Jorge Rigau

Tribuna Invitada

Por Jorge Rigau
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MoMA y EMA

El Museo de Arte Moderno de Nueva York recién abrió al público la exhibición “Latinoamérica en construcción: Arquitectura de 1955 a 1980”. Desde la inauguración, no cesan las críticas y cuestionamientos: qué se incluyó y qué se dejó a un lado; por qué un ejemplo ameritó mención y no otro, también; cuánto espacio se concedió a tal tema o cual país.

De Puerto Rico, la muestra reconoce a nuestro arquitecto moderno -Henry Klumb- limitándose a mostrar su iglesia Del Carmen, en Cataño, y la casa de madera que el diseñador rehabilitó para su uso personal en Río Piedras. Otras obras suyas más meritorias debieron exhibirse y diferentes diseñadores del período pudieron estar representados. Sin embargo, representa mayor omisión que los curadores de la exposición nos subestimaran en un asunto medular a cualquier explicación sobre la modernidad en Latinoamérica.

Albert José-Antonio López, historiador de la arquitectura, recién puso el dedo en la llaga. En su crítica de la exposición para “The Avery Review”, López lamenta que la muestra no refrenda el tema de la planificación urbana apropiadamente, según fue atendido en la Modernidad mediante la creación de comisiones adjuntas a entidades gubernamentales que, a su grupo de técnicos y tecnócratas, integraron arquitectos en calidad de líderes. Cuba y Colombia lo hicieron en 1955 y 1958; Puerto Rico en 1963.

Con entrenamiento en diseño, vocación interdisciplinaria, juventud y ambición, colegas con aptitud urbana abordaron entonces temas vitales como: arquitectura y espacio público, el entorno urbano y el mundo rural, los paseos peatonales y transportación colectiva, entre otros. Esto fue hace más de medio siglo.

Dirigía la Junta de Planificación Ramón García Santiago, quien endosó la creación del llamado Equipo de Mejoramiento Ambiental. El EMA debía “fomentar soluciones creativas que ayudaran a esculpir el espacio físico de nuestro ambiente y sus contornos socioculturales mediante la investigación, concepción, evaluación y propagación de nuevas ideas…”. Cuatro arquitectos integraron el grupo de trabajo: Gabriel Ferrer Amador y Néstor Acevedo Coll; Roger Pompei, norteamericano, y el urbanista español José Mimó Mena. Otto Reyes, estudiantes y otros se unieron al grupo. Las labores se organizaron para atender preocupaciones y plantear sugerencias mediante talleres destacados por sus siglas: el TEVREU (Taller de Evaluación y Recomendación Urbana); el TEVU (Taller de Educación Urbanística); y el TACONU (Taller de Concepción Urbanística). Otro brazo denominado VAP promovía la “Vegetación en el Ambiente Puertorriqueño”.

El abanico de proyectos que el EMA propuso no cesa de sorprender hoy: el dragado del Caño Martín Peña; una remodelación de la plaza de Jayuya inspirada en motivos indígenas; un estudio de la Zona Histórica de Ponce; la extensión de las escalinatas del Capitolio como plazoleta hacia la bahía; conferencias con títulos como “La filosofía de la calle” y planes “piloto” de desarrollo para San Germán, Naranjito, Loíza y Santurce.

Nuestra historia urbana no ha conocido proeza más abarcadora que el Proyecto Piloto Santurce. De ello dan fe las imágenes de la maqueta inmensa que se construyó entonces para ilustrar el San Juan del futuro. De que Gabriel, Néstor, Otto y los otros -cual Ícaro- aspiraron a mucho, no hay duda. Pero lo hicieron con la convicción propia de sus tiempos… Todo se produjo en tres años y culminó con las decepciones propias de iniciativas de tan largo alcance. Múltiples países de Latinoamérica experimentaron procesos y personajes comparables. Todos por igual se le escaparon al Museo de Arte Moderno de Nueva York al plantearse ahora homenajear nuestra región y su arquitectura, perdiendo la oportunidad de consagrar para el futuro una gesta que contribuyó a modernizar las Américas de habla hispana y que aún hoy reclama su vigencia.

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