Mabel M. Figueroa Pérez

La Tilde de Mabel

Por Mabel M. Figueroa Pérez
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Mi última conversación con Rullán

Palabra: Legado

Significado: Algo que se transmite de generación en generación

Etimología: Viene del latín legatus

Habitación 317. Área de rehabilitación del Centro Médico, en Río Piedras. Recorrí un pasillo, logré atisbar el área de terapias y justo al lado estaba el cuarto. Toqué y pasé. 

Allí estaba Johnny Rullán dando la última batalla por su vida. 

Fue hace apenas poco más de tres semanas. Fue la última vez que lo vi.  Fue la última vez que hablé con él. 

Llegó al recinto de salud más importante de la isla, el 27 de septiembre pasado. Como secretario de Salud dirigió, protegió y mejoró las instalaciones y los servicios del Centro Médico. 

Ahora era paciente.

Lo acompañaban tres grandes amigos de toda la vida. Le di un abrazo, nos saludamos y me presentó.

Comenzamos una larga conversación entre todos. 

Estaba de buen ánimo, a pesar de que el mieloma múltiple que lo atacó por vez primera hace 13 años, y al que siempre encaró con valentía y firmeza, se negaba a abandonar su cuerpo.

Ahora que lo pienso, en unas tres horas de charla hizo un recorrido por su vida en el servicio público. Habló de lo que significó para él el caso del Instituto de Sida y la corrupción diseminada por el convicto Yamil Kouri. 

Habló de sus años como Epidemiólogo del Estado y las estrategias que desarrolló para atacar epidemias en la isla. Y recuerdo que mientras lo escuchaba, pensaba que seguía funcionando en estado de alerta, pero ahora para combatir el cáncer dentro de su cuerpo. 

“¿Cuánto salió el azúcar?”, le preguntó a un enfermero que entró a la habitación y al que se dirigió por su nombre. 

Al oír el resultado, asintió con la cabeza. 

No es fácil estar enfermo y ser médico, porque se tiene una radiografía exacta de lo que le pasa a su cuerpo. No hay medias verdades que valgan. No hay tibieza en el razonamiento de pruebas. 

Lo que no desaparece es la esperanza y de esa sí que estaba agarrado Rullán.

Nunca tiró la toalla. Era su naturaleza.

Luchó por su vida con fiereza hasta el final. 

“¿Ya comió?”, le preguntó el enfermero.

“No, yo siempre espero a mi esposa para comer”, le contestó Rullán, refiriéndose a su esposa María, una mujer fuerte que estuvo mano a mano con él a lo largo de esta dura batalla. 

Entonces, siguió hablando. Todos escuchábamos muy atentos. 

Estaba escribiendo un libro sobre salud pública, que era su especialidad, como un legado para las futuras generaciones. Sacaba fuerzas y lo hacía desde las camas de hospital que ocupó en el Auxilio Mutuo y en el Centro Médico batallando contra el cáncer tras su última recaída. 

Habló mucho de ese proyecto en proceso.

Narró experiencias de cuando la entonces gobernadora SilaMaría Calderón lo nombró secretario de Salud. De cuando retornó a su puesto de carrera en la agencia. De cuando el entonces gobernador Aníbal Acevedo Vilá lo trajo de nuevo a la secretaría de Salud. Incluso, hablamos del chikungunya y la influenza.

Pienso que así, como epidemiólogo, miraba su enfermedad desde que en septiembre de 2006, le diagnosticaron el cáncer. Esto tengo, hay que atacar aquí y una vez se sobrepase esta etapa, me muevo a hacer esto. 

Junto a su familia, se sentía protegido. La energía con la que lo irradiaban le daba bocanadas de vigor y así, expulsaba sus temores y el fantasma de la muerte. 

Al fondo de la habitación había una pizarrita. Sus hijos se turnaban para cuidarlo en las noches.

Su hermana Jane y su esposa María, durante el día.

Conocí a Rullán en 2001, cuando asumió el cargo de secretario de Salud. Yo era periodista que cubría el área de salud. Cumplimos el mismo día, con 11 años de diferencia, el 25 de septiembre. Ese día lo visité. Lo acompañaba su esposa. Se veía feliz y animado. Llegaba a los 64 años. 

Durante esta última recaída, lo vi llorar varias veces, en especial cuando hablaba de sus hijos:  Michael, Antonio, Johnny y Vivian. Vivía orgulloso de todos.

Fue en agosto pasado cuando Rullán se enfrentó a la sorpresa de que el cáncer había reaparecido. No estaba dentro de la prognosis de sus médicos ni de sus proyecciones.  Se había sometido a dos trasplantes de médula, uno en 2007 y otro en 2017. 

La primera vez que fui a verlo en agosto pasado, se veía lleno de positivismo y listo para la guerra. La última vez, dos meses después, lo vi igual de enfocado, igual de luchador, igual de esperanzado, pero un poco más liviano.

Tenía muy claras sus prioridades: Dios, su familia, sus amigos más cercanos y luego, el resto.

“¿Cómo lo maneja?”, le pregunté.

-Con mucha fe… Ahora vivo día a día.

“¿Hace meditaciones?”, le cuestioné.

 -Sí, lo hago dos veces al día, por espacio de 20 minutos. Es un momento en el que no piensas nada. Debes intentarlo.

Yo, asentí con la cabeza.

Después de una tarde de amenas conversaciones, me despedí con un fuerte abrazo. Le dije que pasaría a verlo otro día. Pero esta vez el cáncer decidió actuar con presteza.

No alcancé a verlo otra vez con vida.

Me quedo con muchas enseñanzas que en el camino me dio este gran servidor público.

Me quedo con ese espíritu de lucha que siempre guiaba sus pasos. 

Me quedo con su humildad.

Me quedo con el recuerdo de un extraordinario ser humano que amaba su país. 

Me quedo con el gran legado sobre salud pública que nos dejó. 

Con todo eso me quedo.

Que en paz descanse.

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