Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Morir en la orilla

Cuando en el verano de 2015 el entonces gobernador Alejandro García Padilla hizo temblar la tierra al decirle a The New York Times que la deuda de Puerto Rico “no es pagable”, fue como si alguien hubiera apagado todas las luces de la casa. En ese momento, entramos en un pasadizo oscuro y húmedo, cuyos contornos no nos era permitido ver, y sin que nadie pudiera decirnos con total certeza hacia dónde caminábamos.

Colgaban entre nosotros preguntas angustiosas. ¿Qué iba a pasar con la deuda, con el país, con nuestros hijos? ¿Quién podría salvarnos del abismo al que nos dirigíamos inexorablemente? Vinieron, en los meses siguientes, algunos de los momentos más amargos y vergonzosos que hemos vivido como país. Quedamos ante el planeta como gente que no podía cumplir sus compromisos. Fuimos señalados por arrogantes congresistas estadounidenses como aborígenes incapaces de gobernarnos a nosotros mismos.

Se aprobó Promesa, la ley federal que borró el poco nivel de autogobierno que teníamos, y que redujo a los representantes electos por el pueblo de Puerto Rico a ser apenas un poco más que “data entries” de los miembros de la Junta de Supervisión Fiscal, el organismo no electo que manda aquí ahora.

Pero, incluso en los momentos de mayor incertidumbre, muchos se aferraban a lo que se podía ver de bueno en la polémica ley federal: el mecanismo para renegociar la deuda, o voluntariamente o en un proceso supervisado por un tribunal de Estados Unidos.

La expectativa que nos crearon fue que se iban a alcanzar acuerdos que permitieran al gobierno cumplir y dar servicios a la vez. Sin Promesa y su protección contra los acreedores, nos dicen gente en la radio y en los periódicos todos los días, estaríamos ahora mismo distopias a lo “The Hunger Games”.

En estos días, se concluyeron los primeros acuerdos de renegociación de deuda al amparo de Promesa. Las luces de la casa que fueron apagadas en el verano de 2015 comienzan a prenderse. Y lo que están alumbrando no se parece en nada a lo que nos habían dicho que necesitamos y podíamos conseguir.

Primero, surgió el acuerdo con los acreedores de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE), que establece el recorte de la deuda $9,000 millones en 32%, pero que puede bajar a 22.5% dadas ciertas circunstancias. Además, viene atado a un aumento en el costo del servicio que subiría la factura hasta un 15% con relación a lo que se paga ahora, que, como sabemos y sufrimos, es ya extraordinariamente alto.

La semana pasada, además, se anunció un acuerdo con los bonistas de Cofina, que es la deuda que se paga con los recaudos del IVU. La deuda de Cofina, de $17,322 millones, es la tajada individual más alta de esa enorme piedra de $70,000 millones que tiene Puerto Rico sobre sus espaldas. El recorte de deuda planteado en ese acuerdo (haircut, en el argot financiero) también va por el 32%.

En ambos casos, son recortes muy por debajo de lo que estudiosos en este tema, aquí y afuera, entienden que le daría a Puerto Rico la oportunidad de intentar volver a ponerse sobres sus propios pies.

En enero de este año, por ejemplo, los economistas de la Universidad de Columbia, Pablo Gluzmann, Martín Guzmán y Joseph Stiglitz, quien tiene un Premio Nobel de Economía, publicaron un análisis de nivel de sostenibilidad de deuda de Puerto Rico, en el que concluyeron que, tomando en cuenta los dudosos supuestos económicos del plan fiscal aprobado por la Junta, la isla solo podría salir del hoyo con un recorte de entre 60% y 73% de la deuda. Sin embargo, el mismo análisis sostiene que, tomando en cuenta factores económicos ignorados por el plan fiscal, el recorte debía ser entre 50% y 80%.

Argentina, que no tenía una situación ni de cerca igual de complicada que la nuestra cuando decidió no pagar más deuda y tratar de renegociar, logró una reducción de 60% en sus pagos.

Asumiendo que con el resto de la deuda se llegue a acuerdos similares a los que se alcanzaron con los acreedores de la AEE y de Cofina, pagando un promedio de 75% de la deuda, Puerto Rico tendría que desembolsar anualmente cerca de $2,310 millones, según un análisis que publicó en sus redes sociales el abogado John E. Mudd, quien estudia estos temas.

En este momento, en el presupuesto de Puerto Rico no hay ninguna partida separada para pagar deuda. Pero la Junta ha ordenado al gobierno que tenga un sobrante $1,233 millones.

Además, exige que desde 2019 hasta 2023, tenga un sobrante promedio de $1,295 millones al año.

Todo el que pasó de tercer grado de escuela elemental y aprendió a sumar y restar, sabe lo que esto significa: para que el gobierno de Puerto Rico pueda volver a cumplir con los pagos de deuda en los términos en que se están acordando, tienen que volver a meterle un profundo machetazo a un presupuesto que ya bastante ha sido destripado, con efectos mayormente, hasta ahora, sobre los más desventajados.

Con una economía que va a seguir cayendo después de la respiración artificial que recibirá este año y quizás el próximo producto del dinero asignado por los daños causados por el huracán, y en un país que carece de todo poder para manejar su economía de acuerdo a nuestros intereses, es muy poco probable que podamos sostener el nivel de deuda con el que nos están dejando enredado estos acuerdos.

Sin conocer todavía el acuerdo de Cofina y reaccionando al trato con los bonistas de la AEE, el economista Juan Lara escribió hace días en este periódico: “Si al cabo de todo este proceso termináramos con una quita total de deuda entre 30% y 40%, el problema no quedaría resuelto de manera definitiva. En relativamente poco tiempo, sufriríamos una dolorosa recaída”.

Eso es, trágicamente, lo que está en juego aquí. Después de todo el dolor y la angustia de los últimos tres años, de los larguísimos y pesados millones gastados en consultores y en los bufetes de abogados de quiebra más caros del mundo entero, de haber sido humilladosante la humanidad, de ver a nuestro país desdibujarse y degradarse dramáticamente ante nuestros ojos, las soluciones que nos traen quienes se autoproclamaron como nuestros salvadores nos obligarían a empezar desde cero otra vez dentro de muy poco tiempo.

Explíquenos esto, por favor, porque hasta este momento, lo que está pasando hace recordar al que primero dijo aquella frase que tantos hemos repetido después: “Tanto nadar, para morir en la orilla”. ¿Así era?

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