Fernando Cabanillas

Tribuna Invitada

Por Fernando Cabanillas
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Muchas gracias, María

Mi esposa Myrta alega que soy un optimista empedernido y que eso es muy afín con mi especialidad, la oncología. Creo que tiene razón, porque siempre busco y encuentro el lado positivo a toda calamidad. Mi tendencia es a ver el vaso medio lleno en vez de medio vacío. Pero lo cierto es que hacía tiempo que no me sentía tan bien físicamente y de momento me percaté por qué.

En mi condominio los ascensores sufrieron una seria avería después del huracán María, forzándome a subir y bajar 12 pisos por las escaleras cargando un maletín que pesa como 30 libras. Al principio me causó mucho dolor en las piernas, algo que con el pasar del tiempo se disipó, una vez mi condición física se optimizó con el ejercicio continuo. He decidido que cuando pueda, usaré las escaleras para mantenerme en forma.

Como no hay ventanas en las escaleras, pensamos que ese sería el lugar más seguro del condominio y ahí pasamos las 12 horas más críticas del huracán. En esas escaleras me tropecé con vecinos que yo no conocía y con otros que conocía, pero con los cuales pocas veces conversaba, aparte de los buenos días de rigor dentro del ascensor. 

Mi perrito, un enano llamado Chori, rescatado de las inmediaciones de un hotel resort en Isabela, es el terror de este condominio. Fue un animalito abusado. Cada vez que alguien se le acercaba, su reflejo era tirarle a morder a los pies ya que no alcanza más arriba de eso, sin duda un comportamiento que aprendió en defensa propia.  Myrta ha observado que Chori, al estar en contacto directo con tanta gente nueva, se ha civilizado y ya no muerde. En fin, toda esta experiencia ha sido como una repetición, un “replay”, del magistral cuento de José Luis González, “La noche que volvimos a ser gente”. 

Este terrible aprieto me ha revelado la gran solidaridad de los puertorriqueños en la diáspora. Me ha convencido de que los boricuas más boricuas son los que viven fuera de la isla. Individuos que yo pensaba que no se sentían identificados con el terruño, han dado muestras de una solidaridad impresionante, involucrándose, tratando de ayudarnos en esta crisis sin precedente. Aun sin haber presenciado de primera mano esta catástrofe, la han sufrido aún más que algunos de los que vivimos en la isla.

Desde Houston, Texas, se consiguieron siete aviones privados para volar con cargamentos de más de un  millón de dólares en medicinas donadas, además de otros artículos de primera necesidad. En dos helicópteros se transportaron sendos generadores desde  República Dominicana. Esto se logró gracias al esfuerzo colaborativo de mis dos hijas en Houston, mayormente de María Antonia (Marian), con la asistencia de María Eugenia. Qué terrible ironía que ambas llevan el mismo nombre que el monstruo que nos visitó el 20 de septiembre. Marian ha trabajado tenazmente recabando donaciones y organizando ese esfuerzo conjuntamente con otros puertorriqueños, incluyendo el joven Dr. Mario J. Polo, entre muchos otros. Marian lleva ya tres días prácticamente sin dormir y al momento que escribo se encuentra en el aeropuerto Hobby, a las 3:00 a.m., haciendo otra entrega. Obviamente, mi esposa Myrta supo muy bien inculcarles los valores humanos más esenciales.  Pero esta devoción no se limita a los boricuas de Houston. Es un fenómeno que ocurre a través de otras ciudades de Estados Unidos, y en otros países. Cuando uno es testigo de esta solidaridad de la diáspora, se olvida por el momento de los sociópatas que andan asaltando por las calles, robando gasolina y agua. 

He logrado entender que el agua es más importante que los celulares y que estos de nada valen, si no se contestan. Tampoco de nada vale el apoyo de la diáspora si no podemos conseguir información de cómo hacerle llegar estos donativos al gobierno. Hay muchas áreas donde debemos realizar mejoras. En el Centro de Mando del gobierno, localizado en el Centro de Convenciones, los teléfonos tienen una señal extraordinariamente fuerte. Por desgracia, no contestan las llamadas y fue necesario visitar personalmente el lugar para conseguir la información de la logística de la entrega y distribución de las donaciones de medicinas. No se le ha dado la publicidad necesaria a cómo proceder con la entrega de donativos.

El pasado jueves me enteré de que la primera dama de Puerto Rico está organizando un centro de acopio de donativos en su oficina, los cuales se distribuyen a los alcaldes, me imagino equitativamente y rompiendo líneas partidistas. Sin embargo,  escuché por radio que es la Administración de Asuntos Federales (PRFFA) la agencia encargada de este esfuerzo. Ayudaría mucho si publicaran en los diarios quién realmente está a cargo. Quizás el general de tres estrellas Buchanan pueda explicarles los fundamentos de cómo se organiza este esfuerzo.

Sin embargo, sigo optimista. Recién me enteré de que vamos a ser un poco menos colonia, al menos durante 10 días. Nuestro ilustre presidente nos dará la oportunidad de vivir sin las leyes de cabotaje en la isla por ese corto periodo de tiempo. Y hasta la Junta Fiscalizadora ha declarado que ahora todo hay que revaluarlo nuevamente. ¿Ven, que no hay mal que por bien no venga? Gracias, María, pero por favor no vuelvas a visitarnos.

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