Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Monigotes al poder

Cuando se hubo disipado la briosa ventolera de las encuestas y quedaban apenas los últimos trazos de la humareda de la explosión de especulaciones, permanecía erguida la pregunta, como un árbol que hubiera resistido incólume el embate de un ciclón: ¿vale la pena ser el gobernador o gobernadora de un país, sin tener la última palabra de cómo se conducen los asuntos en dicho país?

Dicho de otro modo: ¿tiene sentido llamarse “gobernador” sin poder de verdad gobernar?

Esa es la disyuntiva que debía estar consumiendo hoy, año preelectoral de nuestro señor Jesucristo, los inquietos espíritus de quienes sienten ardiéndole por dentro el fuego de querer ser gobernador o gobernadora.

Pero parece que no lo está.

Exponerse al juicio, y no pocas veces al escarnio, del público; ponerse a escribir largos programas de gobierno; estar día y noche en la calle, incluyendo domingos y días feriados o sobre todo domingos y días feriados, haciendo campaña, dejando, en el camino, de ver a los hijos crecer; bailar en tarimas o en comedias de televisión; “lamber ojo” a quien da el dinero para la tumbacoco y los pasquines con el retrato “photoshoppeado”; todo eso, y muchísimo, muchísimo más, para que, al final del día, un no electo de por allá, de otro sitio, le diga a uno “corta aquí, corta allá, cierra esto, abre aquello, brinca por aquí, agáchate por allá”, y uno tener que hacerlo aunque sea chistando.

Hay cosas, claro, que hacen que parezca bueno ser gobernador; vivir de cachete en una fastuosa mansión colonial a orillas de la inagotablemente bella bahía de San Juan, de donde se ven a toda hora bandadas de blancas gaviotas, con chefs particulares y meseros con lazo y chaqueta que sirven exquisiteces en vajillas de finura inigualable; no coger más tapón, pues se anda pa’ arriba y pa’ abajo en guaguas negras, con cristales tinteados, luces intermitentes y sirenas, escoltadas por motoras policíacas; salir, en el futuro, en algún libro de historia; beneficiar a amigos con contratos que no excedan, eso sí, el límite de $10 millones que haría obligatorio que la Junta de Supervisión Fiscal lo apruebe; poder cabildear después y hartarse de billetes con los accesos que se logren mientras se “gobierna”, con la “dispensa” que nunca deja de otorgar la generosa Zulma Rosario, etc.

Ser miembro tiene sus beneficios, decía una campaña publicitaria de antes de una tarjeta de crédito. Ser gobernador, obviamente, también los tiene. Pero, ¿a cambio de qué?

La última vez que nos metimos en el frenesí de una campaña por la gobernación, en 2016, pocos habían pensado en cuáles eran los verdaderos poderes de la Junta de Supervisión Fiscal, porque pocos habían leído la ley Promesa.

Aun así, era entonces un misterio cómo en realidad iba a transcurrir la cuestión. Por eso, no teníamos manera de contradecir con datos a un candidato que decía “yo soy el mejor que puede trabajar con la Junta”, ni a la otra que exclamaba “para la Junta, ni un vaso de agua”.

Los dos años y par de meses de este cuatrienio dan una idea del espanto de vivir en un país que acude en masa, a un costo multimillonario, a elegir a un gobierno, para encontrarse después que la última palabra sobre cómo se hacen las cosas aquí no la tienen los que resultaron electos.

La vida se nos va en forcejeos de día y de noche, como es natural cuando el que se llama “gobernador” quiere hacerle honor a su título y gobernar.

No gobierna. Gobierna la Junta. La Junta diseña el presupuesto, que es la hoja de ruta del país. Dice cuánto cortar de cada área. Manda a cerrar escuelas y a triplicar el costo de la Universidad de Puerto Rico (UPR), medidas que, juntas, han dificultado tremendamente el acceso a la educación, cosa terrible cuyas consecuencias veremos de aquí a unos años. Quería eliminar el bono de Navidad y quiere recortar tres de cada cuatro pensiones. Mandó a vender WIPR y la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE).

Quería, antes, bajar la jornada de los trabajadores públicos. De eso nos salvó el huracán María. Se mete en todo, sin rendirle cuentas a nadie.

Gasta dinero en bruto en asesores, cabildeo y publicidad y nadie puede decirle nada. El gobierno actual ha resistido en algunas cosas (pagó el bono de Navidad y dice que no recortará las pensiones), pero ha consentido en la mayoría de las draconianas imposiciones de la Junta.

Vienen tiempos peores. Pronto, habrá que empezar a pagar deuda. La Junta, no Puerto Rico, está llegando a acuerdos de los que expertos dicen que serán muy difíciles de cumplir. De nuevo, las contradicciones: ellos llegan al arreglo, nosotros pagamos. Del acuerdo de Cofina, se dice que en menos de 10 años nos llevará al impago. La Junta dijo que no era el mejor acuerdo del mundo, pero que peor habría sido litigar y perder.

El acuerdo fue aprobado por la Legislatura de Puerto Rico y firmado por el gobernador Ricardo Rosselló. Ni la Legislatura ni el gobernador tuvieron vela en el entierro; su única responsabilidad era firmar el papel que le traía la Junta.

Nadie niega que las operaciones y las finanzas del gobierno necesitan una reforma profunda y radical. Lo que pasa es que no ha habido hasta ahora acuerdo entre los que gobiernan tras haber sido democráticamente electos para esos fines por el pueblo de Puerto Rico y la Junta, a la que nadie eligió. El problema, mientras tanto, se sigue arrastrando y profundizando.

La Junta se queda hasta que hayamos cuadrado cuatro presupuestos corridos y tengamos acceso al mercado a intereses razonables. Tres años después de la aprobación de Promesa, no hemos cuadrado ni uno. Esta batalla, entonces, apenas comienza.

Esta es una contradicción insalvable en la ley Promesa. De la única manera en que esto funcionaría, sería eligiendo a alguien sin criterio propio, dispuesto a obedecer sin chistar todo lo que disponga la Junta.

En pocas palabras, nadie que no se vea a sí mismo como un empleado de la Junta, una Natalie Jaresko con una fracción de su salario y muchas menos facultades, puede funcionar bajo este esquema. En resumen: tendríamos que elegir un monigote. Si se eligen seres humanos, eso no se va a lograr jamás, porque los seres humanos tienen ideas propias que no siempre van a coincidir con las de otros.

Deben tomar nota los que se han postulado o los que estén pensando en postularse. Casi ninguno habla en detalle de cómo harán para ajustarse a esa camisa de once varas.

Los que lo hablan, están en todos los extremos. En un extremo, Roberto Prats dice que será “mejor que la Junta”. Ni a empujones dice qué hará cuando no haya acuerdo.

En el otro, Carmen Yulín Cruz dice que desafiará a la Junta, entre otras cosas, no asignándole dinero.

Ese curso la va a poner frente a una orden de corte federal de que restablezca el flujo de fondos en quién sabe cuántas horas laborables. De no hacerlo, la cárcel. Sería triste terminar presa después de tanto trabajo que da ganar una elección.

Así vamos, pues, mientras allá, donde mandan, no se den cuenta del sinsentido este en que nos metieron.

Mientras tanto, las elecciones serán como ver un juego de pelota: uno ríe, llora, se deprime, baja santos, se le ilumina el día, todo de acuerdo con si gana o pierde el equipo del corazón de uno, aunque al final del día, pase lo que pase en el juego, nada cambie en nuestras vidas.

¿Quién quiere exponerse tanto para ser solo un pelotero?

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