Mabel M. Figueroa Pérez

La editora opina

Por Mabel M. Figueroa Pérez
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Mi vida en aislamiento: entre mejunjes y gallos

Palabra: Aislar

Definición: Hacer que una persona o una cosa quede sola, separada de otras.

Etimología: Proviene del latín 

La libertad de movimiento es uno de los derechos más preciados. Es tan valorado, que perderla es la consecuencia de uno de los castigos más severos para los que infringen la ley.  Por eso, el confinamiento al que la humanidad ha sido doblegada en nombre de la salud, la vida y el futuro, mostró cierta resistencia en un principio. Pero las imágenes que llegan del exterior, como China, Irán e Italia, nos puso a todos en cintura, incluso a los más ligeros de consciencia. 

Yo no lo dudé. Y no porque sea una miedosa, sino porque los años nos regalan mesura a gran escala. 

Me encuentro confinada en Rincón. A pasos tengo la playa, pero no puedo ir. Los primeros días los pasaba junto a mi hermana sintiendo la brisa y casi en absoluto silencio, como si nos impusiéramos un voto de no hablar. Era como si el ambiente estuviera cargado de partículas de relajación que ayudaban en la tarea de mantenernos aisladas. Me parece que ese estado de inercia que vivimos los primeros días se produjo por la mutación de lo desconocido a una reflexión alimentada por la ausencia de sonidos fuertes.

Ese silencio casi extremo solo le da paso al sonido del viento, de las ramas, de los pájaros. 

Poco a poco fuimos entrando en tiempo y, al revisar las estadísticas, la situación de los países más afectados por el coronavirus se volvió un elemento clave. Como periodista llevaba vigilando la situación en China desde el principio, muy de cerca, a diario, y cuando llegó a nuestra isla ya estaba bastante informada. Entonces, informarme se convirtió en una valiosa arma contra el virus que tiene en vilo al mundo entero. 

La primera vez que salí fue a comprar en un colmado. Había menos fila que en el supermercado, aunque ya descubrí que llegar al amanecer allí te da la ventaja de no encontrarte tanta aglomeración. La regla era clara: solo entraban cinco personas, no más. El resto debía esperar que salieran unos para pasar otros. El carrito se limpia y entonces entras. En el área de las viandas, un empleado es el que las despacha, de manera que nadie toca esa sección. Vas por las góndolas, casi vacías de gente por la organización extrema, y cuando terminas pagas, te limpias las manos y te vas. 

El pueblo, uno de los más turísticos de Puerto Rico, está prácticamente vacío. En la plaza pública no hay nadie. En las playas ves uno que otro bañista que se le escapa a la seguridad. El agua de mar es una de las cosas más saludables que hay para el ser humano, pero evitar el junte de muchos es más importante en estos momentos. En el hospital del pueblo, desde el día uno de la contención social, hay personal con mascarillas y seguridad en la entrada.

Antes de que alguien me regañe, sepan que todo eso lo vi en minutos y en las únicas dos ocasiones que salí a suplirme de víveres o medicamentos que necesitaba.

Cada casa, apartamento, égida, hotel u hospital se ha convertido en un micro mundo lleno de historias. 

Mi confinamiento transcurre en calma y he descubiertos varias cosas. Me acompañan mi tía y mi mamá, que el pasado 20 de marzo cumplió 81 años. Ellas duermen con un radio prendido toda la noche. Escuchan esos programas donde los mayorcitos dejan salir sus dotes de artistas y se dedican a cantar, declamar poesía, hablar de sus problemas, reírse o llorar.

Las otras noches me desperté. Hacía tanto frío que apagué el aire acondicionado y los “artistas” principiantes nocturnos de la radio invadieron mis oídos desde el cuarto de las mamás. Mirado el techo escuché cómo un don comenzó a enviar saludos sin parar. Con nombre y apellido de más de 35 personas, saludó uno a uno. Se oía feliz de estar haciéndolo. Luego, comenzó a cantar y tocar guitarra, y a él, como cada noche y madrugada, le siguieron muchos más. Yo sonreía. Eran las 2:00 de la madrugada. La hora no importa, ellos son la audiencia de sus amigos esparcidos por las ondas radiales y, a la vez, los protagonistas de cada concierto improvisado, ya sea “esgalillaos’ o los que entonan. Y mientras mi mamá y mi tía duermen, el radio no se puede apagar porque ambas lo prohíben. 

