Noel Algarín Martínez
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Mónica Puig sujetó al país en su puño

No exagero cuando digo que esta columna la comencé a escribir hace un año, aunque la ilusión de ser testigo de lo que pasó el sábado 13 de agosto de 2016 me acompañaba desde que muy joven entendí que a través del deporte también se ama, se defiende y se reivindica a un pueblo y su historia.

Recuerdo que aquel sábado tenía un ambiente especial, un ambiente similar al que se sentía en los días en que Félix “Tito” Trinidad paralizaba al país cuando era el rey de los cuadriláteros de boxeo o, más recientemente, para los partidos del Clásico Mundial de Béisbol.

Desde tempranas horas, las calles llenas de autos, los supermercados a reventar, todo el mundo en un correcorre para tratar de resolver cualquier compromiso antes de la cita del día. En la tarde, a más de 3,000 millas de distancia, la tenista nacional Mónica Puig jugaba por el oro olímpico ante la alemana Angelique Kerber en los Juegos Olímpicos de Río y todo lo demás parecía secundario.

En las horas previas, conocidos y extraños se saludaban y compartían un mismo tema de conversación en las filas de bancos, en tiendas, barberías, restaurantes… todos se hacían la misma pregunta: “¿A qué hora es el juego?”

La realidad es que el juego comenzó mucho antes de aquella tarde de sábado. Arrancó en Londres en 1948 con nuestra primera delegación en unos Juegos Olímpicos. Si a Puerto Rico no se le hubiese permitido participar de esa justa deportiva por su condición política colonial, esta historia pudo nunca haber existido.

Puig obtuvo la primera medalla de oro para Puerto Rico, el 13 de agoto de 2016. (Archivo)

Pero a esa aceptación como país soberano en el plano deportivo le faltaba un capítulo. Aunque desde Londres 1948 nunca hemos fallado una cita olímpica, ningún atleta o equipo nacional había subido a lo más alto del podio.

Sesenta y ocho años después de nuestro debut en unas Olimpiadas, el juego entre Puig y Kerber comenzó en la cancha principal del complejo de tenis de Río de Janeiro. Acá en la isla, como en la diáspora, los boricuas seguían el partido unidos bajo un mismo sentimiento, todos pegados a una pantalla de televisión, celular o computadora. Jugaba Mónica, jugaba nuestra estrella. En su puño sujetaba más que una raqueta; sujetaba la ilusión de un país.

El desenlace de este cuento lo conocemos bien. Mónica dominó en tres sets a Kerber, 6-4, 4-6 y 6-1, para ganar la primera medalla de oro de Puerto Rico en unos Juegos Olímpicos. Tras casi siete décadas de espera, al fin el país podía celebrar una presea dorada. Finalmente se escuchaba La Borinqueña en el máximo escenario deportivo. Aquel fue un sábado hermoso... lo será eternamente.

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