Fernando Cabanillas

Consejos de cabecera

Por Fernando Cabanillas
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Mito y realidad de los pollos con hormonas

“Como mujer, madre y ser humano, yo no puedo simplemente sentarme y mirar lo que está pasando”, palabras de la Dra. Carmen Sáenz, médico de una bebé que comenzó a menstruar a la edad de nueve meses, a fines de la década del 1970. Su preocupación se refería a la alarmante y entonces inexplicable epidemia de trastornos de desarrollo sexual que afectó a alrededor de 7,000 infantes en Puerto Rico. Los trastornos incluían desarrollo prematuro de los pechos (“telarquia”) y del vello púbico antes de los ocho años, además de menstruación en bebés e infantes. 

Les adelanto que cuando comencé a buscar información de este asunto, jamás soñé con lo que me iba a tropezar. Por momentos parecía estar frente a una fascinante novela de misterio de Agatha Christie, o una intrigante película de James Bond. 

Los primeros en dar la voz de alarma fueron la propia Dra. Sáenz y el Dr. Adolfo Pérez Comas, endocrinólogos pediátricos. Este último me explicó que, antes de la epidemia, él veía alrededor de un caso por año. En el momento pico, estaba viendo más de 1,000 casos de trastornos sexuales anuales. 

No es secreto que, a partir de 1940, en Estados Unidos los avicultores colocaban pellets de estrógeno en la cresta de los pollitos para acelerar su crecimiento. En 1961, al percatarse de que los hombres que solían comer pescuezos de pollo desarrollaban rasgos femeninos, el gobierno prohibió la administración de hormonas a las aves. En busca de explicaciones para la epidemia local, Sáenz y Pérez Comas postularon que eran los pollos de Puerto Rico ilegalmente inyectados con hormonas femeninas.

Ambos recibieron amenazas verbales y escritas que los llevaron a temer por su trabajo, su vida y la de sus familiares. Ocurrieron intrigas y hasta disparos e incendios inexplicables. No habían hablado de este tema por décadas, y el trauma provocado por su activismo era fácilmente palpable. 

Para confirmar su sospecha, Sáenz envió seis muestras de pollo local al Dr. Alfred Bongiavanni, prestigioso endocrinólogo de la Universidad de Pennsylvania, quien encontró niveles muy altos de estrógeno en dos. La situación explotó en 1981, cuando un prominente reportero del periódico San Juan Star, Robert Friedman, publicó una noticia describiendo el trastorno sexual de su propia bebé de 18 meses.

Ante la sordera del Departamento de Salud local y la negación de que existía un problema, la Dra. Sáenz escribió al entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, pidiéndole una investigación federal. Sorprendentemente, le contestó su esposa Nancy, quien prometió que los federales tomarían cartas en el asunto. En marzo del 1982, la FDA examinó algunas muestras de pollos y encontró indicios de contaminación con estrógeno en dos. Decidió expandir la investigación a 63 muestras de pollo y 20 de carne de res, pero tardó seis meses en hacerlo. En esa segunda investigación no encontraron contaminación.

Tres años después, en 1985, el Departamento de Agricultura federal organizó una comisión para investigar el problema. Después de analizar 800 muestras, no encontraron evidencia de contaminación.

 ¿Cómo podemos explicar estos resultados negativos de cara a los resultados positivos de Bongiavanni? Existe la posibilidad de que los avicultores y ganaderos, al enterarse de que los estaban investigando, suspendieran la práctica de inyectar hormonas. Tiempo de sobra tuvieron para hacerlo. Pero los avicultores insistieron en que ellos no inyectaban estrógeno a sus aves.  Sin embargo, Sáenz y Pérez Comas notaron que al recomendarle a los padres que suspendieran el pollo en la dieta, los trastornos sexuales mejoraron en 58% de los casos.  

No satisfecho con la posibilidad de los pollos como únicos causantes de estos trastornos, el Dr. Carlos Bourdony organizó un esfuerzo colaborativo con otros tres científicos puertorriqueños. Investigaron la sangre de 41 bebitas con telarquia prematura y 35 sanas. Encontraron que 68% de los casos afectados tenían en su sangre concentraciones significativas de un contaminante ambiental llamado ftalato, que es uno de muchos “disruptores endocrinos”, sustancias capaces de imitar la acción del estrógeno. En el grupo de bebitas sanas solo 9% tenían ese contaminante. El ftalato proviene de varias fuentes tales como juguetes plásticos, biberones, alimentos en contacto con envolturas plásticas y hasta chupetes (“bobos”). No es posible atribuirle toda la epidemia a este contaminante, pero puede que haya sido otra causa adicional de un problema multifactorial. Posteriormente a este estudio se han identificado otros disruptores endocrinos, incluyendo el aceite de lavanda que amorosa e inocentemente las madres aplican a la piel de sus bebés. 

Por otro lado, tenemos la carne de res, en la cual la situación es muy diferente al pollo. La mayoría de las vacas en Estados Unidos reciben legalmente un implante de hormona en la oreja, usualmente estrógeno. La cocción de la carne disminuye, pero no elimina el estrógeno. Sin embargo, de acuerdo con la FDA, la cantidad de estrógeno presente en las vacas no es suficiente para causar trastornos sexuales. Últimamente hemos sabido que existe otra fuente de estrógeno en la carne, un carcinógeno que surge cuando se cocina excesivamente una hamburguesa. Este químico puede comportarse como otro disruptor endocrino.

Todas estas intrigas se reseñaron en 1982 en la destacada revista Time Magazine y dejó profundas huellas en muchas personas, particularmente en la psiquis de las mujeres puertorriqueñas. El exceso de estrógeno puede aumentar el riesgo de cáncer de mama y de útero, además de quistes ováricos. En el Centro de Cáncer Auxilio Mutuo, muchas de nuestras pacientes todavía están convencidas de que el pollo contiene estrógeno y les puede agravar su cáncer o causarles otro. 

Otro dato sorprendente es que la excreta de pollo contiene un nivel extremadamente elevado de estrógeno y al ganado les encanta…  es una excelente fuente de nutrición. Una vaca puede consumir hasta tres toneladas de estiércol de pollo al año. 

¿Existe todavía la epidemia de trastornos de desarrollo sexual en la Isla? En ese punto todos los médicos coinciden: ya desapareció. Tanto hombres como mujeres podemos estar tranquilos, después que nos cuidemos de los plásticos, del aceite de lavanda y de las hamburguesas sobrecocinadas. Y antes que se me olvide… si usted es fanática de los pellets de estrógeno para tratar la menopausia, en el estiércol de pollo tiene una “alternativa natural”, mucho más barata y nutritiva.

Bueno…llegó la hora de cerrar. Mi esposa me llama para compartir un delicioso asopao de pollo.

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