Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Mr. Trump goes to Washington

En “Mr. Smith goes to Washington”, película estrenada en 1939, el director Frank Capra crea un personaje que pretende irrumpir en la complacencia e intrigas políticas de Washington. Mr. Smith resulta el anti Trump, es decir, es humilde e irresoluto, algo tímido y con corazón puro; la interpretación que logró Jimmy Stewart del personaje está matizada por esa mitología muy norteamericana, antes expuesta en “Mr. Deeds goes to town”, del alma noble de un “outsider”, un “maverick” que pretende enderezar los cínicos entuertos de la gran ciudad, en un caso, y del supremo centro del poder político en el otro. Mientras Donald Trump se inserta en la mitología yanqui con toda su vulgaridad y fanfarronería, Smith-Stewart nos seduce con su inocencia. El punto culminante de la película, su filibusterismo en el Congreso, resulta cómico y a la vez trágico. Trump es la perversión de ese mito norteamericano; la substancia de su triunfo es un fenómeno más cultural que político.

Tuve la certeza de que ganaría y me revolvía el estómago la posibilidad de que ganase. Era como contemplar la posibilidad de un 911 de la condición ética y espiritual del pueblo norteamericano, esta vez una desgracia autoinfligida, y con poca simpatía del mundo.

Que esta nueva manifestación del etnocentrismo paranoide norteamericano, a la manera del senador Joseph McCarthy, se haya convertido en presidente de la nación más poderosa del mundo, aterra, también a muchos que votaron por él. Sabemos, por estudios serios, que el público elector norteamericano es uno de los más ignorantes del mundo, tanto en política interna como exterior. Sólo son superados por los italianos, que ya tuvieron la pesadilla de su Berlusconi. Otro candidato a la presidencia, Gary Johnson, los retrató: “Aleppo?... What’s Aleppo?”.

Trump siguió la máxima de Goebbels de que una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad. Su desparpajo y descaro jamás se había visto en la política reciente norteamericana: “I know about ISIS more than the generals, believe me.” Uno se pregunta qué será del proyecto guerrerista insinuado por esa aseveración, aventurerismo que hoy por hoy no admitiría la posibilidad de un servicio militar obligatorio. ¿A qué precio se mantendrá el Imperio, ese “respeto” internacional que tanto reclama Trump como perdido? Hay algo perturbador en un hombre que dirigirá un Imperio y su propia mujer considera un “boy”, un muchacho travieso que “tuitea” a todas horas. Nos tranquiliza que estén ahí los generales que saben menos que él. Asombra que se burle ante sus seguidores de su propia demagogia, ahora pasadas las elecciones: “Lock her up! We had great fun with that, great fun!” Asusta la impunidad.

Más que la garantía de estabilidad en el mundo, Calígula-Trump quisiera garantizar, para el blanco norteamericano, la recuperación de su país. Cuando proclamaba “We will have back the White House”, insinuaba lo que siempre manifestó desde el comienzo del mandato de Obama, es decir, su ilegitimidad como usurpador de un poderío que se identifica con el blanco, rubio y de ojos azules, combinación esta que fascinó a la mismísima Sarah Palin cuando le dio su respaldo. Obama, un hombre elocuente, brillante y discreto, íntegro, aunque con una tendencia a la arrogancia ?como en el caso de Oscar López?, era el intruso, el Presidente fraudulento, nacido supuestamente en Kenia. Todo el legado de Obama ?antes que nada, el Obamacare? será su blanco al llegar a Casa Blanca. Como los buenos revisionistas de la antigua Unión Soviética, se trata de borrar a Obama de la historia estadounidense, si posible dejar un hueco en el sitial del presidente cuarenta y cuatro.

La coalición de negros, latinos, mujeres educadas, jóvenes y gays no bastó para detenerlo. Una clase obrera blanca, descuidada por el Partido Demócrata, salió a votar por él en cruzada. Un deseo de cambio doméstico se da de bruces contra una posible estabilidad internacional. La diferencia entre la política Imperial y la doméstica no existe para el etnocentrismo yanqui, con su siempre latente tendencia al aislacionismo.

En el antiguo Imperio Romano nacer en provincia no descalificaba al ciudadano para llegar a ser Emperador. Adriano y Trajano nacieron en Hispania, flaca esperanza ésta para algunos penepés de Guaynabo. Haber nacido en Hawái, de padre negro y madre blanca, convertía a Obama no solo en “outsider” sino en alguien doblemente dañado: para el fundamentalismo cristiano sería fruto de un pecado original ?la mezcla de razas? que la esclavitud jamás perdonó; esta es la otra obsesión de la derecha de Trump, con su fuerte resentimiento racista. Ese resentimiento cultivado por el Partido Republicano, durante ocho años, dio sus resultados. Trump simplemente recogió la cosecha. El Presidente Trump no es siquiera una buena persona; eso lo sabemos. Pero ¿cuándo la más elemental decencia ha podido más que el nacionalismo y el racismo? Mucho se ha hablado de ese voto que sirvió para capturar el voto de la clase media obrera norteamericana, tan golpeada por la globalización, la última variedad de un capitalismo que siempre ha marginado y dejado atrás a muchos. Pero más que una argumentación sobre la economía, esta elección fue un referéndum sobre la cultura, la identidad, cada vez más problemática, de la nación estadounidense. Dos cuatrienios ganados por un negro, la continuidad de esos dos por una mujer presidente, de gran inteligencia y experiencia política, resultó demasiado para un país conservador y todavía racista. Lección esta para Jenniffer González y Ricky Rosselló ?un adepto de Trump tildó a los puertorriqueños de “invaders”?, y que aprenderán tan pronto ejecuten el Plan Tennessee y Trump construya su muro, porque la estadidad solo tendrá tufo y ambiente malsano en esta recién comenzada nueva era de la supremacía blanca yanqui.

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