Me levanto con los gallos y no es metáfora, es literal. Desde las 6:00 a.m. comienzan y cacarean hasta que salgo a darles maíz. Son cuatro fijos: el güero, el padrote de Córcega; Charlie, el segundo en jerarquía; Archie, el adolescente; y Megan, la gran gallina que domina al trío. Mientras comen, cuelo café y lo primero que busco en mi celular son las estadísticas del COVID-19 a ver qué ha cambiado, si algo. 

Una semana antes del aislamiento compulsorio, llegó un nuevo miembro: un perrito que llamamos Mijo Figueroa. Parece de juguete de tan pequeño que es y, por alguna razón que desconozco, cada vez que le hablamos nuestro cerebro hace un clic y la voz se vuelve como el balbuceo de un bebé. ¿Alguien me puede decir por qué tenemos que hablarle siempre así sin control alguno? ¡No entendemos!

La vida aquí en asilamiento es con la familia. Nos organizamos y separamos un espacio con todas las latas. Lo fresco es lo que cocinamos antes por si acaso esto se extiende y por si llega el momento en que se refuerce el aislamiento social, como pasó en China y como ocurre en Italia en estos momentos. Ojalá que no pase, pero nunca se sabe.

El día pasa bastante rápido, casi sin darte cuenta. Leemos, hablamos, discutimos lo que pasa con este virus, y el que trabaja desde la casa, lo hace. Desde hoy, somos ocho familiares aquí. Con el resto nos comunicamos por teléfono o por un chat común. 

Y cuando mi mamá y mi tía deciden cantar o declamar poesía, todos las admiramos y aplaudimos. Así arriba la noche. Hablamos delo que sentimos y estiramos el tiempo de las risas, que es lo mejor. ¿O no? Los boricuas somos expertos en sacarle punta a todo con un sentido del humor extraordinario.

Lo que sí compartimos en nuestro confinamiento es una sensación como que estamos a la espera de algo que no sabemos qué es. ¿No les pasa? No es miedo, es incertidumbre. Creo que es normal. 

A la hora de acostarnos, nos tomamos dos mil o tres mil miligramos de vitamina C, una pastilla de complejo B y un shot de un mejunje que mi hermana preparó con miel de abeja pura, limón, jengibre y sábila. Mi hermano, que es médico y está aquí también, dice que le falta cáscara de china y de limón porque ahí se concentran las propiedades de ambas frutas. Mi tía dice que le falta ron para que sea un expectorante más efectivo. Me parece que le agregaremos ambas cosas. Buscamos otras recetas que podamos consumir para reforzar nuestros cuerpos. Vamos pronto a hacer otra con clavos de canela. 

Esta rutina preventiva es sagrada. Es lo que podemos hacer, además del aislamiento y lavarnos las manos.  Alimentar el sistema inmunológico con refuerzos así es bueno, pero lo más importante es ahuyentar todo atisbo de miedo. Eso está proscrito, punto. La mente es muy poderosa y el estrés ataca sin piedad las defensas naturales de nuestro cuerpo. Es estar alertas, pero en un nivel adecuado. 

Cuando voy a escribir, me aíslo. Y al terminar, bajo a conversar con los míos.

Cuando tomamos el mejunje, ya casi estamos listos para acostarnos. Y el ciclo se repite: los “artistas” madrugadores de las ondas radiales vuelven a apoderarse del cuarto de las mamás. Y yo, intento leer un poco. Pienso en cuántas historias hay en cada espacio que ocupan los seres humanos. No es para menos, se trata de un sistema de vida que alteró nuestras rutinas como mecanismo de salvación colectivo e individual. Y rezo antes para que la experiencia de esas personas que mueren solas en los hospitales por la pandemia y de sus familias que no pueden estar a su lado, ni siquiera enterrarlos, no llegue aquí en masa. Son escenarios desgarradores que vemos día a día en las redes sociales, las que muy a menudo apago porque tanta crítica y polarización me angustia. 

Vuelvo al silencio. Me duermo. Descanso. Despierto otra vez, cuando los gallos comienzan a gritar la llegada de un nuevo día. Y así más o menos transcurre mi confinamiento, del que no me quejo. ¿Y el suyo, cómo es? ¿Cómo le va? Mucha, muchísima paciencia, que todo va a pasar. Ya lo verán.

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