Eudaldo Báez Galib

Punto de vista

Por Eudaldo Báez Galib
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Mortal virus social: la desconfianza

No existe confianza en nuestras instituciones. Las tres ramas de gobierno, por actos propios, han sucumbido a la repulsa social. Además, la clase política es objeto de mofa, excepto por los ciegamente apasionados o con intereses creados y la política está dibujada en la mente del puertorriqueño como un gran pozo pútrido. Con un agravante: los actores no se dan por aludidos.

El derivado principal de esa desconfianza es la indolencia. Una condición social de dejadez en la que se aceptan la incompetencia, la maldad, la corrupción, el oportunismo, como elementos inherentes y válidos a un liderazgo. 

Ese vacío espiritual—en su contexto emocional—es una atracción perfecta para la manipulación de pueblos. Máxime cuando uno, como el nuestro, está mentalmente afectado y asustado en maltrato por la naturaleza y por los responsables de protegernos. A una bofetada de la primera le sigue una patada de los otros, y con “réplicas”. 

Hay quienes postulan que nuestra incapacidad fue inducida por los colonizadores bajo reglas tradicionales de control: adoctrinar al pueblo a no tener iniciativa ni confianza en sí y a depender de una metrópolis como único salvador. Otros sostienen que tantos siglos sin autogobierno nos desvistieron de esa capacidad, inclusive de la iniciativa para desarrollarla, de forma tal que cuando en 1952 surge una autonomía política, eventualmente no pudimos manejarla, ocasionando que la cancelaran y nos  devolvieran al gobierno directo de la metrópolis. 

Somos campo fértil para manipulaciones que eviten estabilidad. Pero en una ocasión, la primera mitad del siglo pasado, tuvimos la generación que pudo escoger, a pesar de todo. Optó por “evolución” en vez de “revolución”. Pero ahora, ya la revolución no es disponible, evidentemente, y la evolución la cedimos a la peor de las corrupciones, a la intelectual.

Entonces ¿qué? Pues pronto sabremos, con una muestra. Nos someteremos a una gran prueba dentro de ese marco de desconfianza e indolencia manipulable: la elección general en noviembre. Mirémosla.

El diseño regular de las elecciones no es para pandemias. Aglomera gente en espacios limitados y con mucha proximidad. No puede ser suspendida ni movida de fecha. Pero ¿cuáles son los planes para remediar esos serios problemas? No los hay. Lo que genera temor, confusión y, sí, desconfianza. 

De otra parte, se pretende cambiar el proceso electoral mediante una nueva ley luego de ya comenzado todo bajo la Ley Electoral vigente. ¿Por qué? Más desconfianza.

Y no solo ha de preocupar la aglomeración de votantes, sino la indigestión de urnas, pues además de los votos para cargos públicos, estarán los de un proceso ficticio para votar por el presidente de Estados Unidos (declarado inconstitucional en 2000), así como un posible plebiscito (sin aval metropolitano), este a punto de la firma de la gobernadora. ¡Ah, con un electorado agotado y saturado de angustia! 

 Así que, entre los golpes de la naturaleza y su corruptela de jinetes, tendremos esta elección, peligrosamente confusa y maltratada. ¿Confiaremos en los resultados? ¡Y qué pasa si no!

Ya hemos navegado incidentes electorales en crisis. Las elecciones para gobernador en 1980 y para alcalde de San Juan en 1988. Hubo mucha agitación y amenazas. Pero “la sangre no llegó al río”. ¿Por qué? El liderato amplio de entonces, de todos los partidos, aun con todas las adversidades impuestas o autoimpuestas, pensaba a Puerto Rico.

Todo lo que nos plantea lo siguiente: ¿ese principio de que “los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”, nos aplica? Les dejo con esa.

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