece de interés detectivesco. La irrupción de un desconocido en la oficina del presidente del Partido Popular Democrático para apoderarse de su equipo electrónico da pie a la elaboración de complejas teorías conspiratorias.

¿Sustraería las “laptops” algún militante de la oposición para conseguir evidencia de las tratativas de Ferrer con los buitres? ¿Se les ocurriría la idea a los disidentes internos del propio PPD a la caza de municiones primaristas? ¿Se trataría de un escalamiento simulado a fin de poder borrar cualquier indicio de complicidad con los bonistas del mal? Convengamos que las tres hipótesis tienen su aquel.

Y, para culminar esta excursión guiada por la dimensión desconocida, evoquemos la épica (aunque infructuosa) cacería de la gárgola, sucesora del chupacabras y el garadiábolo que ha sabido monopolizar la atención del pueblo puertorriqueño. Un conocido ufólogo tuvo la gentileza de proveernos su descripción científica: “Es una criatura demoníaca parecida a un ave gigantesca con cara de murciélago o ratón, apestosa y con cuerpo atlético.” De paso, ha aprovechado la ocasión para informarnos que la desangradora de gallos no menosprecia la hemoglobina humana.

Existe una reserva inagotable de misterios boricuas por explorar. Algunos -como la nebulosa contratación millonaria de la microcompañía Whitefish o la evaporación de los fondos de los pensionados de los colegios católicos y de los sistemas de retiro gubernamentales –requerirían encargarle la pesquisa a un fiscal especial espiritista. Otros –como el incomprensible deseo de ser gobernador en un país sin gobierno o el suicida empeño en seguir votando por partidos corruptos e ineptos– pertenecen al campo de la psiquiatría.

En definitiva, nos sobra el material de calidad para una serie que le daría mano y muñeca a la icónica “Unsolved mysteries”. Lástima que Robert Stack haya pasado a mejor vida. Su cara flaca y su voz siniestra son insustituibles.

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