Josué Montijo

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Por Josué Montijo
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Moral

Santa moral.

Algunos la invocan con urgencia, afanosos, cual técnicos especializados en conducta humana.

Otros la claman para que su aplicación sea sin mucho invento ni ciencia ni glamour ni palabrería. Rápida, dura, rudimentaria y efectiva moral requieren. La moral old school, como la de ciertas madres o padres o aquella tía de temperamento difícil y cocotazo ágil.

La moral toma muchas formas y usa estrategias de corrección, a veces a fuerza de macanazos, tortura o violación. Hay estrategias caseras como los gritos o los alones de patilla o la chancleta o la varita de gandules o el arroz sobre el suelo o el pedazo de cable o la correa cuerosa. Esa última un estándar en la tradición boricua. Incluso la corrección puede tomar forma de palo de escoba que se quiebra sobre cabeza o espalda. Existen versiones ultramodernas, claro.

Ya sabemos, a la hora de imponer el régimen de la moral se vale todo.

Cuántas veces nos inculcaron que era para nuestro bien, para espantar la poca vergüenza y garantizarnos un futuro decente. Y está quien la agradece profundamente como ese toquecito de la buena fortuna que salvó tanto.

A algunos les desagrada visceralmente esa vaina de la moral y sus defensores y a otros se la pone tiesa. Ahí es cuando se torna fetiche, deporte, estilo de vida. Supongo que para gustos los colores.

Me resulta simpáticamente patético el ejército de moralistas que abundan en las redes sociales. ¡Uyyyy! No fallan, omnipresentes con sus opiniones y látigo. Y hay que ver el tema en cuestión, pues existen unos más crujientes que otros. Rayan en lo policiaco en eso de velar, corregir y sentenciar lo que dice o dejar de decir el otro.

Nunca este asunto deja de sorprenderme. Diría que la moral y los moralistas, cual Dios, andan por caminos misteriosos.


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